Capítulo 12.
[Los pájaros que nunca emprenden el
vuelo].
Aun no sé el motivo, pero al observar la ciudad que, ante mí
se extiende, un escalofrío me recorre la espalda. Un escalofrío helado, que me
hace abrir los ojos y quedarme sin aire.
Suburbia.
Tonn me ha dejado a solas, contemplando el terreno, los altos
edificios. Desde aquí, me puedo hacer un plano aéreo de toda la ciudad. En el
centro de la misma, hay una cúpula inmensa, que se alza sobre el resto de
edificios, como si los evaluase por encima del hombro. Es de un color blanco
puro, exceptuando los cristales tiznados de rojo y azul.
Aparto la vista, segundos antes de que mi cerebro
identifique las manchas rojas.
Desde mi posición, logro distinguir tres áreas, separadas
por una línea negra; La calle principal. Sin embargo, observo que la calle no
es más que una antigua autopista; La ciudad entera se ha forjado en torno a
ella.
En el lado izquierdo de la calle, se encuentra la zona
residencial, en la que los edificios son casitas adosadas, pisos y chalés.
En el lado derecho, están separados por la cúpula la zona
residencial, en la zona superior, y lo que debió ser el polígono industrial en
la mitad inferior.
La cúpula atrae toda mi atención, y observo que no es una
cúpula propiamente dicha; Un cartel maltrecho cuelga de varios soportes
publicitarios, que se alzan por encima del cielo, imitando al edificio central.
En el desgastado papel, a duras penas, se consigue leer el logo de lo que debió
ser un gigantesco centro comercial.
Una mano sacude mi hombro en pleno análisis de la ciudad,
haciéndome girar con brusquedad.
Nei. Su pelo rubio le ondea sobre los hombros, pero es
apenas un leve movimiento; Lo tiene demasiado corto. Sus ojos son profundos, su
mirada, cuanto menos, inquietante.
Es la primera vez que veo en ella un semblante tan serio.
Sin embargo, sus ojos no me están observando; Miran más
allá, por encima de mi hombro.
Entonces, sin necesidad de girarme, comprendo en qué se ha
convertido ese centro comercial.
La Nevera.
* * * * * *
Mis pasos son inseguros, lentos y torpes; Giro la cabeza
rápidamente y sin descanso, observando con pasadas rápidas mi alrededor.
Deteniéndome cada vez que detecto el más mínimo movimiento.
Suspirando cada vez que comprendo que la causa de mi
sobresalto, no se debe más que a unos simples papeles, una piedrecilla que cae
de algún edificio, o el mero viento, que, con su soplido, mece carteles de
ofertas, ya caídas en el olvido.
Aprieto la pistola con mis dedos, sintiéndome más segura con
tan solo ese tacto. Está recién cargada; No voy a arriesgarme a ser devorada a
manos de un Infectado por un descuido.
En total, cuento 40 balas.
El viento me revuelve el pelo, forma nudos improvisados en
él, que luego me costará bastante desenredar, pero, que sin embargo, me dejan
entrever el color de mi cabello; Castaño oscuro.
Deduzco gracias a este dato, que mis ojos deben de rondar el
mismo tono; Un poco más oscuros, tal vez.
Rober encabeza la marcha. El viento le golpea en la cara,
haciendo que su cabello se vuelva un poco más rizado de lo que ya es de por sí.
Él se encarga de la primera defensa en caso de ataque, y, a su vez, es el que
más riesgos corre. Sin embargo, está bien armado; Con su ballesta, y una
pistola con silenciador pegada a la cintura, sus posibilidades se incrementan
el doble.
Nei le sigue muy de cerca, sujetando la pistola con fuerza;
Queriendo pensar que, así, en caso de ataque, no la perderá. Durante el
trayecto, me percato de que no ha mirado el suelo, ni a nuestros alrededores ni
una sola vez. ¿Recuerdos demasiado amargos?
Tonn está delante de mí, con su rifle bien sujeto gracias a
unas cuerdas que le rodean el pecho; Lo lleva “atado” a la espalda, y su mano
constantemente se asegura de que esté bien agarrado.
Finalmente, Alex está detrás de mí. Me ha preguntado en dos
ocasiones sobre por qué no llevo puesta la chaqueta; Me he limitado a ignorarle
la primera vez, y la segunda le he hecho un gesto despectivo con las manos.
Sujeta su escopeta con soltura; Casi parece que no pesa nada cuando la pasa de
una mano a otra.
Una ráfaga de viento me hace entornar los ojos; La arena, la
ceniza, y el polvo, se cuelan entre mis pestañas, obligándome a frotarme los
párpados con los dedos repetidas veces.
En ese intervalo de tiempo, el primer Infectado cae sobre
nosotros con todo su peso.
El segundo no tarda en llegar, y es aplastado por el impacto
contra el tramo de calzada que se encuentra entre Tonn y yo.
Casi como si de una coreografía previamente preparada se
tratase, alzamos la vista hacia los edificios, los rascacielos y los puestos de
venta.
Entonces, los veo. Y, casi al segundo, antes de que Tonn me
agarre del brazo y me arrastre hacia delante, obligándome a correr, lo
comprendo.
Un puente, una carretera elevada se alza sobre nuestras
cabezas. Los Infectados nos han encontrado.
Corro, varios metros por detrás de Tonn, y miro por encima
del hombro. Entreveo a los Infectados estrellándose contra el suelo, salpicando
de sangre toda la calzada, dejando ríos negros de sangre, órganos y carne
podrida por el suelo.
Me tropiezo, y me giro para caer de lado contra el suelo. En
el impacto, la pistola se me escapa de las manos, y gira sobre sí misma, varios
metros a mi derecha.
No dudo. Casi sin tan siquiera haberme recuperado, me
abalanzo sobre ella. Ruedo, haciendo que la garganta se me llene de ceniza,
tierra y restos de asfalto.
Lo escupo todo. Me pongo en pie un segundo más tarde de
haber recogido la pistola, y, en un abrir y cerrar de ojos, vuelvo a retomar la
huída. A mis espaldas, un Infectado se estrella contra el suelo, y, sin girarme,
puedo notar las gotas de sangre negra pegándose a mi piel.
Avanzo a trompicones, mientras el ruido seco de los
Infectados impactando contra el suelo a mi alrededor me inunda. Diviso la
figura de Tonn, y le sigo a ciegas. Corro todo lo que mis piernas me permiten.
Tonn se gira, y, por un brevísimo instante, nuestras miradas se cruzan.
Una vez más, no comprendo su mirada de horror, hasta que el
Infectado se lanza contra mi cuerpo. Por el rabillo del ojo logro distinguir a
Tonn huyendo, sin volver la vista atrás.
Caigo al suelo con todo mi peso. Busco desesperadamente mi
pistola, y la encuentro a dos pasos de mi mano izquierda. Estiro los músculos
del brazo todo lo que puedo; Sin embargo, no es suficiente.
Giro mi rostro hacia el suyo, y, por sus facciones –O lo que
queda de ellas-, deduzco que debió de ser un hombre que rozaba la cuarentena,
un poco rellenito y con entradas.
Sin embargo, cuando algo de humanidad parece brillar en él,
sus garras rasgan la tela de mis pantalones, arañándome con fiereza la pierna.
Chillo. Y ese es mi mayor error.
Los demás Infectados (Los que no han sido brutalmente
aplastados), dirigen sus miradas hacia mí. Comienzan a caminar, mientras yo, a
duras penas, consigo retener al que está sobre mí, impidiendo la mordedura que
se me antoja inevitable.
En ese preciso instante, cuando decido rendirme a los
dientes del bicho, un grito me arranca de mi desespero.
-¡Agacha la cabeza! –Es la voz de Alex, que suena como si
estuviese a kilómetros de distancia.
-¿Para qué quieres que…? -Me interrumpo, al sentir la bala
atravesando el cráneo del Infectado. Agacho la cabeza, y me cubro con la única
mano que puedo mover.
La sangre del Infectado se esparce por mi camiseta, por mi
cuello y levemente, por mis mejillas. Siento unas garras intentando aferrarse a
mi pierna, y me quito el Infectado muerto de encima. Ruedo a un lado, y acabo
en cuclillas, intentando recuperar el aliento.
-Tú, Bice, no es hora de ponerse a hacer sentadillas. –Me
agarra bruscamente del brazo, y tira de mí hacia él, obligándome a ponerme en
pie. Quedamos cara a cara, y yo evito sus ojos.
Me zafo de su brazo, y salgo corriendo, aun con la
respiración entrecortada. Cojo la pistola, y me encamino en la dirección que
creo que tomó el resto del grupo.
Los Infectados nos siguen a pocos metros de distancia. Nunca
imaginé que, cuerpo a cuerpo, pudiesen ser tan peligrosos.
Nunca imaginé esta emboscada. Giramos bruscamente a la
derecha; Tras colarnos en esta callejuela, diviso a lo lejos las formas de
Tonn, Nei y Rober.
Alex me vuelve a tirar del brazo, y volvemos a girar a la
derecha. De la brusquedad, me tropiezo, y acabo rodando por el suelo
frenéticamente. Finalmente, me choco con una pared.
La cabeza me va a explotar, y todo por culpa de Alex. ¿Para
qué me obliga a girar, si Tonn y el resto han seguido todo recto, hacia el
final de la calle?
Me pongo en pie, y comienzo a preguntarle casi gritando que
qué demonios hace. Una extraña rabia me recorre interiormente, y, una parte de
mí, sabe que estoy actuando de forma irracional.
Me da un codazo que hace que me doble en dos y se me corte
la voz.
Cuando por fin recupero la compostura, observo mi alrededor;
Estamos en un callejón, que conduce de vuelta hacia la calle del puente. Sin
embargo, este lugar está oscuro, y los Infectados pasan de largo. Me percato de
que huele a podrido, y bajo la vista; Un charco de agua estancada recubre la
mitad del lugar, haciendo que el olor que atrae a los Infectados, sea tapado
superficialmente.
Alex escruta el callejón, y yo siento el frío metal de la
pistola contra mi piel; Al menos no la he perdido. Algunos Infectados se
detienen, olfatean el aire y dirigen la vista hacia todas las direcciones, pero
no consiguen identificar de dónde procede el olor.
Suspiro aliviada cuando la horda de Infectados pasan de
largo, o dan media vuelta; Siguen intentando localizarnos.
Alex y yo estamos escondidos detrás de un antiguo contenedor;
Así el olor que nos encubre se incrementa, pues los desperdicios que hay dentro
llevan mucho tiempo en descomposición.
Me siento en el suelo, con cuidado de no mancharme de agua
estancada, y contemplo la formación de piedras apiladas; Son muy antiguas.
Por fin, la mayoría de los Infectados acaban siguiendo al
resto del grupo, y otros tantos se quedan por la zona, rastreando.
-No podemos quedarnos aquí, podrían descubrirnos. –Me pongo
en pie tras murmurar estas palabras, dispuesta a salir de nuevo a la calle
ancha; Con una rápida huída no tendrían por qué atraparme.
Alex se gira, y me mira con evidente desaprobación, luego,
bosteza.
-Si haces eso, tendrás suerte si te devoran rápido. –Hace
ademán de ponerse en pie, pero esboza una mueca al mover el pie; Se lo ha
debido de doblar durante la huída.
Entonces, se acerca a una puerta que había pasado
desapercibida a mi vista. Se agacha, y, con sumo cuidado, extrae una navaja que
llevaba sujeta a la pierna, por debajo de la pernera del pantalón.
Me aguanto el impulso de preguntarle si no se ha cortado
teniendo esa arma atada todo este tiempo a la pierna. Me mira, esperando mi
reacción, pero me limito a mirarle con suficiencia.
Se encoge de hombros, y clava la navaja en los tablones de
la puerta. La madera está podrida, debido a las lluvias y al descuido de su
mantenimiento, y con algunas patadas, consigue abrir un pequeño agujero. Cuela
el brazo en ese minúsculo espacio, y con una habilidad pasmosa, quita el
pestillo que mantenía la puerta cerrada.
Algunos Infectados han oído los golpes, y dirigen sus
miradas vacías hacia el callejón.
Alex se apresura a entrar, y yo le sigo, nerviosa, sin
volver la vista atrás, temiendo encontrarme de frente con alguna mirada
vidriosa. Con alguna criatura sedienta de carne.
* * * * * *
Corremos, esquivamos tuberías destrozadas, y saltamos
charcos de sangre seca.
Después de habernos adentrado en el edificio, Alex atrancó
la puerta.
Casi al instante, los Infectados se lanzaron contra la
madera, como si les fuese la ¿Vida? En ello.
Llevamos cerca de media hora yendo de edificio en edificio;
Colándonos por los balcones, subiendo hasta las azoteas, e incluso bajando al
primer piso y atravesando la calle para colarnos en la siguiente tienda
abandonada.
Siempre sin detenernos a observar lo que pasa detrás de
nosotros.
Sigo a Alex a muy corta distancia, mientras los quejidos de
los Infectados llenan cada estancia que atravesamos.
Alex tiene el control de la situación, o eso aparenta. Me
hace seguirle por habitaciones y pasillos desérticos, llenos de muebles
volcados, aplastados, o, sencillamente, destrozados.
Finalmente, cuando me encuentro al límite de mis fuerzas,
Alex se detiene en seco. La cabeza me da vueltas, y unas manchas blancas
entorpecen mi visión, causándome un mareo que me obliga a sentarme con la
cabeza entre las rodillas.
-Se acabó. –Oigo a Alex por encima del ruido, de los gemidos
y gritos que los Infectados profieren por toda la manzana.
-¿Qué?
-Que se acabó, callejón sin salida, game over. –Abro los ojos, y le observo entre niebla blanca causada
por el mareo, acercándose a una ventana.
Me pongo en pie a duras penas. Saco una barrita energética
del bolsillo; Suerte que la guardé en el bolsillo de mi pantalón sin que Tonn
se diese cuenta.
-Ah, me estás diciendo que me has hecho correr por todas
estas calles, dejarme el aliento en ellas, y que ahora no sabes donde estamos. –Le
miro con una ceja alzada, y al instante separo la mano de la pared; No voy a
mostrar debilidad.
Alex escudriña la ventana, y finalmente quita el tope que la
mantiene cerrada. Acto seguido, la levanta, haciendo que una ráfaga de viento
se cuele por ella, revolviéndome el pelo, y volcando una montaña de papeles
apilados en una mesa de acero, que vuelan por todo el habitáculo.
-Sé perfectamente donde estamos. Y deberías dejar de
hablarme en ese tono; Yo no tengo la culpa de que seas tan torpe como para
tropezarte en medio de un desfile de Infectados.
Eso me ha dolido. Lo noto, siento la presión en el pecho que
me deja momentáneamente sin respiración. Noto sus ojos posados en mí, sin el
menor resquicio de arrepentimiento.
-Y ahora, hay que saltar. –Alex se apresura a atarse la
navaja contra la pierna, y balancea la escopeta por el hueco de la ventana,
disponiéndose a arrojarla.
-¿Qué? –Me quedo sin aliento. Estamos en un segundo piso. La
caída podría matarnos, o destrozarnos algún hueso.
-Lo que oyes. –En este instante, se gira, quedando cara a
cara conmigo otra vez, y se adelanta un paso. Si sacase la navaja, podría
cortar la tensión del aire. –Mira, yo no voy a andarme con mucho cuidado, la
verdad, pero te aseguro que los Infectados de ahí fuera, tendrán menos que yo. Asómate
a la ventana.
Le hago caso. El cielo está negro, completamente cubierto de
nubes otra vez. Aunque puede que nunca hubiese llegado a caer la tormenta, al
fin y al cabo estuve durmiendo casi toda la noche hasta que llegamos aquí. Recorro
con la vista toda la pavimentación.
Unos golpes sordos contra la puerta me hacen estremecer.
-¿Qué es lo que debería ver? –Los golpes se acentúan, y casi
puedo sentir cómo los Infectados se apelotonan detrás de la puerta, con sus
garras y dientes al descubierto. Con el deseo de sangre a flor de piel.
-Allí. Al final de la calle, ¿No ves que la zona residencial
acaba aquí? A partir del final de esta calle da comienzo la antigua zona
industrial. Aquel lugar es un laberinto, si conseguimos llegar, los Infectados
no nos encontrarán. –Alex saca el brazo fuera del edificio, y atisbo la sombra
de una enorme aglomeración de edificios, rematados con chimeneas casi igual de
altas.
Jadeo. Siento el viento en la frente, golpeándome los pómulos
y cegándome la vista. Este viento presagia una tormenta, siento la electricidad
en el aire.
Un Infectado rompe la primera capa de cristal protector; No
tardarán mucho en colarse en la habitación y devorarnos.
Alex contiene la respiración, y, segundos más tarde, me
aparta a un lado; Si no me lanzo yo, él no se va a quedar esperándome.
Atraviesa el hueco de la ventana con la mitad del cuerpo, y
queda sentado en el borde, con las piernas colgando. Una milésima de segundo
después, se balancea y queda sujeto solo por sus manos.
Un instante más tarde, su cuerpo desaparece en el vacío. Me
apresuro a observar su caída; Temiendo que la visión sea demasiado horrible.
Los Infectados claman al Infierno detrás de la puerta.
Me asomo, y le veo en el suelo, con una cojera muy
acentuada, pero sano y salvo. Recoge su escopeta, y alza la mirada.
Sus ojos transmiten algo que se asemeja al miedo.
Entonces, los oigo. Lo primero que resuena es un crujido,
seguido de un sonido de muchas manos arañando la puerta.
El metal está oxidado, descuidado y en muy mal estado.
Cuando decido que mi destino es morir allí, cuando me
dispongo a sacar la pistola que he guardado contra mi cintura, algo me detiene.
Es el ojo de una niña. A través de la rendija que los
Infectados han conseguido abrir entre la puerta y la pared, el ojo de una niña
me observa.
Pero a mí me da la impresión de que tan solo contempla el
vacío. Sus ojos son vidriosos; Una fina capa blanca hace que el azul de sus
ojos se vuelva muy claro, como el celeste de las nubes.
Y entonces me decido. Pego un brinco y atravieso la ventana,
quedando sujeta tan sólo por mi mano izquierda. Y evito mirar hacia el suelo
que se abre ante mis pies, imperturbable, cuando dejo de sujetar el alféizar, y
mis dedos me conducen al vacío.
La sensación de caída me recorre el cuerpo, activando todas
mis alarmas. Instintivamente, me mantengo en posición recta, con los pies hacia
abajo.
Y el golpe me destroza. Siento los pies estallar y las
piernas con ellos, siento la pérdida de aire en los pulmones, y la pared de
dolor que se forma detrás de mis ojos.
Siento las lágrimas brotar.
Oigo a los Infectados por encima de mi cabeza; Sé que no
dudarán en lanzarse tras de mí, que perseguirán mi carne hasta el Fin del mundo
si es necesario.
La carrera seguirá en tierra. Y el reloj que hace retroceder
las manecillas es mi vida.
Siento que alguien tira de mis brazos, levantándome; Los
pies me van a estallar, el tobillo izquierdo apenas me mantiene en pie.
Alex está a mi lado, con evidente preocupación.
Entonces, la adrenalina termina de recorrer mi cuerpo, y
echo a correr sin mirar atrás.
Siento la adrenalina por cada poro de mi piel, y sé que no
puedo pasarme; Después sufriré muy caras las consecuencias de la caída.
Miro hacia el frente, sin pensar en el suelo; Siento que voy
por encima, tan sólo me alientan los gritos de los Infectados, que no temen
rasgarse las cuerdas vocales si así logran amedrentarme.
Estoy observando el coloso de cemento, metal, acero y ladrillos
que se alza ante mí, cuando la primera gota de agua sucia me recorre la frente
y enturbia mi visión.
* * * * * *
-¿Cómo huisteis? –Rober juguetea con su ballesta, sin
apartar la vista de la puerta atrancada que hay al fondo de la sala.
Tras conseguir dejar atrás a los Infectados, Tonn nos
vislumbró por la ventana de la fábrica en la que ahora nos encontramos, y mandó
a Rober para que nos avisase.
-Despistamos a los Infectados, recorrimos las calles desde
dentro. O, lo que es lo mismo, que nos colamos en un edificio y emprendimos la
carrera desde ahí. –Me animo a contestar, pero a duras penas; El tobillo me
aguijonea, y siento una presión muy fuerte en las piernas que no cesa.
-¿No os atraparon? Cuando eché la vista atrás, vi al menos a
sesenta; Y eso sin contar los que habría dentro de los edificios, y los que
cayeron del puente pero resistieron el impacto. –Rober nos observa, mitad incrédulo,
mitad desconfiado.
Alex se remueve; Nei trajo una pequeña bolsa, en la que metió
vendas, agua oxigenada y algunas cosas más para los primeros auxilios, y está
intentando que la inflamación que Alex tiene en su tobillo no vaya a más.
Observo la venda que recubre la mitad de mi pierna
izquierda; Es la que peor ha quedado tras el golpe.
Nei me sorprendió. Nada mas ver nuestro estado, sacó su
bolsa y los enseres de curación. Me pidió que no me moviese mucho, y Tonn me
advirtió que no gritase, o de lo contrario podría alarmar a los Infectados que
siguen buscándonos.
Ahora, Alex esgrime muecas de dolor y leves quejidos, y
Rober le reprocha que, antes de haber optado por la ventana, debería haber tanteado
las otras posibilidades.
Tonn se mantiene junto a la ventana, con el semblante muy
serio; Es la primera vez que le veo en este estado. Oigo por debajo de la
conversación los gemidos de los Infectados, y me asombro a mí misma
descubriendo lo cerca que he estado de pasar a formar parte de uno de ellos.
Entonces, Tonn gira la vista hacia mí, y clava su mirada en
la mía. Un agujero en el cristal de la ventana hace que el viento y la lluvia
se cuelen en la estancia, bajando así un par de grados de temperatura.
-Hay alguien ahí afuera. –Tonn mueve los labios, en un
susurro que hace detener todas las conversaciones. Hasta Nei deja su labor por
unos instantes.
Movida por un impulso, sin pensar, me pongo en pie.
Las vendas de la pierna se tensan, y el dolor vuelve a
llenar mi cerebro.
Me asomo a la ventana, y Tonn se aparta, cruzándose de
brazos, evitando mirar al resto del grupo.
Es cierto. Un chaval de pelo rubio, ropas empapadas y gesto
atemorizado, se abre camino por el asfalto.
Los Infectados clavan sus miradas en él, y el tiempo se
detiene.
[FIN DEL CAPÍTULO 12].
Un día más... El Sol salió.