viernes, 10 de agosto de 2012

Capítulo 15. [Los recuerdos que quedaron en el tintero].

Aquí os traigo el capítulo 15, con un poco de retraso, como es habitual en mí. En este capítulo la atmósfera se vuelve mucho más oscura, y los secretos del Campamento, los recuerdos y las verdades de Suburbia comienzan a aflorar. Mientras tanto, ni siquiera la mismísima protagonista sabe muy bien cómo enfrentar la situación. ¡Gracias a todos por leerme!


Capítulo 15.
[Los recuerdos que quedaron en el tintero].

Sábado, 7 de septiembre.
Hoy me he despertado bañada en sudor frío. Lo que pasó en Suburbia aún me carcome por dentro, pese a que intento convencerme que yo no tuve absolutamente nada que ver.

No puedo dejar de pensar en Max. Aún escucho sus gritos, aún siento la crueldad y el egoísmo en mis propias carnes…
Sin embargo, no voy a venirme abajo. Tengo ya muy interiorizado el terror, en este mundo de locos.
Hace semanas que he dejado de pensar en volver a casa, con Marc. La realidad se ha vuelto oscura, y amenaza con devorar a todo aquel que salga de las vallas que rodean este endemoniado campamento. Tuvimos muchísima suerte al encontrarlo; ¿Quién diría que en medio de este bosque perdido, se encontraría una joya tan valiosa?

El verano está dando paso al otoño, aunque aún hace bastante calor. Durante la expedición, cogimos principalmente munición y víveres. Con suerte, y si racionamos las comidas, podríamos aguantar el invierno entero sin tener que viajar otra vez. 

Parece mentira que, en una situación normal, estaría a punto de empezar el último curso de Instituto.

Todos mis pensamientos vuelven al punto de inicio. El destello de Max, de sus ojos verdes. Su mirada infantil, preguntando para qué sirve esto, o para qué usamos eso otro. La forma en que se quedaba contemplando el atardecer, y cómo alimentaba con ilusión a las gallinas salvajes que capturamos el otro día.

Pero eso ahora es un callejón sin salida, y hay otros temas que me corroen. He notado las miradas de desaprobación, las que van dirigidas a los que conseguimos volver de Suburbia. Hay algunas, que tan sólo por la sombra del iris, puedo deducir que no se creen nada. Peor para ellos, no tienen a nadie más que les pueda decir si es verdad o no.

Cada vez tengo más claro desde que volvimos de La Nevera, que este diario es en el único que puedo confiar.
* * * * * *
Las piedrecillas ruedan bajo la suela de mis deportivas, haciéndome resbalar continuamente.
Después de haber estado corriendo el día entero por los tejados, me está costando acostumbrarme al empedrado de las calles. He tropezado dos veces, y una, me he dado de bruces con el suelo.

Hace varios minutos que he dejado de observar las paredes blancas, y ahora me concentro principalmente en la gravilla, en la tierra y en el asfalto.

Primero, no entendí que Alex nos condujese por este camino. Pero luego comprendí que lo ha hecho para sacarnos de allí, del callejón sin salida. Aunque su forma de actuar sea más que discutible, debo admitir que esta vez tiene razón; No podíamos volver a los tejados, ni seguir hacia delante.

Nei jadea, unos metros por detrás de mí. A medida que vamos corriendo, disparamos contra los Infectados, que corretean torpemente detrás de nosotros.
Evito mirarlos cuando disparo. El pensamiento de que antes, hace unos meses, eran personas corrientes, martillea en mi cabeza sin cesar.

Un grupo de Infectados se apelotona en el centro de la calle, y nosotros vamos directos hacia él.

La escopeta de Alex emite un chasquido, y sé que se ha quedado sin munición. A mí aun me quedan un par de balas, o eso creo, así que me detengo junto a él, cubriéndole.
Saca rápidamente el cargador suplementario de uno de los bolsillos de su sudadera, y lo coloca en la escopeta.

Un Infectado con las piernas mutiladas se acerca arrastrándose hacia nosotros, dejando un reguero de sangre tras de sí.
Lo observo, con una mezcla de asco y pena que me produce arcadas. El cabello azul lo tiene en forma de cresta. Un toque muy moderno para alguien que está muerto, me digo para mí misma, reprimiendo las ganas de vomitar.

El grupo de Infectados clava la vista en nosotros, cuando Alex le vuela la cabeza al Infectado de la cresta.

En perfecta sincronización, comienzan a andar hacia nosotros.

-Mierda. –Alex se ha puesto en pie tras recargar su escopeta. La sujeta con firmeza, pero la mandíbula le tiembla ligeramente. –Los tenemos encima.

Giro la cabeza en ambas direcciones, buscando una salida. Pero no la encuentro.
Me aferro a mi pistola, y veo que Nei hace lo mismo. Le miro, escruto su rostro, sus ojos azul cielo que tanta esperanza me traen, y solo encuentro un sentimiento.
Miedo.

El grupo de Infectados se abre camino a grandes zancadas hacia nosotros, y, desde aquí, puedo olerlos. Hemos formado un círculo improvisado, desde el que disparamos a los Infectados que se acercan demasiado a nosotros.

El suelo cruje bajo mis pies. La tarde va cayendo lentamente, y nosotros permanecemos en el mismo lugar. Observo el ocaso, cómo la trayectoria del Sol ha surcado el cielo a lo largo del día, cómo se hunde ahora en el horizonte, entre resplandores rojos.
Las nubes lo tapan, y la visión es sencillamente preciosa.

El Sol sigue emitiendo tenues rayos de luz anaranjada y roja, tiñendo así las nubes del mismo color.

Es una imagen demasiado bonita, comparada con el Infierno que se ha desatado en la calle, en el que nosotros estamos ahora atrapados.
Por suerte, no nos preocupamos por la munición; La búsqueda en las tiendas, ha dado sus frutos.

Sin embargo, sí que nos preocupamos por otra cosa. Por otras cosas. Alex descarga sin cesar ráfagas de balas contra los Infectados, que caen a la tierra, con el cráneo completamente taladrado.

Nei y yo tardamos más en disparar, pues es difícil apuntarles a la cabeza. Pese a ello, nos defendemos bien, y los muertos no se acercan demasiado a nosotros.

Pero tenemos muy en mente el hecho de que, tarde o temprano, tendremos que seguir adelante; El grupo de Infectados es demasiado numeroso.

Y, Alex, decide que este es el momento adecuado, rompiendo la línea de defensa. Se lanza hacia el frente, escopeta en mano, haciéndonos un gesto con la cabeza para que echemos a correr.

Reacciono antes que Nei, y, en unos segundos, ya le piso los talones a Alex, que ni siquiera mira atrás. Hace un rato, se quitó la sudadera, y ahora la camiseta se ciñe perfectamente a su espalda, debido al sudor.

¿Qué hago mirándole la espalda?

Un Infectado se lanza hacia mí, arañándome la pernera del pantalón, que se rasga considerablemente. No sé si las uñas han llegado hasta mi piel.
Antes de que pueda hurgar más, Nei le llena de plomo la cabeza, librándome de él.
Le echo una rápida mirada, y sonrío, dándole las gracias, sin dejar de correr. Nei asiente con gesto serio, y pasa por encima del Infectado muerto.

Estamos a apenas siete metros de los Infectados, cuando giro la vista y veo sus cuerpos mutilados frente a mí, en lugar de Alex.
El corazón me bombea a toda velocidad, siento la sangre correr por mis venas a toda prisa. Como si quisiese salir de mis venas y desperdigarse por el terreno.

Respiro hondo, cuando veo a Alex a mi derecha. Está alejado de mí, pues se ha acercado corriendo a la pared lateral. No sé muy bien lo que pretende, pero está llamando la atención de los Infectados con su estúpido correteo.

El primer Infectado se ha acercado hasta quedar apenas unos centímetros por delante de mí, y solo me percato de que está ahí, cuando le embisto con toda la fuerza de mi carrera.
Al instante siento todos los músculos de mi cuerpo contraerse en una mueca de dolor, e, instantes después, lo tengo encima de mí, intentando sacarme los ojos.

Apunto y disparo.

Como a cámara lenta, veo el lago de sangre que se abre en su cabeza, con el tiempo justo de cubrirme la cara con las manos.
Por suerte, el Infectado se tambalea un poco, gruñe, y cae de lado, ayudándome sin querer a quitármelo de encima.

Me pongo en pie, y al instante varias manos se aferran a mi camiseta, tirando de ella y rasgándola. Los Infectados que me rodean se quedan con los jirones en las manos, y mirada confusa. “Es ropa, inútiles andrajosos”, pienso, al tiempo que yo misma me siento un poco estúpida.

Un rápido vistazo me basta, para encontrar un pequeño hueco en medio de una mujer Infectada y su hijo.
Sin pensarlo, me tiro al suelo, rodando.
Sin pensarlo, los Infectados se lanzan tras de mí, y uno de ellos se aferra a mi pierna.
En un pestañeo, el Infectado tiene un enorme agujero en el ojo, por el que mana un reguero de sangre negra como el carbón.

Me pongo en pie de nuevo en un salto. Piso el suelo con fuerza cuando corro por mi vida. Ni siquiera me detengo a mirar atrás, a preocuparme por la vida de mis compañeros. Así soy; Egoísta en momentos críticos. Así somos todos los humanos.

Las paredes blancas están cada vez más cerca, y me sorprende estar tan cerca. Ni un solo Infectado se ha vuelto a interponer en mi huída. Me siento libre por un solo instante. Corriendo, con una pistola en la mano.

Hasta que alguien me da un empujón que hace que mis cimientos se tambaleen.
Me giro bruscamente, y me topo de frente con los ojos de Alex, que ahora brillan en un tono castaño claro, completamente distinto del que vi cuando estábamos en el Campamento.

Abre la boca, y por un segundo creo que va a decirme que ya estamos a salvo.
Pero las palabras que surgen de sus cuerdas vocales son completamente diferentes.

-¡Allí! ¡A la escalera de mantenimiento! ¡Con suerte, no nos sacarán los ojos hoy! –Tras estas palabras, atrapa la mano de Nei entre las suyas, y salen disparados hacia una escalera de La Nevera.

Cuando comienzo a oír los gruñidos de los Infectados a mi espalda, pongo pies en polvorosa, siguiendo el surco que las pisadas de Nei y Alex van dejando en la tierra.

Mientras corro, el sonido de los gruñidos se va apaciguando, pero es sustituido por otro. Un rugido gutural, acompañado del pisoteo ensordecedor de muchos pies.
Viene directamente del interior del antiguo Centro Comercial de paredes blancas manchadas de sangre.

* Meses antes. * *
Tras salir de la Calle Principal, el grupo de supervivientes se dirige al centro de la ciudad. Mientras estaban saqueando las tiendas secundarias, un estrépito, seguido de una onda sonora, y más tarde de una voz, llamó la atención de todos.

El ruido se escuchaba por toda la ciudad, seguido de una voz melodiosa que entonaba una antigua canción, acompañada del repiqueteo de un piano.

Los hijos que nacieron,
Fuera de vuestro manto,
Ya no serán nunca más bastardos.

Y, desde allí, los vivos se confunden con los muertos.
Las puertas del Infierno se han abierto ahora.
Pero aún así,
Los vivos se confunden con los muertos.

Durante unos segundos, el grupo se quedó en completo silencio, paladeando cada palabra, cada verso, cada acorde. Varios de ellos se permitieron soñar con un futuro, otros sencillamente, se dejaron llevar por la realidad que ahora los abrumaba, confundiéndolos.

Pero todos ellos, mantenían viva la esperanza en lo más hondo de sus almas.

Rober sentía el viento golpeándole en la cara cuando se disponían a atravesar la pequeña barrera de edificios que los separaba de La Nevera. Sentía en su propia piel, la impresión de que algo iba a salir mal.
Siguió sintiéndola cuando se encaramaron al tejado, y cuando Max le preguntó a Tonn que cuánto quedaba para llegar.

El pelo rubio de Max le ondeaba, produciéndole cosquillas por la piel de su cuello. Espe se percató de esto, y le cogió una pequeña coleta, provocando risas en todo el grupo, incluido el propio Max. “Sí”, pensó, “Desde luego, hoy es un día fantástico”.

Siguieron sonriendo durante todo el camino, regalando incluso sonrisas a los Infectados, que se afanaban pisos abajo por cazarlos, por obtener aunque fuese una pequeña tira de sus pieles.

Alex se sentía liberado, incluso alegre, pese a que no era de humor optimista. Era una oportunidad para empezar de cero, lejos de lo que pudiese pensar cualquier persona.

Mel iba junto a Espe, como siempre desde que llegaron al Campamento.

La canción seguía resonando por toda la ciudad. ¿Qué podía ser? Desde luego, no era una grabación, pensaron. Y debía de estar emitiéndose desde un lugar muy alto, así que, cuando llegaron al centro comercial, algunos estuvieron de acuerdo en que abastecerse allí, y, de paso, encontrar a la chica que estaba cantando.

Todos sintieron el horror recorriendo cada rincón de sus almas, cuando atravesaron las puestas de cristal que daban directamente al segundo piso de La Nevera.

Max se escondió al instante detrás de Tonn, que estaba congelado en el sitio, con los ojos completamente abiertos.

* * * * *
Seguimos corriendo, mientras dejamos atrás a los Infectados. Nei se aferra a la mano de Alex, mientras éste evita que se derrumbe.
El gran recinto se vuelve monstruosamente enorme a medida que nos vamos acercando, y yo decido guardarme la pistola entre el pantalón y mi cintura, pues ahora tendré que trepar hasta la escalera.

A medida que nos vamos acercando, me permito pensar en otras cosas. ¿Cómo sabrán Tonn y Xev que estamos aquí? Ni siquiera les hemos avisado. No hemos podido.
Pienso también en cómo escaparemos de aquí, si es que conseguimos entrar en La Nevera sin que nos devoren los Infectados que vienen tras nosotros.
No puedo evitar pensar también en Rober. Sus ojos dorados se me vienen a la mente una y otra vez, sin darme tregua.

La sensación de que, en parte, fue culpa mía, me asalta cada vez que cierro los ojos. Con la adrenalina que tengo en el cuerpo ahora mismo, no me siento especialmente mal. Pero sé que, en cuanto intente dormir un poco, volveré a sentirme miserable.

Se me encoje el corazón cuando me doy cuenta de que no volveré a hablar con él, ni a contemplar el café que esconde su iris. Cuando siento que necesito saber más sobre él.
Cuando entiendo que no quiero que caiga en el olvido de un mundo que ya está perdido.

Nei me saca de estos pensamientos, cuando se gira.

Acto seguido, comprendo el motivo. Una ráfaga de aire me golpea el rostro, haciendo que los ojos se me inunden de arena y polvo. Nei tiene los ojos entrecerrados, y Alex mira al frente, con la palma de la mano como visera.

Los siguientes acontecimientos suceden tan deprisa, que el tiempo vuelve a detenerse en esos segundos.

Alex suelta la mano de Nei, y empuña con fuerza su escopeta, apuntando a ciegas.
Nei se cubre los ojos, y Alex aprieta el gatillo, haciendo que el cerrojo de la escalera salte, cayendo ésta al suelo.
Intento limpiarme los ojos con la camiseta, para poder enfocar de nuevo la vista en medio de la tormenta de arena que se ha desatado, pero noto que está mojada.
La sangre del Infectado está profundamente impregnada en mi ropa.

Alex empuja a Nei, que se tambalea ligeramente. Con dificultad, se agarra a la escalerilla, y Alex la impulsa hacia arriba.
Seguidamente, se gira, encarándome.

Pienso que me va a empujar a mí también, pero, como contrapunto, me sonríe de forma mordaz.
Se vuelve a girar, y en apenas dos saltos ya ha escalado la mitad de la escalera.

Frunzo el ceño, sin saber bien cómo reaccionar.
Pero los gruñidos hacen que termine de decidirme, obligando a que me encarame a los peldaños.
Los Infectados ya han llegado a la pared, y ahora se debaten por intentar agarrar una de mis zapatillas. Les propino patadas, y finalmente consigo escalar.

El viento me revuelve el pelo, agitándolo alrededor de mi cabeza y empañando mi vista de vez en cuanto. La camiseta está pegada a mi espalda, debido al sudor, y siento la tela filtrando el aire frío, que se me cala en los huesos.

A medida que voy ascendiendo, contemplo las paredes de La Nevera, que están salpicadas eventualmente de sangre. Intento no mirar, pero no puedo evitar fijarme en que la sangre es negra.
Exactamente igual que la que ahora empapa mi camiseta.

* * * * * * *
El viento entra en el centro comercial, haciendo revolotear papeles, y la propia ropa de Tonn. Sienten el frío en su piel, pero que ahora mismo les importa bien poco.

Cuando han entrado, miles de ojos se han posado en ellos, en una mezcla de deseo y rabia indescriptible. Atravesaron la puerta sin fijarse demasiado, hablando en voz baja entre ellos.
Despreocupados.

Y ahora van a pagar las consecuencias.
Toda la gran sala está llena a rebosar de ellos. Algunos pasean de un lado para otro sus carritos de la compra, como autómatas movidos por un hilo invisible. Otros suben y bajan las escaleras mecánicas, algunos vestidos con el uniforme que acredita que hace mucho tiempo trabajaban allí.

Pero todos dirigen sus miradas hacia ellos, sin una sola excepción.

Los Infectados, los muertos, no tardan ni medio segundo en abalanzarse sobre ellos, en un ataque que bien podría calificarse como sorpresa.
Toda la gran sala está llena a rebosar de ellos. Algunos pasean de un lado para otro sus carritos de la compra, como autómatas movidos por un hilo invisible.

Max chilla, y Alex saca rápidamente la escopeta, un reflejo que le viene de antes. De su antes.
Dispara a bocajarro, y por suerte acierta en un pequeño grupo de Infectados, que no se lo vieron venir.

Espe está paralizada en el lugar, sin poder moverse. Pensando que la táctica del “No me muevo, no me ven”, le será de utilidad.
Mel apenas respira, y está fuertemente agarrada del brazo de Espe. Le clava las uñas, haciéndole daño. Aunque eso poco les importa en este instante.

Rober empuña su ballesta, y el contacto con la madera le hace reaccionar. Carga una flecha con rapidez, y derriba a algunos Infectados que iban en fila.

Jac apenas tiene tiempo de pensar, pues un Infectado se abalanza sobre él.

Tonn siente los pequeños brazos de Max aferrados a su pierna, y sabe que tiene que reaccionar. Sabe que, como mayor del grupo, debe velar por la seguridad del resto.

Pero lo único que acierta a formular en palabras, es un pensamiento tan estúpido como obvio.

“Nadie puede estar cantando en este Infierno”.

* * * *
Jadeamos, sanos y salvos. Por fin he conseguido trepar hasta la plataforma de mantenimiento, la que se usa solo en casos de emergencia. “Esta es una buena emergencia”, pienso, para mí misma, y me río de mi estúpido chiste.

Nei está sudorosa, y las gotas se le escurren por la frente, atravesando su rojo rostro.

-Vaya, la blanquita ahora parece un tomate. –Alex se mantiene en pie, y se burla del color de piel de Nei, que le saca la lengua en un gesto despectivo.

Los tres nos echamos a reír de una manera que bien se asemeja a cualquier reunión de adictos. Nos reímos porque nos sentimos aliviados se haber salido de ahí, y, a la vez, porque sabemos que esto no es permanente.

Nos reímos hasta que el canto acompañado del piano comienza a invadir la atmósfera de Suburbia.

[FIN DEL CAPÍTULO 15].

Un día más... El Sol salió.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Resultados de la 2ª encuesta.


Ya ha finalizado la segunda encuesta del Blog. En este caso, he preguntado sobre qué os gustaría que escribiese una vez que acabe la segunda temporada.
Ha ganado la opción de relatar el pasado de algún personaje, con 6 votos. En segundo lugar, ha quedado la opción de una historia alternativa.

Ambas opciones me gustan bastante, así que no descarto escribir sobre las dos.

Tras esto, deciros que el Cap 15 será el preludio de la historia, de los secretos y de las verdades, que iré revelando en los próximos episodios. Aunque claro, no revelaré todos los secretos aún.

Os dejo el título: "Capítulo 15: [Los recuerdos que quedaron en el tintero]."
Gracias a todos por leer.
Un día más... El Sol salió.

sábado, 4 de agosto de 2012

Capítulo 14. [La blancura del Infierno].


Gracias a todos por leer. Y gracias también por esperar tanto tiempo a que subiese capítulo, pero es que la inspiración últimamente escasea. Y, cuando me falta inspiración... No puedo hacer nada, lo siento. La buena noticia es que ya sé hacia dónde encaminar los próximos capítulos para darle el final de temporada que quiero. Siento la espera, de verdad. Podeis dejar comentarios, mensajes y lo que queráis en el Ask, os prometo responder cuanto antes. 
Capítulo 14.
[La blancura del Infierno].
Gritos. Recuerdos. Horror.
Y, luego, oscuridad. Todos los recuerdos, los diálogos, se desvanecen ante mí, sin que yo pueda retenerlos en mi mente por mucho más tiempo. Sin embargo, las sensaciones aún me embriagan al despertar; Mi frente está empapada en sudor, y un nudo en el estómago me impide pensar con claridad. Al abrir los ojos y vencer el sueño, aun puedo percibir el miedo clavado en lo más profundo de mi alma.
Aun escucho los gritos de la calle, aun percibo la sensación de la sangre derramándose ante mí.
Siento que se esfuma una parte de mí, al tiempo que voy cayendo en el olvido.


* * * * * *
Me despierto sobresaltada, como llevo haciéndolo desde que llegué a esta endemoniada ciudad. Siento que los recuerdos se apelotonan en la parte inconsciente de mi cerebro; luchando por salir. Pero también siento, que una parte de mí se niega a asimilarlos, y me “protege” de ellos.

Cuando logro recomponerme, recuerdo la masacre y los gritos de Rober. Me llevo las manos a la cabeza, y me acurruco, pegando aun más las rodillas a mi pecho.

Pienso en los horribles acontecimientos de las últimas horas. Sin darme cuenta, vuelvo al momento en el que decidí internarme junto a Nei en la espesura de la noche.
El momento en el que decidí condenar a Rober, e, irónicamente, salvar al chico rubio que ahora duerme a escasos metros de mí.

Los remordimientos me matan lentamente, hasta el punto de pensar que, tal vez, debería haber sido yo la que muriese a manos (y dientes), de los Infectados.  
Tal vez, si no hubiese decidido acompañar a Nei, Rober hubiese vuelto al interior de la fábrica. Con suerte, los Infectados no le habrían seguido, y podríamos haber pasado la noche tranquilamente

Pero sé que no es así. Rober no se habría cansado, y no habría vuelto al interior de la fábrica. Probablemente, hubiese gastado todas las flechas, y, en última estancia, hubiese usado la ballesta como arma blanca.

Lo más probable, es que hubiésemos tenido que contemplar desde la fábrica, cómo los Infectados le devoraban, y, más tarde, el chico rubio habría caído con él.

Así que me hayo en la misma encrucijada, sin lograr que los remordimientos dejen de amenazarme desde el marco de la puerta de mi consciencia.

No nos hemos movido del tejado al que subimos desesperadamente, tan sólo para resguardarnos de la lluvia, bajo un techo de metal improvisado, que, por su apariencia, pienso que antes serviría como tendedero.

Cuando llegaron Nei y Alex, pregunté con voz débil si sabían algo de Rober. Sin embargo, yo misma sé que, en ese intervalo de tiempo, ni Nei ni Alex podían haber hecho nada por él.
Alex negó con la cabeza, y Nei tardó unos segundos en asimilarlo; Rober no estaba aquí, con nosotros.

Luego, se echó a llorar, sin más. Incluso a estas horas de la madrugada, aun percibo sus sollozos, tan solo acallados levemente por los gritos de los Infectados que claman nuestra sangre.

Hemos perdido a un amigo. A un miembro del Campamento. El único que tuvo lo que hay que tener para meterse en la boca del lobo, y salvar a este chico, al que ni siquiera conocía de nada.

Estoy sumida en estos pensamientos, cuando un sonido me hace entreabrir los ojos. Sigo acurrucada, por lo que no veo nada. Me incorporo lentamente, y quedo tumbada boca abajo.
A mi derecha, Tonn está hurgando en su mochila. En la huída desde la fábrica, a ninguno de nosotros se nos ocurrió coger nuestras mochilas. Probablemente, pensábamos que volveríamos.

Tonn, junto a Alex, fueron los únicos que se trajeron las mochilas, cuando vieron que la situación se estaba desmadrando.

Me mira por el rabillo del ojo, y ve que estoy despierta. Pero al instante vuelve a prestar más atención a su mochila, de la que extrae pequeños sobres y un termo. Por este gesto, deduzco que se dispone a preparar algo para comer.
Ahora que lo pienso, llevamos sin comer desde que emprendimos la expedición a pie hacia el corazón de Suburbia.

Entrecierro un poco más los ojos, mientras le observo verter el agua de una botella en el interior del termo.
Al cabo de unos minutos, el agua se calienta, y Tonn saca varios vasos de plástico; Ni se me había pasado por la cabeza que había pensado hasta en el más mínimo detalle.

Cierro de nuevo los ojos, pero al instante los vuelvo a abrir; Las imágenes de esta noche se suceden en mi cabeza una detrás de otra, sin darme tregua.

Tonn termina de preparar la bebida, que, por el olor, se me antoja té caliente. Me dejo inundar durante un par de segundos por la fragancia, que me transporta a otro lugar; Una tarde de domingo, una mesita de cristal en el centro de un gran salón…

Y abro los ojos. No estoy en un salón, ni en una agradable merienda. Estoy en una ciudad que conozco como la palma de mi mano, pero de la que ni siquiera sabía el nombre. Estoy en la azotea de alguien que, probablemente, esté ahí abajo, gritando para verme muerta.
Estamos a las puertas del infierno.

-Si alguien quiere algo para desayunar, he hecho algo de té caliente. –Tonn se ha sentado, y junto a él, reposan humeantes tres pares de vasos, llenos del líquido. –Creo que, después de la tormenta, es lo mejor que podemos tomar.
Y todos sabemos que se refiere a otra tormenta mucho más devastadora.

* * * * * * * *
El Sol hace rato que ha asomado por el horizonte. Sus rayos caen sobre nosotros, iluminando nuestros rostros, y, a la vez, lanzando algo de luz hacia la masacre que espera abajo.
Yo me abstengo de mirar, y me limito a beber lentamente el té.

Observo al resto del grupo. Tonn hace rato que se ha acabado su bebida, y ahora mordisquea distraídamente una barrita energética.
Nei, tras beberse su té, se ha vuelto a acurrucar en un rincón. Me da la impresión de que no ha dormido nada, y ahora su respiración tranquila llena el aire. Al menos podrá descansar un poco.
Alex se ha apartado del resto; Es lo que siempre hace. Se dedica a limpiar a fondo su escopeta, completamente concentrado en la tarea. No ha levantado la vista, ni siquiera cuando Tonn le acercó un vaso.
Finalmente, el chico rubio tiene entre sus manos el vaso humeante. Su vista está clavada fijamente en él, como si así fuese a encontrar alguna respuesta.

Nadie dice nada durante un rato que me parece eterno.

Hasta que Tonn asume su papel de líder, en vista de que ninguno de nosotros tiene intención de entablar conversación. Se lleva los dedos a la frente, apartándose el flequillo, que le tapa levemente la visión; Con el paso de las semanas en el Campamento, no habrá tenido tiempo de recortarse el pelo.

-No podemos estar así. Es una baja. –Tonn mira a su alrededor, a nuestros rostros. Evito su mirada. –Mirad, ya sabíamos perfectamente a lo se nos podía venir encima cuando decidimos venir a Suburbia. Que ya hayamos estado aquí, no quiere decir que seamos invulnerables.

* * * * * * *
Caminamos a paso rápido, en fila india, por la acera derecha. Hace ya rato que hemos dejado atrás la Residencia, en la que nos íbamos a alojar durante varios meses.
Íbamos, en pasado.

El autobús no ha venido a recogernos, y los monitores han estado cuchicheando en voz baja durante un rato, antes de decidir que deberíamos ir hasta una parada de autobús normal, a pie.
A todos nos extrañó la idea. Nunca íbamos a pie a ningún lugar.
Hace apenas una hora, estábamos en la Sala de Reuniones. Lo que allí nos contaron tan solo sirvió para amedrentarnos un poco más. Pero nadie dio detalles, ni tampoco especificaron el motivo por el que ahora teníamos que irnos.

Camino detrás de Lisa, con mi pesada maleta de viaje al lado. Esto de no tener vehículo es una mierda.
Llevamos caminando media hora, aproximadamente, pero los monitores parece que llevan cinco horas andando. No dejan de mirar hacia atrás y hacia los lados, escrutando el final de las calles. Varias veces hemos cogido por una calle secundaria, en vez de por la principal.

Es raro, porque por la Calle Mayor, llegaríamos en apenas quince minutos a la parada del bus.

Un ruido me sorprende. Proviene del final de la calle que tenemos a la izquierda.
Nunca he oído ninguno igual; Juraría que es un tiroteo.
Los ojos azules de Lisa se giran, buscando mi mirada. La encuentran.
Intercambiamos miedo e incertidumbre.

* * * * * * *
Corremos por las azoteas de los edificios, que, gracias a Dios, están comunicados entre sí. Están todos pegados, tanto los negocios, como las pequeñas casas residenciales. Nos hemos dividido en dos grupos; Por un lado, Alex, Nei y yo, nos encargamos de la ropa y del armamento. Por otro, Tonn y Xev recorren las tiendas de comestibles.

Hemos acordado como punto de encuentro, el pequeño centro comercial que hay a la derecha de la Nevera, justo al otro lado de donde se encuentra el polígono industrial.

Durante el camino, no hemos tenido demasiados incidentes. Actuamos lo más rápido que podemos, y nos ponemos toda la ropa que podemos, para no sobrecargar las mochilas.
Sin embargo, no hay tantas tiendas de armas como nos gustaría; Solo hemos saqueado tres.

Alex ha podido recargar su escopeta, y yo he conseguido varios cartuchos para mi pistola. Nei, por su parte, no había gastado tanta munición como nosotros.
No puedo evitar pensar que la pérdida de Rober ha sido por su culpa.

Hemos pasado la mayor parte del día recorriendo los tejados de Suburbia, y el Sol se va hundiendo lentamente en el horizonte, haciendo que el ambiente sea cada vez más oscuro.
De forma que los demonios salen de sus guaridas.

Con la llegada de la noche, los Infectados acentúan sus gritos, y se ven claramente grupos más numerosos por las calles. Algunos alzan la vista, y escudriñan los tejados.
Cuando perciben nuestras formas, se lanzan a las paredes de los edificios, arañándolas.

Hemos tenido que huir en más de una ocasión. Al bajar a las tiendas, perdemos demasiado tiempo rebuscando entre la ropa (La mayoría corresponde a la temporada de verano), y los Infectados nos ven desde la calle.
Muchas tiendas están cerradas desde dentro con candados, pero otras, apenas tienen una capa de cristal protector en sus puertas, lo que nos obliga a actuar con rapidez, si no queremos que los Infectados se nos echen encima.

Con estos percances y mucho esfuerzo, llegamos agotados a la zona de encuentro. O la que nosotros creíamos que era la zona de encuentro.

A llegar, casi me precipito al vacío. La “carretera” de edificios termina aquí, y continúa al doblar la calle, lo que nos hace imposible el acceso. Los Infectados se pasean por las calles, y algunos me ven.
Alzan sus brazos hacia mí, y abren sus sanguinolentas bocas, ansiando devorarme.
Retrocedo unos cuantos pasos, y me giro hacia Alex.

-¿Y ahora qué? –Me cruzo de brazos, y le observo con reproche; Como si fuese culpa suya.

Alex me aparta a un lado, y se asoma al borde de la azotea. Aprieta los labios mientras recorre la calle con la mirada. Frunce el ceño, cuando se da cuenta de que los edificios continúan al doblar la esquina, y que entre nosotros, y los próximos tejados, hay aproximadamente treinta metros de vacío.

Se gira hacia nosotras. El rostro de Nei muestra incredulidad, y sus cabellos ondulan frente a sus ojos. Alex examina su escopeta, antes de hablar.

-Callejón sin salida. La última vez no estaba así. –Aclara, al ver mi mueca de enfado. –Cuando vinimos, había un largo muro hasta el siguiente edificio, pero al parecer, los Infectados y las lluvias han podido con él.

Observo mi alrededor, y logro ubicarme. Recuerdo la vista aérea desde la colina, cuando llegamos a Suburbia. Si giramos esta esquina, y la memoria no me falla, la calle conducirá directamente a las paredes blancas de La Nevera. Si seguimos recto, y sorteamos algunas calles más, acabaremos en la autovía que recorre Suburbia. Y si giramos a la derecha, nos saldremos de los límites de la ciudad.

Como ha dicho Alex, es un callejón sin salida. Estamos en el último edificio de la calle, y, más adelante, tan solo están los restos de lo que debió ser el muro, y un pequeño descampado.

-¿Y si seguimos todo recto? –Nei mira a los ojos a Alex, mientras se lleva un dedo a la boca, mordisqueando su uña. –No tendríamos que girar, y así podríamos volver a la calle principal. Ya tenemos provisiones de sobra.

Alex sopesa la opción. Mira al suelo un momento, y luego vuelve a observar el vacío que hay entre los edificios. Duda. Pero tan solo un instante.

-Vale. Tonn y Xev nos verán, y entenderán por qué no nos hemos reunido con ellos. Yo iré primero. Bajaremos por la escalerilla. Disparad solo, si es estrictamente necesario. –Exhibe una sonrisa mordaz, y acto seguido, ya se ha encaramado a los peldaños.

Trago saliva. Nei y yo nos miramos, y aprecio en sus ojos azules una chispa. Tal vez de miedo, tal vez de incertidumbre; Antes de que la identifique, aparta la vista, y me hace un gesto con la cabeza. Segundos más tarde, ya está bajando por la larga escalera.

Directa a las fauces del león.

* * * * * * * * *
Hace rato que el Sol ha comenzado su ascensión. Tonn se ha dedicado a examinar la munición, en vista de que no hacíamos amago alguno de movernos.

Alex continúa limpiando su rifle. Pienso que es un reflejo, o un tic nervioso; Solo lo hace cuando no tiene en qué emplear el tiempo. De vez en cuando nos lanza miradas fugaces, asegurándose de que ninguno de nosotros le está observando.

Nei sigue acurrucada en un rincón, con las manos tapándole los oídos. No quiere oír los incansables gritos de los Infectados, y, en parte, la entiendo.

El chico rubio se dedica a observar el vaso de plástico vacío, que ahora yace en su regazo.
Justo cuando decido que debo dormir un poco, comienza a hablar.

-Me llamo Xev. –Todos alzan la vista hacia él al instante, incluso diría que Nei ha entreabierto un poco los ojos, centrando su atención en el chico. –Llegué aquí cuando tan sólo tenía 4 años. Prácticamente, se puede decir que soy un Suburbiano. –Observa nuestros rostros. Alex alza una ceja, y Xev entiende que no ha tenido ni pizca de gracia.

Respira hondo, y sus ojos dorados se clavan en mí. Por un instante, me siento desnuda, figuradamente, claro está.
Sus ojos me recuerdan al trigo en otoño, cuando comienza a amarillear. Me recuerda al café con leche, ese que alguien sorbe poco a poco, sintiendo la amargura y el olor dulzón a la vez.
Interrumpe mis pensamientos, y continúa.

-Mis padres murieron por aquella época. También tuve un hermano mayor, pero, como quién dice, nunca llegó a formar parte de mi vida. Tenía toda su vida en un internado extranjero.
Cuando mis padres murieron, mi familia no se lo pensó dos veces; Los “afortunados”, los que tendrían que cargar conmigo, acabaron siendo mis tíos, los empresarios más ricos de toda esta zona.

-Oh, genial, un niño de papá. –Alex escupe las palabras, casi con desprecio. Todos le observamos un instante, y la tensión queda patente.

-Como iba diciendo… -Xev mueve los ojos de un lado a otro, posando los ojos alternativamente en mí, y en Tonn.
-Mis tíos vivían en la zona residencial, justo al otro lado de la Gran Autovía. Residíamos en un chalet adosado de tres pisos, piscina incluida.
>>Pero un día, se desató el Infierno. Mi tío no volvió aquel día de la empresa, y mi tía salió “Un segundo”, a mirar qué pasaba en la calle. Sobra decir que no regresó nunca. Observaba desde la ventana de mi habitación la locura que se había desatado; Los tiroteos, las Fuerzas Armadas, la histeria colectiva en las calles… Corrí las persianas, y me encerré en mi habitación. 

Tonn se aclara la garganta, y señala distraídamente las mochilas, en las que están bien guardadas todas las provisiones.

-Todo eso pasó hace meses, chico… Y dudo mucho que en tu casa hubiese provisiones suficientes para subsistir todo este tiempo. Tampoco creeré que te bebieses toda el agua de la piscina… -Esboza una media sonrisa, y me cubro los labios con el dorso de la mano; Eso ha tenido gracia.

Xev se rasca la coronilla, y se encoje de hombros.
-¿Y quién te dice que solo aguanté con las reservas que había en mi casa? –Tonn deja de sonreír; No se esperaba esa respuesta.
Xev, al ver su reacción, prosigue.

>>Al principio, tan solo hacía pequeñas escapadas hasta el supermercado, o a la tienda de “Todo a 100” de enfrente. Pero pronto comprendí que eso no serviría de nada; Debía ir hasta el centro de la ciudad. Debía llegar hasta “Black’s & Jake”. De allí podría sacar toda la comida que quisiese, y, de paso, conseguiría algo de ropa para el invierno.

Black’s. Jake. Así que ese es el verdadero nombre de La Nevera. Un escalofrío me recorre la espalda, y veo por la periferia de mi visión, que Alex ha dejado de limpiar su escopeta. Ahora tiene los ojos fijos en Tonn, que, a su vez, ha bajado la vista.
Después de todo lo que he oído sobre La Nevera, creo que logro hacerme una idea de por qué han reaccionado así.

-Te hubiesen destrozado.

Todos giramos la vista, hacia el sonido ronco que ha pronunciado esas palabras.
Nei está sentada, con mirada grave. Escruta a Xev con la mirada, y éste hace lo propio.
Casi dirían que saltan chispas entre los ojos dorados del chico, y los azul marino de Nei.

-¿Qué? –La mirada de Xev es confusa. No entiende lo que esa chica dice, pero, a la vez, sabe que en sus palabras hay algo de razón.

-Que te hubiesen destrozado. La Nevera es un nido de Infectados. Yo no he estado allí, pero ese lugar ya se ha llevado a uno de los nuestros.

Tonn abre la boca para decir algo, intentando interrumpir a Nei. Pero la mirada de Alex es suficiente para acallarle.
Todos nos quedamos en silencio, sin saber qué decir.
Y, sin que nadie me lo confirme, sé, que las ilusiones de este pobre chaval rubio de ojos ilusionados, acaban de ser brutalmente aplastadas.

* * * * * * * *
Tampoco hablamos mucho a partir de ese momento. Xev nos explicó un poco más sobre él, y también nos contó cómo había escapado del chalet, pistola y navaja en mano. No nos habló de cómo se siente, contaba los hechos como si no le hubiesen ocurrido a él. Como si no hubiese sido él mismo, quien había estado a escasos latidos de morir a manos de los Infectados.
Hicimos un pacto; Él nos explicaría sobre los barrios, y las tiendas de comestibles, ropa y munición, y, a cambio, nosotros le acompañaríamos de vuelta a su casa.

Como una excursión, vaya.

“Sí, como una excursión, Bice, claro que sí”. Este pensamiento se abre camino en mi mente, en el preciso instante en que pongo un pie sobre la escalerilla. Siento el frío tacto de la pistola contra mi cintura, y comienzo a bajar.

A medida que voy descendiendo, los gritos, los gemidos y los sonidos guturales se hacen más fuertes. Cuando estoy a tan solo dos peldaños del suelo, el ruido es ensordecedor.
Con un pequeño saltito, piso el asfalto.
Giro la cabeza, y me reprendo mentalmente por distraerme. Apenas unos segundos más tarde, ya estoy corriendo, tras distinguir la figura de Nei, que se aleja a grandes zancadas de mi posición.

El grito viene acompañado del golpe. Dos Infectados se lanzan hacia mí, haciéndome rodar por el polvoriento suelo.
Apenas tengo tiempo de sacar la pistola, cuando los dientes del bicho están a unos centímetros de mi cuello.
Le coloco el cañón en la frente, y disparo. Me tiembla el pulso, y me lo quito de encima de una patada, evitando mirar la cara demacrada de mi agresor.
El otro Infectado estaba a la zaga, y, sin darme cuenta, se había dedicado a arañar mi pernera izquierda.

Con un grito de horror, me pongo rápidamente en pie, sorprendiéndole. Me mira. Abre la boca.
Y el cráneo se le hunde bajo la piedra que Nei le ha lanzado.

Salgo corriendo, esta vez mucho más rápido. El resto de Infectados han oído el disparo, y ahora nos persiguen, cercándonos el paso, obligándoos a gastar mucha más munición de la que podemos reponer.
“Sí, disparar solo cuando sea necesario, ¿Eh, Alex?”. La ironía me llena la mente, junto con el horror, y saber que estamos coqueteando con la mismísima Muerte.

Seguimos corriendo, deteniéndonos tan solo para apuntar. Siento las uñas de los Infectados desgarrando mi ropa cuando logran rozarme, pero la adrenalina me impide asegurarme de que no han tocado mi piel.

El sudor hace que la camiseta se quede pegada a mi espalda.
Giro la cabeza un segundo para disparar al Infectado que se aferra a mi pie, y me tropiezo con algo.

Con alguien.

Nei se ha quedado parada en medio de la calle.
Enfoco la vista hacia delante, hacia el edificio en el que se suponía que había una escalerilla igual a la que hemos bajado.

Pero no está. La pared lisa de la tienda ocupa toda mi vista. Busco minuciosamente algún resquicio, un trozo de metal oxidado al que encaramarse.
No lo encuentro.

Entonces, el tiempo vuelve a pararse. Alex me empuja, y mis piernas corren. Disparo sin pensar, tan solo dos veces. No sé a donde nos conduce, pues es un callejón sin salida; No tenemos por donde subir.

No me doy cuenta, hasta que las blancas paredes de La Nevera se alzan ante mí, cada vez más cerca.
[FIN DEL CAPÍTULO 14].



Un día más... El Sol salió.

martes, 31 de julio de 2012

Resultados de la encuesta.

Bueno, hace varias horas que se ha cerrado definitivamente la encuesta sobre qué personaje os llama más la atención. Aquí tenéis los resultados. ¡Quiero comentarios sobre por qué habéis votado a quien hayais votado! Gracias a todos por participar ^_^

1º Alex. 5 votos, lo que equivale a un 41%. Casi la mitad de los votos han recaído sobre él.
2º Bice, la protagonista. 4 votos, uno menos que Alex.33%.
3º Nei. 2 votos. ¿Quién me diría a mí que la rubia quedaría en tercer lugar? 16%.
4º Jim, con tan solo 1 voto. 8%.

Una vez más, cualquier comentario es bienvenido acerca del resultado, para que hableis de vuestro voto, de los personajes...
Gracias. En un par de días, mañana tal vez, subiré el capítulo 14.
Un día más... El Sol salió.