sábado, 4 de agosto de 2012

Capítulo 14. [La blancura del Infierno].


Gracias a todos por leer. Y gracias también por esperar tanto tiempo a que subiese capítulo, pero es que la inspiración últimamente escasea. Y, cuando me falta inspiración... No puedo hacer nada, lo siento. La buena noticia es que ya sé hacia dónde encaminar los próximos capítulos para darle el final de temporada que quiero. Siento la espera, de verdad. Podeis dejar comentarios, mensajes y lo que queráis en el Ask, os prometo responder cuanto antes. 
Capítulo 14.
[La blancura del Infierno].
Gritos. Recuerdos. Horror.
Y, luego, oscuridad. Todos los recuerdos, los diálogos, se desvanecen ante mí, sin que yo pueda retenerlos en mi mente por mucho más tiempo. Sin embargo, las sensaciones aún me embriagan al despertar; Mi frente está empapada en sudor, y un nudo en el estómago me impide pensar con claridad. Al abrir los ojos y vencer el sueño, aun puedo percibir el miedo clavado en lo más profundo de mi alma.
Aun escucho los gritos de la calle, aun percibo la sensación de la sangre derramándose ante mí.
Siento que se esfuma una parte de mí, al tiempo que voy cayendo en el olvido.


* * * * * *
Me despierto sobresaltada, como llevo haciéndolo desde que llegué a esta endemoniada ciudad. Siento que los recuerdos se apelotonan en la parte inconsciente de mi cerebro; luchando por salir. Pero también siento, que una parte de mí se niega a asimilarlos, y me “protege” de ellos.

Cuando logro recomponerme, recuerdo la masacre y los gritos de Rober. Me llevo las manos a la cabeza, y me acurruco, pegando aun más las rodillas a mi pecho.

Pienso en los horribles acontecimientos de las últimas horas. Sin darme cuenta, vuelvo al momento en el que decidí internarme junto a Nei en la espesura de la noche.
El momento en el que decidí condenar a Rober, e, irónicamente, salvar al chico rubio que ahora duerme a escasos metros de mí.

Los remordimientos me matan lentamente, hasta el punto de pensar que, tal vez, debería haber sido yo la que muriese a manos (y dientes), de los Infectados.  
Tal vez, si no hubiese decidido acompañar a Nei, Rober hubiese vuelto al interior de la fábrica. Con suerte, los Infectados no le habrían seguido, y podríamos haber pasado la noche tranquilamente

Pero sé que no es así. Rober no se habría cansado, y no habría vuelto al interior de la fábrica. Probablemente, hubiese gastado todas las flechas, y, en última estancia, hubiese usado la ballesta como arma blanca.

Lo más probable, es que hubiésemos tenido que contemplar desde la fábrica, cómo los Infectados le devoraban, y, más tarde, el chico rubio habría caído con él.

Así que me hayo en la misma encrucijada, sin lograr que los remordimientos dejen de amenazarme desde el marco de la puerta de mi consciencia.

No nos hemos movido del tejado al que subimos desesperadamente, tan sólo para resguardarnos de la lluvia, bajo un techo de metal improvisado, que, por su apariencia, pienso que antes serviría como tendedero.

Cuando llegaron Nei y Alex, pregunté con voz débil si sabían algo de Rober. Sin embargo, yo misma sé que, en ese intervalo de tiempo, ni Nei ni Alex podían haber hecho nada por él.
Alex negó con la cabeza, y Nei tardó unos segundos en asimilarlo; Rober no estaba aquí, con nosotros.

Luego, se echó a llorar, sin más. Incluso a estas horas de la madrugada, aun percibo sus sollozos, tan solo acallados levemente por los gritos de los Infectados que claman nuestra sangre.

Hemos perdido a un amigo. A un miembro del Campamento. El único que tuvo lo que hay que tener para meterse en la boca del lobo, y salvar a este chico, al que ni siquiera conocía de nada.

Estoy sumida en estos pensamientos, cuando un sonido me hace entreabrir los ojos. Sigo acurrucada, por lo que no veo nada. Me incorporo lentamente, y quedo tumbada boca abajo.
A mi derecha, Tonn está hurgando en su mochila. En la huída desde la fábrica, a ninguno de nosotros se nos ocurrió coger nuestras mochilas. Probablemente, pensábamos que volveríamos.

Tonn, junto a Alex, fueron los únicos que se trajeron las mochilas, cuando vieron que la situación se estaba desmadrando.

Me mira por el rabillo del ojo, y ve que estoy despierta. Pero al instante vuelve a prestar más atención a su mochila, de la que extrae pequeños sobres y un termo. Por este gesto, deduzco que se dispone a preparar algo para comer.
Ahora que lo pienso, llevamos sin comer desde que emprendimos la expedición a pie hacia el corazón de Suburbia.

Entrecierro un poco más los ojos, mientras le observo verter el agua de una botella en el interior del termo.
Al cabo de unos minutos, el agua se calienta, y Tonn saca varios vasos de plástico; Ni se me había pasado por la cabeza que había pensado hasta en el más mínimo detalle.

Cierro de nuevo los ojos, pero al instante los vuelvo a abrir; Las imágenes de esta noche se suceden en mi cabeza una detrás de otra, sin darme tregua.

Tonn termina de preparar la bebida, que, por el olor, se me antoja té caliente. Me dejo inundar durante un par de segundos por la fragancia, que me transporta a otro lugar; Una tarde de domingo, una mesita de cristal en el centro de un gran salón…

Y abro los ojos. No estoy en un salón, ni en una agradable merienda. Estoy en una ciudad que conozco como la palma de mi mano, pero de la que ni siquiera sabía el nombre. Estoy en la azotea de alguien que, probablemente, esté ahí abajo, gritando para verme muerta.
Estamos a las puertas del infierno.

-Si alguien quiere algo para desayunar, he hecho algo de té caliente. –Tonn se ha sentado, y junto a él, reposan humeantes tres pares de vasos, llenos del líquido. –Creo que, después de la tormenta, es lo mejor que podemos tomar.
Y todos sabemos que se refiere a otra tormenta mucho más devastadora.

* * * * * * * *
El Sol hace rato que ha asomado por el horizonte. Sus rayos caen sobre nosotros, iluminando nuestros rostros, y, a la vez, lanzando algo de luz hacia la masacre que espera abajo.
Yo me abstengo de mirar, y me limito a beber lentamente el té.

Observo al resto del grupo. Tonn hace rato que se ha acabado su bebida, y ahora mordisquea distraídamente una barrita energética.
Nei, tras beberse su té, se ha vuelto a acurrucar en un rincón. Me da la impresión de que no ha dormido nada, y ahora su respiración tranquila llena el aire. Al menos podrá descansar un poco.
Alex se ha apartado del resto; Es lo que siempre hace. Se dedica a limpiar a fondo su escopeta, completamente concentrado en la tarea. No ha levantado la vista, ni siquiera cuando Tonn le acercó un vaso.
Finalmente, el chico rubio tiene entre sus manos el vaso humeante. Su vista está clavada fijamente en él, como si así fuese a encontrar alguna respuesta.

Nadie dice nada durante un rato que me parece eterno.

Hasta que Tonn asume su papel de líder, en vista de que ninguno de nosotros tiene intención de entablar conversación. Se lleva los dedos a la frente, apartándose el flequillo, que le tapa levemente la visión; Con el paso de las semanas en el Campamento, no habrá tenido tiempo de recortarse el pelo.

-No podemos estar así. Es una baja. –Tonn mira a su alrededor, a nuestros rostros. Evito su mirada. –Mirad, ya sabíamos perfectamente a lo se nos podía venir encima cuando decidimos venir a Suburbia. Que ya hayamos estado aquí, no quiere decir que seamos invulnerables.

* * * * * * *
Caminamos a paso rápido, en fila india, por la acera derecha. Hace ya rato que hemos dejado atrás la Residencia, en la que nos íbamos a alojar durante varios meses.
Íbamos, en pasado.

El autobús no ha venido a recogernos, y los monitores han estado cuchicheando en voz baja durante un rato, antes de decidir que deberíamos ir hasta una parada de autobús normal, a pie.
A todos nos extrañó la idea. Nunca íbamos a pie a ningún lugar.
Hace apenas una hora, estábamos en la Sala de Reuniones. Lo que allí nos contaron tan solo sirvió para amedrentarnos un poco más. Pero nadie dio detalles, ni tampoco especificaron el motivo por el que ahora teníamos que irnos.

Camino detrás de Lisa, con mi pesada maleta de viaje al lado. Esto de no tener vehículo es una mierda.
Llevamos caminando media hora, aproximadamente, pero los monitores parece que llevan cinco horas andando. No dejan de mirar hacia atrás y hacia los lados, escrutando el final de las calles. Varias veces hemos cogido por una calle secundaria, en vez de por la principal.

Es raro, porque por la Calle Mayor, llegaríamos en apenas quince minutos a la parada del bus.

Un ruido me sorprende. Proviene del final de la calle que tenemos a la izquierda.
Nunca he oído ninguno igual; Juraría que es un tiroteo.
Los ojos azules de Lisa se giran, buscando mi mirada. La encuentran.
Intercambiamos miedo e incertidumbre.

* * * * * * *
Corremos por las azoteas de los edificios, que, gracias a Dios, están comunicados entre sí. Están todos pegados, tanto los negocios, como las pequeñas casas residenciales. Nos hemos dividido en dos grupos; Por un lado, Alex, Nei y yo, nos encargamos de la ropa y del armamento. Por otro, Tonn y Xev recorren las tiendas de comestibles.

Hemos acordado como punto de encuentro, el pequeño centro comercial que hay a la derecha de la Nevera, justo al otro lado de donde se encuentra el polígono industrial.

Durante el camino, no hemos tenido demasiados incidentes. Actuamos lo más rápido que podemos, y nos ponemos toda la ropa que podemos, para no sobrecargar las mochilas.
Sin embargo, no hay tantas tiendas de armas como nos gustaría; Solo hemos saqueado tres.

Alex ha podido recargar su escopeta, y yo he conseguido varios cartuchos para mi pistola. Nei, por su parte, no había gastado tanta munición como nosotros.
No puedo evitar pensar que la pérdida de Rober ha sido por su culpa.

Hemos pasado la mayor parte del día recorriendo los tejados de Suburbia, y el Sol se va hundiendo lentamente en el horizonte, haciendo que el ambiente sea cada vez más oscuro.
De forma que los demonios salen de sus guaridas.

Con la llegada de la noche, los Infectados acentúan sus gritos, y se ven claramente grupos más numerosos por las calles. Algunos alzan la vista, y escudriñan los tejados.
Cuando perciben nuestras formas, se lanzan a las paredes de los edificios, arañándolas.

Hemos tenido que huir en más de una ocasión. Al bajar a las tiendas, perdemos demasiado tiempo rebuscando entre la ropa (La mayoría corresponde a la temporada de verano), y los Infectados nos ven desde la calle.
Muchas tiendas están cerradas desde dentro con candados, pero otras, apenas tienen una capa de cristal protector en sus puertas, lo que nos obliga a actuar con rapidez, si no queremos que los Infectados se nos echen encima.

Con estos percances y mucho esfuerzo, llegamos agotados a la zona de encuentro. O la que nosotros creíamos que era la zona de encuentro.

A llegar, casi me precipito al vacío. La “carretera” de edificios termina aquí, y continúa al doblar la calle, lo que nos hace imposible el acceso. Los Infectados se pasean por las calles, y algunos me ven.
Alzan sus brazos hacia mí, y abren sus sanguinolentas bocas, ansiando devorarme.
Retrocedo unos cuantos pasos, y me giro hacia Alex.

-¿Y ahora qué? –Me cruzo de brazos, y le observo con reproche; Como si fuese culpa suya.

Alex me aparta a un lado, y se asoma al borde de la azotea. Aprieta los labios mientras recorre la calle con la mirada. Frunce el ceño, cuando se da cuenta de que los edificios continúan al doblar la esquina, y que entre nosotros, y los próximos tejados, hay aproximadamente treinta metros de vacío.

Se gira hacia nosotras. El rostro de Nei muestra incredulidad, y sus cabellos ondulan frente a sus ojos. Alex examina su escopeta, antes de hablar.

-Callejón sin salida. La última vez no estaba así. –Aclara, al ver mi mueca de enfado. –Cuando vinimos, había un largo muro hasta el siguiente edificio, pero al parecer, los Infectados y las lluvias han podido con él.

Observo mi alrededor, y logro ubicarme. Recuerdo la vista aérea desde la colina, cuando llegamos a Suburbia. Si giramos esta esquina, y la memoria no me falla, la calle conducirá directamente a las paredes blancas de La Nevera. Si seguimos recto, y sorteamos algunas calles más, acabaremos en la autovía que recorre Suburbia. Y si giramos a la derecha, nos saldremos de los límites de la ciudad.

Como ha dicho Alex, es un callejón sin salida. Estamos en el último edificio de la calle, y, más adelante, tan solo están los restos de lo que debió ser el muro, y un pequeño descampado.

-¿Y si seguimos todo recto? –Nei mira a los ojos a Alex, mientras se lleva un dedo a la boca, mordisqueando su uña. –No tendríamos que girar, y así podríamos volver a la calle principal. Ya tenemos provisiones de sobra.

Alex sopesa la opción. Mira al suelo un momento, y luego vuelve a observar el vacío que hay entre los edificios. Duda. Pero tan solo un instante.

-Vale. Tonn y Xev nos verán, y entenderán por qué no nos hemos reunido con ellos. Yo iré primero. Bajaremos por la escalerilla. Disparad solo, si es estrictamente necesario. –Exhibe una sonrisa mordaz, y acto seguido, ya se ha encaramado a los peldaños.

Trago saliva. Nei y yo nos miramos, y aprecio en sus ojos azules una chispa. Tal vez de miedo, tal vez de incertidumbre; Antes de que la identifique, aparta la vista, y me hace un gesto con la cabeza. Segundos más tarde, ya está bajando por la larga escalera.

Directa a las fauces del león.

* * * * * * * * *
Hace rato que el Sol ha comenzado su ascensión. Tonn se ha dedicado a examinar la munición, en vista de que no hacíamos amago alguno de movernos.

Alex continúa limpiando su rifle. Pienso que es un reflejo, o un tic nervioso; Solo lo hace cuando no tiene en qué emplear el tiempo. De vez en cuando nos lanza miradas fugaces, asegurándose de que ninguno de nosotros le está observando.

Nei sigue acurrucada en un rincón, con las manos tapándole los oídos. No quiere oír los incansables gritos de los Infectados, y, en parte, la entiendo.

El chico rubio se dedica a observar el vaso de plástico vacío, que ahora yace en su regazo.
Justo cuando decido que debo dormir un poco, comienza a hablar.

-Me llamo Xev. –Todos alzan la vista hacia él al instante, incluso diría que Nei ha entreabierto un poco los ojos, centrando su atención en el chico. –Llegué aquí cuando tan sólo tenía 4 años. Prácticamente, se puede decir que soy un Suburbiano. –Observa nuestros rostros. Alex alza una ceja, y Xev entiende que no ha tenido ni pizca de gracia.

Respira hondo, y sus ojos dorados se clavan en mí. Por un instante, me siento desnuda, figuradamente, claro está.
Sus ojos me recuerdan al trigo en otoño, cuando comienza a amarillear. Me recuerda al café con leche, ese que alguien sorbe poco a poco, sintiendo la amargura y el olor dulzón a la vez.
Interrumpe mis pensamientos, y continúa.

-Mis padres murieron por aquella época. También tuve un hermano mayor, pero, como quién dice, nunca llegó a formar parte de mi vida. Tenía toda su vida en un internado extranjero.
Cuando mis padres murieron, mi familia no se lo pensó dos veces; Los “afortunados”, los que tendrían que cargar conmigo, acabaron siendo mis tíos, los empresarios más ricos de toda esta zona.

-Oh, genial, un niño de papá. –Alex escupe las palabras, casi con desprecio. Todos le observamos un instante, y la tensión queda patente.

-Como iba diciendo… -Xev mueve los ojos de un lado a otro, posando los ojos alternativamente en mí, y en Tonn.
-Mis tíos vivían en la zona residencial, justo al otro lado de la Gran Autovía. Residíamos en un chalet adosado de tres pisos, piscina incluida.
>>Pero un día, se desató el Infierno. Mi tío no volvió aquel día de la empresa, y mi tía salió “Un segundo”, a mirar qué pasaba en la calle. Sobra decir que no regresó nunca. Observaba desde la ventana de mi habitación la locura que se había desatado; Los tiroteos, las Fuerzas Armadas, la histeria colectiva en las calles… Corrí las persianas, y me encerré en mi habitación. 

Tonn se aclara la garganta, y señala distraídamente las mochilas, en las que están bien guardadas todas las provisiones.

-Todo eso pasó hace meses, chico… Y dudo mucho que en tu casa hubiese provisiones suficientes para subsistir todo este tiempo. Tampoco creeré que te bebieses toda el agua de la piscina… -Esboza una media sonrisa, y me cubro los labios con el dorso de la mano; Eso ha tenido gracia.

Xev se rasca la coronilla, y se encoje de hombros.
-¿Y quién te dice que solo aguanté con las reservas que había en mi casa? –Tonn deja de sonreír; No se esperaba esa respuesta.
Xev, al ver su reacción, prosigue.

>>Al principio, tan solo hacía pequeñas escapadas hasta el supermercado, o a la tienda de “Todo a 100” de enfrente. Pero pronto comprendí que eso no serviría de nada; Debía ir hasta el centro de la ciudad. Debía llegar hasta “Black’s & Jake”. De allí podría sacar toda la comida que quisiese, y, de paso, conseguiría algo de ropa para el invierno.

Black’s. Jake. Así que ese es el verdadero nombre de La Nevera. Un escalofrío me recorre la espalda, y veo por la periferia de mi visión, que Alex ha dejado de limpiar su escopeta. Ahora tiene los ojos fijos en Tonn, que, a su vez, ha bajado la vista.
Después de todo lo que he oído sobre La Nevera, creo que logro hacerme una idea de por qué han reaccionado así.

-Te hubiesen destrozado.

Todos giramos la vista, hacia el sonido ronco que ha pronunciado esas palabras.
Nei está sentada, con mirada grave. Escruta a Xev con la mirada, y éste hace lo propio.
Casi dirían que saltan chispas entre los ojos dorados del chico, y los azul marino de Nei.

-¿Qué? –La mirada de Xev es confusa. No entiende lo que esa chica dice, pero, a la vez, sabe que en sus palabras hay algo de razón.

-Que te hubiesen destrozado. La Nevera es un nido de Infectados. Yo no he estado allí, pero ese lugar ya se ha llevado a uno de los nuestros.

Tonn abre la boca para decir algo, intentando interrumpir a Nei. Pero la mirada de Alex es suficiente para acallarle.
Todos nos quedamos en silencio, sin saber qué decir.
Y, sin que nadie me lo confirme, sé, que las ilusiones de este pobre chaval rubio de ojos ilusionados, acaban de ser brutalmente aplastadas.

* * * * * * * *
Tampoco hablamos mucho a partir de ese momento. Xev nos explicó un poco más sobre él, y también nos contó cómo había escapado del chalet, pistola y navaja en mano. No nos habló de cómo se siente, contaba los hechos como si no le hubiesen ocurrido a él. Como si no hubiese sido él mismo, quien había estado a escasos latidos de morir a manos de los Infectados.
Hicimos un pacto; Él nos explicaría sobre los barrios, y las tiendas de comestibles, ropa y munición, y, a cambio, nosotros le acompañaríamos de vuelta a su casa.

Como una excursión, vaya.

“Sí, como una excursión, Bice, claro que sí”. Este pensamiento se abre camino en mi mente, en el preciso instante en que pongo un pie sobre la escalerilla. Siento el frío tacto de la pistola contra mi cintura, y comienzo a bajar.

A medida que voy descendiendo, los gritos, los gemidos y los sonidos guturales se hacen más fuertes. Cuando estoy a tan solo dos peldaños del suelo, el ruido es ensordecedor.
Con un pequeño saltito, piso el asfalto.
Giro la cabeza, y me reprendo mentalmente por distraerme. Apenas unos segundos más tarde, ya estoy corriendo, tras distinguir la figura de Nei, que se aleja a grandes zancadas de mi posición.

El grito viene acompañado del golpe. Dos Infectados se lanzan hacia mí, haciéndome rodar por el polvoriento suelo.
Apenas tengo tiempo de sacar la pistola, cuando los dientes del bicho están a unos centímetros de mi cuello.
Le coloco el cañón en la frente, y disparo. Me tiembla el pulso, y me lo quito de encima de una patada, evitando mirar la cara demacrada de mi agresor.
El otro Infectado estaba a la zaga, y, sin darme cuenta, se había dedicado a arañar mi pernera izquierda.

Con un grito de horror, me pongo rápidamente en pie, sorprendiéndole. Me mira. Abre la boca.
Y el cráneo se le hunde bajo la piedra que Nei le ha lanzado.

Salgo corriendo, esta vez mucho más rápido. El resto de Infectados han oído el disparo, y ahora nos persiguen, cercándonos el paso, obligándoos a gastar mucha más munición de la que podemos reponer.
“Sí, disparar solo cuando sea necesario, ¿Eh, Alex?”. La ironía me llena la mente, junto con el horror, y saber que estamos coqueteando con la mismísima Muerte.

Seguimos corriendo, deteniéndonos tan solo para apuntar. Siento las uñas de los Infectados desgarrando mi ropa cuando logran rozarme, pero la adrenalina me impide asegurarme de que no han tocado mi piel.

El sudor hace que la camiseta se quede pegada a mi espalda.
Giro la cabeza un segundo para disparar al Infectado que se aferra a mi pie, y me tropiezo con algo.

Con alguien.

Nei se ha quedado parada en medio de la calle.
Enfoco la vista hacia delante, hacia el edificio en el que se suponía que había una escalerilla igual a la que hemos bajado.

Pero no está. La pared lisa de la tienda ocupa toda mi vista. Busco minuciosamente algún resquicio, un trozo de metal oxidado al que encaramarse.
No lo encuentro.

Entonces, el tiempo vuelve a pararse. Alex me empuja, y mis piernas corren. Disparo sin pensar, tan solo dos veces. No sé a donde nos conduce, pues es un callejón sin salida; No tenemos por donde subir.

No me doy cuenta, hasta que las blancas paredes de La Nevera se alzan ante mí, cada vez más cerca.
[FIN DEL CAPÍTULO 14].



Un día más... El Sol salió.