Este capítulo me ha gustado bastante. No os puedo contar más, espero que disfrutéis de la acción, la tensión, y el miedo tanto como lo he hecho yo. Con este capítulo pretendo palpar la realidad en la que están, para que la veáis y la sintáis como si vosotros mismos estuvieseis encerrados en ella.
Capítulo 13.
[La luz que se cuela entre los viejos
cascotes].
Unos golpes me despiertan. Me duele la cabeza, y estoy aún
adormilada, pues ayer me quedé hasta las dos de la mañana estudiando.
Es extraño. Los golpes provienen de la puerta. Me incorporo
en la cama, frotándome los ojos.
Me percato de que aun llevo puesta la ropa de ayer; Estaba
tan cansada, que ni me digné a ponerme el pijama.
Una voz grave me saca de mis pensamientos. Proviene del
pasillo, de detrás de la puerta. Los golpes se acentúan, y me pongo en pie.
Abro la puerta lentamente, con los párpados de los ojos abriéndose
y cerrándose pesadamente. En el umbral de la puerta, un hombre detiene su puño
cerrado a escasos centímetros de mi rostro. Es evidente que iba a volver a
golpear la puerta.
-Llevo media hora llamando, ¿Se puede saber por qué no has
abierto la puerta antes?
Es Tim, el monitor.
Su rostro está contraído en una mueca de impaciencia, mezclada con algo
más. ¿Preocupación?
-Estaba dormida. Ayer me quedé estudiando hasta las dos de
la mañana para el examen.
El examen… De pronto,
siento una ola de nerviosismo y desconfianza. ¿Por qué llama Tim a mi puerta?
¿Y por qué tan temprano?
Un segundo. Ni siquiera sé qué hora es.
Por un instante, me siento desorientada. ¿Y si Tim ha venido
a mi cuarto para avisarme de que he llegado tarde al examen?
¿Y si no me he despertado a tiempo?
Corro de vuelta al interior del cuarto, y me inclino sobre
la mesita de noche, el lugar en el que descansa mi reloj de pulsera.
Las seis y media de la mañana, la alarma no ha sonado.
Principalmente, porque aún no es la hora a la que tiene que
sonar.
-Vístete. Guarda todo de nuevo en las maletas. En media hora
quiero verte abajo, en la Sala de Reuniones. No tardes, el resto de chicos hace
ya un buen rato que están despiertos.
Tim cierra la puerta, y logro escuchar el eco de sus pasos,
que se van perdiendo en la lejanía del pasillo. Me quedo clavada en el sitio, y
voy asimilando las palabras. ¡Pero si hace tan sólo tres semanas que hemos
llegado! Sacudo la cabeza, y me acerco al armario, en el que tengo dispuesta
toda la ropa.
Al cabo de un minuto, vuelvo a oír unos golpes sordos,
provenientes una vez más de la puerta de mi habitación. ¿Quién será ahora?
Abro la puerta, y una chica de pelo alborotado y mirada
preocupante está de pie, cruzada de brazos. Sin mediar palabra, entra en la
habitación, y se sienta en el borde de mi cama.
-¿También han ido a tu habitación? –Le pregunto, rompiendo
el silencio, mientras abro la maleta y comienzo a guardar cosas en ella.
-Sí, tía, hace media hora. Tim se ha plantado en mi
habitación, me ha contado un rollo que no he entendido porque estaba medio
dormida, y se ha ido, tras avisarme de que tengo que estar a las siete abajo,
con las maletas listas. –Lisa, la única de mis amigas que ha conseguido venir
de viaje, presenta un aspecto impoluto, como siempre.
Pero debajo de su aparente molestia, está tan preocupada
como yo.
¿Qué demonios pasa hoy?
* * * * * * *
* * * * * * *
El día ha caído en Suburbia. Me he despertado tres veces en
lo que llevamos de noche, inquieta, con un regusto amargo en la boca y en la
mente.
Con la sensación de que, cada vez que me despierto, se me
olvida algo muy importante.
Las horas previas al crepúsculo, hemos estado discutiendo
sobre qué hacer con el chico de fuera, el que ahora se ha quedado dormido atado
a un antiguo poste de electricidad.
Los Infectados continúan abajo, esperando, intentando tirar
el poste y clavar sus garras en torno al cuello del chico.
*Unas horas antes*
Tonn se ha apartado a un lado de la ventana, sin atreverse a
mirar la realidad que acecha al otro lado.
Nos hemos reunido en un círculo improvisado para discutir
qué debemos hacer con respecto al chaval que, en este preciso instante, se abre
camino a navajazos por la calle inundada de Infectados.
Los gritos de los muertos que se apelotonan en torno al
chico me hielan la sangre. Siento la vergüenza y los remordimientos
carcomiéndome por dentro.
No es culpa mía que esté en esa situación, pero sí es culpa
mía no hacer nada por ayudarle.
Rober se muerde las uñas frenéticamente. Ha abandonado su
puesto de vigilancia al lado de la puerta; Ya no es necesario, todos sabemos
que los Infectados tienen un manjar mejor afuera, bien a la vista.
Completamente solo y desprotegido.
Nei hace rato que ha terminado de atar los vendajes
alrededor de la pierna de Alex, que ahora inspecciona su rifle, en busca de
daños.
Yo, por mi parte, no puedo dejar de observar lo que sucede
al otro lado de la ventana. No puedo apartar la vista del cabello rubio
despeinado del chico, que se ondula y pega en su frente empapada de sudor.
Sin ser él, sé perfectamente que es sudor frío; Ese que te
recorre la espalda, el cuello y la frente. Ese que casi te deja sin respiración.
Cierro los ojos, y me imagino en su situación.
Me imagino corriendo a través de las desoladas calles, con
los Infectados rodeándome, cercándome el camino y afanándose por devorarme. Por
hundir las garras en mi camiseta, en mi piel desprotegida.
Y los abro sin lograr comprender el calvario que debe de
estar sufriendo.
Toda la sala está en silencio, con el único sonido de los
Infectados chasqueando sus mandíbulas, gruñendo y gimiendo.
Finalmente, Alex decide tomar la palabra, bajo la atenta
mirada de Tonn, que le observa con los ojos entornados.
-No tenéis motivos para estar así. Él es un superviviente más,
como cualquiera de nosotros, y yo no me siento culpable por lo que los
Infectados puedan hacerle. Es su suerte.
Rober le interrumpe, antes de que continúe.
-Alex, eso lo dirás tú. Pero yo al menos me siento culpable cuando
sé que hay alguien ahí fuera, tan humano como nosotros, completamente solo y
rodeado de Infectados. ¿O es que no tienes ni un poco de humanidad? –Rober se
inclina sobre Alex, pero por el rabillo del ojo nos observa a todos, calibrando
nuestras reacciones.
Sin mediar palabra, Alex se pone en pie, cruza la
habitación, y se detiene delante de la gruesa puerta de metal. Gira la palanca
que la cierra, y segundos más tarde, el viento se arremolina hacia el interior,
congelándome los huesos.
-Sal. ¿No es eso lo que quieres? Si tan poca humanidad dices
que tengo, y tan amigo tuyo es ese chico, ve afuera y ayúdale. Ve a tomarte un
refresco con los Infectados, y convénceles de que no, de que tienen que
alimentarse de otros seres, que al chico rubio ni lo toquen. –Se queda junto al
marco de la puerta, de brazos cruzados.
Una media sonrisa se abre camino por sus labios, y una
oleada de rabia me atraviesa. ¿Por qué tiene que ser así? ¿No puede entender
que, estando nosotros aquí seguros, nos sentimos culpables?
Estoy inmersa en mis pensamientos, mirando a Alex fijamente
a los ojos, retándole con la mirada. Él,
por su parte, se limita a encogerse de hombros, y darse la vuelta para volver a
cerrar la puerta.
No me percato de la tensión, hasta que Rober se pone en pie
y empuja a Alex, pillándole desprevenido. Acto seguido, y, en apenas unos
segundos, baja el puño hasta su vientre, propinándole un puñetazo que le deja
sin respiración.
Alex entrecierra los ojos y gruñe por lo bajo, sin gritar.
Empuja a Rober, lanzándolo contra el suelo.
Sin darle tregua, se coloca a su lado, y, con la pierna que
no está magullada, comienza a darle patadas en los costados.
Rober abre la boca, pero recuerda que los Infectados están
fuera, y se traga el grito.
Rueda hacia el lado izquierdo y rodea la pierna de Alex,
haciendo que, esta vez sí, éste pegue un grito de dolor.
Tonn irrumpe entre ellos dos como una exhalación, empujando
a Alex contra la pared, mientras Rober se pone en pie.
Cuando Rober se dispone a volver al ataque, Tonn alza la
voz.
-¡Si seguís armando este escándalo, los Infectados estarán
aquí en menos que canta un gallo! –Coge aire, y, en un tono más suave, continúa.
-¿No veis que las peleas en el grupo nos hacen más vulnerables?
Rober se lleva las manos al costado izquierdo, mientras su
rostro se contrae en una mueca de dolor.
-Ese imbécil lo único que quiere es hacernos sentir más
culpables. –Rober respira profundamente, y levanta una de sus manos, señalando
acusadoramente a Alex. –Si te hubieses quedado en el Campamento, seguro que ya
estaríamos de vuelta.
Tonn se separa de Alex, que ya se ha tranquilizado, y encara
a Rober. Traga saliva, cierra los ojos, y, sintiendo cada palabra, las
pronuncia.
-Rober, por nuestra humanidad ya perdimos a uno de nosotros.
¿O ya se te ha olvidado lo que pasó en la anterior expedición? –Rober aprieta
fuertemente la mandíbula, y, por un instante, me parece entrever algo
cristalino que asoma de sus ojos. Parpadea rápidamente y el reflejo desaparece.
A continuación, y, como en un susurro que no quiere ser
pronunciado, Tonn vuelve a hablar.
-¿Ya se te ha olvidado lo que se siente cuando…?-No llega a
terminar la frase, pues Nei se adelanta varios pasos, y, con una voz que ni
siquiera parece la suya, exclama un “¡CÁLLATE!”, que provoca que todas las
miradas caigan en ella.
Con esa simple palabra, el grupo entero se sume en el
silencio total, con el único manto de los Infectados gritando, gruñendo y
gimiendo. Con el sonido de los navajazos desgarrando la carne Infectada,
propinados por el chico que, afuera, espera una ayuda en la que ni siquiera
tiene esperanza.
*Vuelta a la noche en Suburbia *
Todos se han dormido ya. O eso es lo que creo, pues yo
tampoco estoy del todo consciente cuando me pongo a pensar.
¿Qué tiene esta ciudad…? Hace que se me encoja el corazón,
y, a la vez, me provoca una extraña sensación, haciéndome sentir que hay algo más.
Creyendo que hay algo que se me escapa, pero que sigue ahí, dentro de mí.
Esperando a ser recordado. Con unas cuantas horas, la
impresión de que el mundo se reduce a esta ciudad se ha acrecentado. Como si el
resto no importase.
Las calles de esta ciudad, el olor a quemado, a calles
devastadas recorre mis venas. Esta ciudad es parte de mí, lo siento.
Recuerdo cada calle, cada esquina y cada árbol.
Pero logro recordar, tan solo cuando ya la he atravesado. Es…
Como una palabra que está en la punta de la lengua, pero que no consigue ser
pronunciada.
Como una persona de la que sabes todo, pero no eres capaz de
pronunciar su nombre.
Me voy abriendo camino en las capas de inconsciencia cuando
alguien se tropieza con mi pie. Impulsada por el miedo, me incorporo y quedo
sentada, encarando a la persona que ahora atraviesa la sala, acercándose a la
puerta.
Rober. Debí haberlo supuesto. La pelea de hace unas horas no
le ha dejado conforme, y ahora se dispone a salir, con la intención de ayudar
al chico que se ha quedado dormido fuera, atado precariamente a un poste.
Un brillo a mi izquierda hace que desvíe la atención de
Rober.
Son los ojos de Tonn, que están abiertos de par en par, y
relucen con la luz de la luna, que se cuela por el cristal roto y se refleja en
sus ojos. Observa en silencio, sin hacer ni un solo movimiento, lo que me
desconcierta.
¿Va a dejar que se vaya?
Cierro los ojos, y, en este instante, cruzan mi mente las
palabras de Alex, pronunciadas noches atrás. “Es sólo que ser el perrito faldero
de Espe, como Tonn, va en contra de mis principios.”
El perrito faldero… Nunca me lo había
planteado así. ¿Tonn acata todas las órdenes de Espe?
La respuesta me llega antes de formular la
pregunta. Sí, Tonn siempre está junto a Espe. Siempre están hablando sobre
otros asuntos. Siempre mantienen conversaciones que se mueren si alguien se les
acerca.
Tonn solo acata órdenes, y no consigo
entender el por qué.
Con sigilo, Rober abre la puerta, y se
cuela por un minúsculo hueco. Sus pasos se vuelven más rápidos, y se oye el eco
por toda la habitación.
Sin abrir los ojos, sé que todos están
despiertos. Nei sujeta una vez más su pistola contra el pecho, y, por
sorprendente que parezca, es la primera en ponerse en pie.
-Yo voy con él.
Pronuncia las palabras lentamente, como si
el cuerpo entero le pesase.
Desde fuera, se escuchan unos gritos, y,
seguidamente, el sonido de las flechas de Rober surcando el aire.
* * * * * *
En un principio, la batalla se desarrolla con rapidez. Los
Infectados son muchos, pero contamos con el factor sorpresa, y una buena
reserva de munición.
Tonn y Alex se quedan en el interior de la fábrica,
debatiendo. Los miré por encima del hombro al acompañar a Nei hacia el exterior,
pensando que estaríamos más seguros si ellos viniesen.
Cuando atravesamos la carretera, el olor característico de
los Infectados se sentía levemente encubierto por la humedad; Aunque la
tormenta ha amainado durante el transcurso de la noche, el viento atrajo hasta
mi nariz un olor a tierra mojada que me provocó una media sonrisa.
Dejé de sonreír cuando logré distinguirle a través de la
espesura.
Rober comenzó atacando por la izquierda, primero lanzando
flechas contra los Infectados desde le lejanía.
Nei se separó unos metros de mí, y, desde la lejanía,
comenzamos a disparar contra las cabezas de los Infectados, que iban cayendo
unos detrás de otros.
Cuando nos dimos cuenta, era tarde. Los Infectados no
paraban de salir de las demás fábricas, de los edificios, de las casas y de las
tiendas. De las bocacalles, de los callejones.
Salían arrastrándose, con la boca muy abierta, y los ojos
clavados siempre en alguno de nosotros.
Tonn comprendió que o todo, o nada. Salió de la fábrica, y
se encaminó a paso rápido hacia nosotros, portando su rifle y disparando a los
Infectados que llegaban desde el polígono industrial, los que se acercaban a
Nei y a mí por detrás.
Al cabo del rato, tuve que recargar la pistola. Y, minutos más
tarde, tuve que recargar otra vez.
* * * * * *
Ahora la noche se encuentra en su punto culminante. La luna
está en lo más alto, e ilumina la carnicería con su luz blanca. Hace rato que
he perdido de vista a Nei, pero, por los disparos lejanos, sé que Alex le cubre
las espaldas desde su posición privilegiada en la fábrica.
Tonn se ha encaramado a un viejo autobús oxidado, y desde
allí distrae a un grupo de Infectados, que se agolpan y escalan por las paredes
y puertas del vehículo.
Rober tiene un suministro muy limitado de flechas, y el número
de Infectados que mata es bastante más bajo que el que nosotros liquidamos. Sin
embargo, no se da por vencido; Arranca las flechas de las cabezas de los
Infectados y vuelve a arremeter contra ellos.
El chico rubio hace rato que se ha despertado, y, con una
vieja pistola, dispara a los Infectados desde el poste.
Vuelvo a meter la mano en mi bolsa, y saco el último
cargador de la pistola.
Cuando he gastado la mitad de las balas, sé que no sirve de
nada.
Los Infectados llegan unos detrás de otros, empujándose,
casi los veo relamerse los labios desde la distancia.
Me obligo a tomar una decisión. Atravieso la calle corriendo,
reventándole el cráneo a balazos a los Infectados que se cruzan en mi camino.
La escalera de mano sube hasta uno de los edificios más
altos; Allí estaré segura.
Los Infectados no son tan hábiles como seguirme. Agarro el
pasamano de la escalera, y pongo un pie en el primer peldaño.
Pero entonces miro hacia atrás. No sé muy bien por qué, pero lo
hago. Y lo que veo hace que se me encoja el alma, hasta sentirme miserable.
Nei tiene la cara cubierta de lágrimas, con los Infectados rodeándole.
Alex dispara desde lejos, en vano.
Sin pensarlo, suelo la escalerilla, y desenfundo mi pistola de
nuevo. Tan solo me quedan siete balas, y es probable que desde aquí no acierte
a ninguno. Pero no podría cargar con la culpa de haberles dejado solos, si
conseguimos volver al Campamento. Es un motivo egoísta, pero así es como soy.
Agarro fuertemente la pistola con la mano izquierda, y echo a
correr hacia el atasco de coches que se encuentra en el centro de la carretera,
pasando como un torbellino junto al poste en el que está subido el chico.
Disparo, y el Infectado que estaba a punto de agarrar a Nei se
queda sin parte del cráneo, cayendo al suelo.
Me quedan seis balas, y siento la presión
de las miradas clavadas en mi sien.
Con un movimiento rápido, me giro en
redondo, y disparo contra el autobús en el que está subido Tonn.
He atraído su atención.
Me mira fijamente a los ojos. Intentando
comprender por qué he malgastado esa bala, y yo intento hacerle llegar el
mensaje; No nos hace falta gastar más.
Ladeo la cabeza, señalando la escalera de
mano en la que he estado a punto de trepar sin pensar en el resto. Rezo para
que la distinga entre la negrura. Tonn mira en esa dirección, y, abriendo mucho
los ojos, asiente.
Se acuclilla en el techo del autobús, y
salta al suelo de tierra, derrapando y poniéndose en pie de nuevo.
El chico rubio nos mira con una evidente
confusión interna, y señalo la escalera de mano.
Un Infectado me agarra por el pelo, y
retrocedo varios pasos, intentando zafarme de él.
Por el rabillo del ojo, y desde mi
posición, Alex ha abandonado su puesto en la ventana.
Rober se ha percatado de que ahora Nei está
sola contra los Infectados que la rodean, y se acerca a ellos a la carrera. Tonn
ya está a la altura del poste en el que se encuentra el chico.
Todo va bien, hasta que un Infectado rodea
el tobillo de Rober, haciendo que tropiece, cayéndose al suelo y chocándose
contra la tierra.
Le veo escupir arena y piedras desde la
distancia, y por fin logro alejarme unos pasos del Infectado. Le clavo la
culata de la pistola justo en medio de los ojos repetidas veces, sin mirar. Siento
como la sangre negra me salpica, y vuelvo a separarme.
Era un chico no mucho mayor que yo, que
ahora tiene el cráneo hundido.
Giro la vista, y todo sucede a una
velocidad irreal, que me desconcierta y me hace pensar que todo no es más que
un desagradable sueño. Por una parte, logro atrapar los segundos entre los
dedos, y parar el tiempo en este instante.
Pero, por otra parte, casi no hay tregua.
Rober se pone en pie, y dispara al
Infectado que iba a morder a Nei.
Alex aparece de entre las sombras, y le
revienta las cabezas a varios Infectados, mientras agarra del brazo a Nei,
empujándola para que salga de allí.
Rober se dispone a salir corriendo, pero un
Infectado le empuja desde detrás, cayendo sobre él.
La primera gota de agua cae sobre mi
rostro. La segunda y la tercera en mi camiseta.
Un rayo nos ciega por un instante, y el
sonido atronador del trueno hace que los oídos me estallen.
Me giro, siguiendo un impulso primario. El
chico ha saltado desde el poste, y junto a Tonn, han conseguido llegar al final
del polígono, para encaramarse a la escalera. Cuando llego, ya están casi en el
tejado del edificio.
Coloco el primer pie en el peldaño, y giro
la vista atrás, mientras en mis ojos repiquetean las gotas de agua.
El pelo se me empapa en poco tiempo,
mojando a su vez la camiseta, que se me pega a la piel, calándome los huesos.
Subo varios peldaños, y un Infectado se
agarra a mi tobillo, atrayéndome hacia él. Me giro, y tengo el tiempo justo de
divisar entre la negrura, la tierra arremolinada por el viento, y, por detrás del
poste solitario de teléfono, a Rober clavándole la ballesta a un Infectado en
el cuello.
Se pone en pie a duras penas. Le clava una
flecha a otro Infectado, y un rayo me ciega la visión.
Le propino una patada al Infectado, que
retrocede varios pasos.
Subo todo lo rápido que el agua y mis dedos
agarrotados me permiten. El frío me aturde, haciéndome resbalar en varias
ocasiones.
Cuando llego arriba, el agua empapa mis
zapatillas, y lo único que consigo hacer, es dejarme caer al suelo de piedra,
agarrándome las piernas y enterrando la cabeza entre las rodillas, antes de
divisar a Nei y a Alex colándose en el tejado, sanos y salvos.
Una ola me inunda de alivio, y, a la vez,
un nombre se me viene a la mente. Un nombre que puede que nunca más vuelva a
ser pronunciado.
Rober.
Con esta simple palabra, la realidad se va
abriendo paso por mi mente.
Hemos perdido.
[FIN DEL CAPÍTULO 13].
Un día más... El Sol salió.