Capítulo 15.
[Los recuerdos que quedaron en el tintero].
Sábado, 7 de septiembre.
Hoy me he despertado bañada en sudor frío. Lo
que pasó en Suburbia aún me carcome por dentro, pese a que intento convencerme que yo no tuve
absolutamente nada que ver.
No puedo dejar de pensar en Max. Aún
escucho sus gritos, aún siento la crueldad y el egoísmo en mis
propias carnes…
Sin embargo, no voy a venirme abajo. Tengo
ya muy interiorizado el terror, en este mundo de locos.
Hace semanas que he dejado de pensar en
volver a casa, con Marc. La realidad se ha vuelto oscura, y amenaza con devorar
a todo aquel que salga de las vallas que rodean este endemoniado campamento. Tuvimos
muchísima suerte al encontrarlo; ¿Quién diría que en medio de este bosque
perdido, se encontraría una joya tan valiosa?
El verano está dando paso al otoño, aunque
aún hace bastante calor. Durante la expedición, cogimos principalmente munición
y víveres. Con suerte, y si racionamos las comidas, podríamos aguantar el
invierno entero sin tener que viajar otra vez.
Parece mentira que, en una situación normal, estaría a punto de empezar el último curso de Instituto.
Parece mentira que, en una situación normal, estaría a punto de empezar el último curso de Instituto.
Todos mis pensamientos vuelven al punto de
inicio. El destello de Max, de sus ojos verdes. Su mirada infantil, preguntando
para qué sirve esto, o para qué usamos eso otro. La forma en que se quedaba
contemplando el atardecer, y cómo alimentaba con ilusión a las gallinas
salvajes que capturamos el otro día.
Pero eso ahora es un callejón sin salida, y
hay otros temas que me corroen. He notado las miradas de desaprobación, las que
van dirigidas a los que conseguimos volver de Suburbia. Hay algunas, que tan
sólo por la sombra del iris, puedo deducir que no se creen nada. Peor para
ellos, no tienen a nadie más que les pueda decir si es verdad o no.
Cada vez tengo más claro desde que volvimos
de La Nevera, que este diario es en el único que puedo confiar.
* * * * * *
Las
piedrecillas ruedan bajo la suela de mis deportivas, haciéndome resbalar
continuamente.
Después
de haber estado corriendo el día entero por los tejados, me está costando
acostumbrarme al empedrado de las calles. He tropezado dos veces, y una, me he
dado de bruces con el suelo.
Hace
varios minutos que he dejado de observar las paredes blancas, y ahora me
concentro principalmente en la gravilla, en la tierra y en el asfalto.
Primero,
no entendí que Alex nos condujese por este camino. Pero luego comprendí que lo
ha hecho para sacarnos de allí, del callejón sin salida. Aunque su forma de
actuar sea más que discutible, debo admitir que esta vez tiene razón; No
podíamos volver a los tejados, ni seguir hacia delante.
Nei
jadea, unos metros por detrás de mí. A medida que vamos corriendo, disparamos
contra los Infectados, que corretean torpemente detrás de nosotros.
Evito
mirarlos cuando disparo. El pensamiento de que antes, hace unos meses, eran
personas corrientes, martillea en mi cabeza sin cesar.
Un
grupo de Infectados se apelotona en el centro de la calle, y nosotros vamos
directos hacia él.
La
escopeta de Alex emite un chasquido, y sé que se ha quedado sin munición. A mí
aun me quedan un par de balas, o eso creo, así que me detengo junto a él,
cubriéndole.
Saca
rápidamente el cargador suplementario de uno de los bolsillos de su sudadera, y
lo coloca en la escopeta.
Un
Infectado con las piernas mutiladas se acerca arrastrándose hacia nosotros,
dejando un reguero de sangre tras de sí.
Lo
observo, con una mezcla de asco y pena que me produce arcadas. El cabello azul
lo tiene en forma de cresta. Un toque muy moderno para alguien que está muerto,
me digo para mí misma, reprimiendo las ganas de vomitar.
El
grupo de Infectados clava la vista en nosotros, cuando Alex le vuela la cabeza
al Infectado de la cresta.
En
perfecta sincronización, comienzan a andar hacia nosotros.
-Mierda.
–Alex se ha puesto en pie tras recargar su escopeta. La sujeta con firmeza,
pero la mandíbula le tiembla ligeramente. –Los tenemos encima.
Giro
la cabeza en ambas direcciones, buscando una salida. Pero no la encuentro.
Me
aferro a mi pistola, y veo que Nei hace lo mismo. Le miro, escruto su rostro,
sus ojos azul cielo que tanta esperanza me traen, y solo encuentro un
sentimiento.
Miedo.
El
grupo de Infectados se abre camino a grandes zancadas hacia nosotros, y, desde
aquí, puedo olerlos. Hemos formado un círculo improvisado, desde el que
disparamos a los Infectados que se acercan demasiado a nosotros.
El
suelo cruje bajo mis pies. La tarde va cayendo lentamente, y nosotros
permanecemos en el mismo lugar. Observo el ocaso, cómo la trayectoria del Sol
ha surcado el cielo a lo largo del día, cómo se hunde ahora en el horizonte,
entre resplandores rojos.
Las
nubes lo tapan, y la visión es sencillamente preciosa.
El Sol
sigue emitiendo tenues rayos de luz anaranjada y roja, tiñendo así las nubes
del mismo color.
Es una
imagen demasiado bonita, comparada con el Infierno que se ha desatado en la
calle, en el que nosotros estamos ahora atrapados.
Por
suerte, no nos preocupamos por la munición; La búsqueda en las tiendas, ha dado
sus frutos.
Sin
embargo, sí que nos preocupamos por otra cosa. Por otras cosas. Alex descarga sin cesar ráfagas de balas contra los
Infectados, que caen a la tierra, con el cráneo completamente taladrado.
Nei y
yo tardamos más en disparar, pues es difícil apuntarles a la cabeza. Pese a
ello, nos defendemos bien, y los muertos no se acercan demasiado a nosotros.
Pero
tenemos muy en mente el hecho de que, tarde o temprano, tendremos que seguir
adelante; El grupo de Infectados es demasiado numeroso.
Y,
Alex, decide que este es el momento adecuado, rompiendo la línea de defensa. Se
lanza hacia el frente, escopeta en mano, haciéndonos un gesto con la cabeza
para que echemos a correr.
Reacciono
antes que Nei, y, en unos segundos, ya le piso los talones a Alex, que ni
siquiera mira atrás. Hace un rato, se quitó la sudadera, y ahora la camiseta se
ciñe perfectamente a su espalda, debido al sudor.
¿Qué
hago mirándole la espalda?
Un
Infectado se lanza hacia mí, arañándome la pernera del pantalón, que se rasga
considerablemente. No sé si las uñas han llegado hasta mi piel.
Antes
de que pueda hurgar más, Nei le llena de plomo la cabeza, librándome de él.
Le
echo una rápida mirada, y sonrío, dándole las gracias, sin dejar de correr. Nei
asiente con gesto serio, y pasa por encima del Infectado muerto.
Estamos
a apenas siete metros de los Infectados, cuando giro la vista y veo sus cuerpos
mutilados frente a mí, en lugar de Alex.
El
corazón me bombea a toda velocidad, siento la sangre correr por mis venas a
toda prisa. Como si quisiese salir de mis venas y desperdigarse por el terreno.
Respiro
hondo, cuando veo a Alex a mi derecha. Está alejado de mí, pues se ha acercado
corriendo a la pared lateral. No sé muy bien lo que pretende, pero está
llamando la atención de los Infectados con su estúpido correteo.
El
primer Infectado se ha acercado hasta quedar apenas unos centímetros por
delante de mí, y solo me percato de que está ahí, cuando le embisto con toda la
fuerza de mi carrera.
Al
instante siento todos los músculos de mi cuerpo contraerse en una mueca de
dolor, e, instantes después, lo tengo encima de mí, intentando sacarme los
ojos.
Apunto
y disparo.
Como a
cámara lenta, veo el lago de sangre que se abre en su cabeza, con el tiempo
justo de cubrirme la cara con las manos.
Por
suerte, el Infectado se tambalea un poco, gruñe, y cae de lado, ayudándome sin
querer a quitármelo de encima.
Me
pongo en pie, y al instante varias manos se aferran a mi camiseta, tirando de
ella y rasgándola. Los Infectados que me rodean se quedan con los jirones en
las manos, y mirada confusa. “Es ropa, inútiles andrajosos”, pienso, al tiempo
que yo misma me siento un poco estúpida.
Un
rápido vistazo me basta, para encontrar un pequeño hueco en medio de una mujer
Infectada y su hijo.
Sin
pensarlo, me tiro al suelo, rodando.
Sin
pensarlo, los Infectados se lanzan tras de mí, y uno de ellos se aferra a mi
pierna.
En un
pestañeo, el Infectado tiene un enorme agujero en el ojo, por el que mana un
reguero de sangre negra como el carbón.
Me
pongo en pie de nuevo en un salto. Piso el suelo con fuerza cuando corro por mi
vida. Ni siquiera me detengo a mirar atrás, a preocuparme por la vida de mis
compañeros. Así soy; Egoísta en momentos críticos. Así somos todos los humanos.
Las
paredes blancas están cada vez más cerca, y me sorprende estar tan cerca. Ni un
solo Infectado se ha vuelto a interponer en mi huída. Me siento libre por un
solo instante. Corriendo, con una pistola en la mano.
Hasta
que alguien me da un empujón que hace que mis cimientos se tambaleen.
Me
giro bruscamente, y me topo de frente con los ojos de Alex, que ahora brillan
en un tono castaño claro, completamente distinto del que vi cuando estábamos en
el Campamento.
Abre
la boca, y por un segundo creo que va a decirme que ya estamos a salvo.
Pero
las palabras que surgen de sus cuerdas vocales son completamente diferentes.
-¡Allí!
¡A la escalera de mantenimiento! ¡Con suerte, no nos sacarán los ojos hoy! –Tras
estas palabras, atrapa la mano de Nei entre las suyas, y salen disparados hacia
una escalera de La Nevera.
Cuando
comienzo a oír los gruñidos de los Infectados a mi espalda, pongo pies en
polvorosa, siguiendo el surco que las pisadas de Nei y Alex van dejando en la
tierra.
Mientras
corro, el sonido de los gruñidos se va apaciguando, pero es sustituido por
otro. Un rugido gutural, acompañado del pisoteo ensordecedor de muchos pies.
Viene
directamente del interior del antiguo Centro Comercial de paredes blancas
manchadas de sangre.
* Meses antes. * *
Tras salir de la Calle Principal, el grupo
de supervivientes se dirige al centro de la ciudad. Mientras estaban saqueando
las tiendas secundarias, un estrépito, seguido de una onda sonora, y más tarde
de una voz, llamó la atención de todos.
El ruido se escuchaba por toda la ciudad, seguido
de una voz melodiosa que entonaba una antigua canción, acompañada del
repiqueteo de un piano.
Los hijos que nacieron,
Fuera de vuestro manto,
Ya no serán nunca más bastardos.
Y, desde allí, los vivos se
confunden con los muertos.
Las puertas del Infierno se han
abierto ahora.
Pero aún así,
Los vivos se confunden con los
muertos.
Durante unos segundos, el grupo se quedó en
completo silencio, paladeando cada palabra, cada verso, cada acorde. Varios de
ellos se permitieron soñar con un futuro, otros sencillamente, se dejaron
llevar por la realidad que ahora los abrumaba, confundiéndolos.
Pero todos ellos, mantenían viva la
esperanza en lo más hondo de sus almas.
Rober sentía el viento golpeándole en la
cara cuando se disponían a atravesar la pequeña barrera de edificios que los
separaba de La Nevera. Sentía en su propia piel, la impresión de que algo iba a
salir mal.
Siguió sintiéndola cuando se encaramaron al
tejado, y cuando Max le preguntó a Tonn que cuánto quedaba para llegar.
El pelo rubio de Max le ondeaba,
produciéndole cosquillas por la piel de su cuello. Espe se percató de esto, y
le cogió una pequeña coleta, provocando risas en todo el grupo, incluido el
propio Max. “Sí”, pensó, “Desde luego, hoy es un día fantástico”.
Siguieron sonriendo durante todo el camino,
regalando incluso sonrisas a los Infectados, que se afanaban pisos abajo por
cazarlos, por obtener aunque fuese una pequeña tira de sus pieles.
Alex se sentía liberado, incluso alegre,
pese a que no era de humor optimista. Era una oportunidad para empezar de cero,
lejos de lo que pudiese pensar cualquier persona.
Mel iba junto a Espe, como siempre desde
que llegaron al Campamento.
La canción seguía resonando por toda la
ciudad. ¿Qué podía ser? Desde luego, no era una grabación, pensaron. Y debía de
estar emitiéndose desde un lugar muy alto, así que, cuando llegaron al centro
comercial, algunos estuvieron de acuerdo en que abastecerse allí, y, de paso,
encontrar a la chica que estaba cantando.
Todos sintieron el horror recorriendo cada
rincón de sus almas, cuando atravesaron las puestas de cristal que daban
directamente al segundo piso de La Nevera.
Max se escondió al instante detrás de Tonn,
que estaba congelado en el sitio, con los ojos completamente abiertos.
* * * * *
Seguimos
corriendo, mientras dejamos atrás a los Infectados. Nei se aferra a la mano de
Alex, mientras éste evita que se derrumbe.
El
gran recinto se vuelve monstruosamente enorme a medida que nos vamos acercando,
y yo decido guardarme la pistola entre el pantalón y mi cintura, pues ahora
tendré que trepar hasta la escalera.
A
medida que nos vamos acercando, me permito pensar en otras cosas. ¿Cómo sabrán
Tonn y Xev que estamos aquí? Ni siquiera les hemos avisado. No hemos podido.
Pienso
también en cómo escaparemos de aquí, si es que conseguimos entrar en La Nevera
sin que nos devoren los Infectados que vienen tras nosotros.
No
puedo evitar pensar también en Rober. Sus ojos dorados se me vienen a la mente
una y otra vez, sin darme tregua.
La
sensación de que, en parte, fue culpa mía, me asalta cada vez que cierro los
ojos. Con la adrenalina que tengo en el cuerpo ahora mismo, no me siento
especialmente mal. Pero sé que, en cuanto intente dormir un poco, volveré a
sentirme miserable.
Se me
encoje el corazón cuando me doy cuenta de que no volveré a hablar con él, ni a
contemplar el café que esconde su iris. Cuando siento que necesito saber más
sobre él.
Cuando
entiendo que no quiero que caiga en el olvido de un mundo que ya está perdido.
Nei me
saca de estos pensamientos, cuando se gira.
Acto
seguido, comprendo el motivo. Una ráfaga de aire me golpea el rostro, haciendo
que los ojos se me inunden de arena y polvo. Nei tiene los ojos entrecerrados,
y Alex mira al frente, con la palma de la mano como visera.
Los
siguientes acontecimientos suceden tan deprisa, que el tiempo vuelve a
detenerse en esos segundos.
Alex
suelta la mano de Nei, y empuña con fuerza su escopeta, apuntando a ciegas.
Nei se
cubre los ojos, y Alex aprieta el gatillo, haciendo que el cerrojo de la
escalera salte, cayendo ésta al suelo.
Intento
limpiarme los ojos con la camiseta, para poder enfocar de nuevo la vista en
medio de la tormenta de arena que se ha desatado, pero noto que está mojada.
La
sangre del Infectado está profundamente impregnada en mi ropa.
Alex
empuja a Nei, que se tambalea ligeramente. Con dificultad, se agarra a la escalerilla,
y Alex la impulsa hacia arriba.
Seguidamente,
se gira, encarándome.
Pienso
que me va a empujar a mí también, pero, como contrapunto, me sonríe de forma
mordaz.
Se
vuelve a girar, y en apenas dos saltos ya ha escalado la mitad de la escalera.
Frunzo
el ceño, sin saber bien cómo reaccionar.
Pero
los gruñidos hacen que termine de decidirme, obligando a que me encarame a los
peldaños.
Los
Infectados ya han llegado a la pared, y ahora se debaten por intentar agarrar
una de mis zapatillas. Les propino patadas, y finalmente consigo escalar.
El
viento me revuelve el pelo, agitándolo alrededor de mi cabeza y empañando mi
vista de vez en cuanto. La camiseta está pegada a mi espalda, debido al sudor,
y siento la tela filtrando el aire frío, que se me cala en los huesos.
A
medida que voy ascendiendo, contemplo las paredes de La Nevera, que están
salpicadas eventualmente de sangre. Intento no mirar, pero no puedo evitar
fijarme en que la sangre es negra.
Exactamente
igual que la que ahora empapa mi camiseta.
* * * * * * *
El viento entra en el centro comercial,
haciendo revolotear papeles, y la propia ropa de Tonn. Sienten el frío en su
piel, pero que ahora mismo les importa bien poco.
Cuando han entrado, miles de ojos se han
posado en ellos, en una mezcla de deseo y rabia indescriptible. Atravesaron la
puerta sin fijarse demasiado, hablando en voz baja entre ellos.
Despreocupados.
Y ahora van a pagar las consecuencias.
Toda la gran sala está llena a rebosar de
ellos. Algunos pasean de un lado para otro sus carritos de la compra, como autómatas
movidos por un hilo invisible. Otros suben y bajan las escaleras mecánicas,
algunos vestidos con el uniforme que acredita que hace mucho tiempo trabajaban
allí.
Pero todos dirigen sus miradas hacia ellos,
sin una sola excepción.
Los Infectados, los muertos, no tardan ni
medio segundo en abalanzarse sobre ellos, en un ataque que bien podría
calificarse como sorpresa.
Toda la gran sala está llena a rebosar de
ellos. Algunos pasean de un lado para otro sus carritos de la compra, como autómatas
movidos por un hilo invisible.
Max chilla, y Alex saca rápidamente la
escopeta, un reflejo que le viene de antes. De su antes.
Dispara a bocajarro, y por suerte acierta
en un pequeño grupo de Infectados, que no se lo vieron venir.
Espe está paralizada en el lugar, sin poder
moverse. Pensando que la táctica del “No me muevo, no me ven”, le será de
utilidad.
Mel apenas respira, y está fuertemente
agarrada del brazo de Espe. Le clava las uñas, haciéndole daño. Aunque eso poco
les importa en este instante.
Rober empuña su ballesta, y el contacto con
la madera le hace reaccionar. Carga una flecha con rapidez, y derriba a algunos
Infectados que iban en fila.
Jac apenas tiene tiempo de pensar, pues un
Infectado se abalanza sobre él.
Tonn siente los pequeños brazos de Max
aferrados a su pierna, y sabe que tiene que reaccionar. Sabe que, como mayor
del grupo, debe velar por la seguridad del resto.
Pero lo único que acierta a formular en
palabras, es un pensamiento tan estúpido como obvio.
“Nadie puede estar cantando en este
Infierno”.
* * *
*
Jadeamos,
sanos y salvos. Por fin he conseguido trepar hasta la plataforma de
mantenimiento, la que se usa solo en casos de emergencia. “Esta es una buena
emergencia”, pienso, para mí misma, y me río de mi estúpido chiste.
Nei
está sudorosa, y las gotas se le escurren por la frente, atravesando su rojo
rostro.
-Vaya,
la blanquita ahora parece un tomate. –Alex se mantiene en pie, y se burla del
color de piel de Nei, que le saca la lengua en un gesto despectivo.
Los
tres nos echamos a reír de una manera que bien se asemeja a cualquier reunión
de adictos. Nos reímos porque nos sentimos aliviados se haber salido de ahí, y,
a la vez, porque sabemos que esto no es permanente.
Nos reímos
hasta que el canto acompañado del piano comienza a invadir la atmósfera de
Suburbia.
[FIN DEL CAPÍTULO 15].
Un día más... El Sol salió.