jueves, 1 de mayo de 2014

Capítulo 17: Las tropas sin luz.

Con más tardanza de la que esperaba, os traigo un nuevo capítulo: Las tropas sin luz. Como podéis ver, mi forma de narras las cosas ha cambiado mucho durante este tiempo (espero que para bien), y mi propia visión del relato también lo ha hecho. Me estoy centrando en la trama, en los personajes y en los sentimientos de nuestra protagonista, Bice. Estoy tratando de crear una trama más allá de la lucha contra los Infectados, y espero de corazón que os esté gustando.
En este episodio los saltos temporales continuan, siguiendo el hilo del capítulo anterior, revolviendo incógnitas... Y creando otras.
Sin más dilación, aquí lo tenéis. ¡Muchísimas gracias a todos por leerme!

Capítulo 17:
Las tropas sin luz.

La melodía es preciosa: Logra erizar cada vello que recubre mi piel, extendiéndose en forma de escalofrío por la espalda.

Por un segundo contenemos la respiración, atónitos: ¿Quién diablos puede estar cantando algo tan perfecto en mitad de esta devastación?
Los Infectados se agrupan en torno a la escalerilla de mano por la que hemos subido hace apenas unos minutos, gritando, arañando la pared y babeando. Estiran los brazos hasta casi desencajárselos, en un vano intento de atraparnos entre sus mugrientas uñas, para después despedazarnos sin piedad.

Contemplo la aglomeración de seres que se encuentran unos metros por debajo de nosotros, deambulando sin tregua. Me pregunto en qué momento lo perdieron todo, en qué momento dejaron de ser las personas que sus carnés de identidad aun dicen que son.
Los observo darse de bruces contra el mismo muro una y otra vez, y reflexiono sobre sus mentes, o sobre lo que queda de ellas. Pienso en sus vidas, en sus familias, en sus sueños. Pienso en cada una de las oportunidades que probablemente dejaron atrás durante la vida que tuvieron.
En el fondo sé que yo misma hasta hace unos meses tenía una existencia peligrosamente parecida a la que los no-muertos llevan: La de buscar algo desesperadamente, sin saber exactamente el qué. Gastar siglos si hace falta en darle vueltas a la misma calle, y no encontrar la salida. Perder la vida en cosas inút...

Nei y Alex abren los ojos exageradamente al oír algo que siento muy lejano. Se miran entre ellos, y acierto a escuchar los últimos acordes de la melodía que nos embelesó hace unos instantes. Seguidamente apartan la vista, al tiempo que Nei pierde todo rastro de color que pudiese quedar en su piel, ahora tan pálida como las paredes de La Nevera.

**

Cuento las estrellas, sonriendo al pensar que muchas de ellas llevarán extintas miles de años.
El fuego se ha consumido completamente, pero en el ambiente aun se nota la calidez que ha dejado impregnada la hoguera. Tumbada de espaldas solo veo el oscuro firmamento, y nada más parece importar.

Sin embargo, decido incorporarme y contemplar la ciudad.
Suburbia, derruida desde dentro.

Los edificios lógicamente siguen en pie: Tan solo hace un par de días que todo esto comenzó, y apenas se nota el abandono al que se está viendo expuesta.

Observo sus calles, sus casas y sus plazas, y de no ser por la ausencia de luz artificial y por la presencia de numerosos seres que reptan sedientos de carne, diría que es la ciudad más bonita que he visto.
Pero los aullidos, el sonido de pies golpeando el asfalto incansablemente toda la noche, o mi propio miedo, me impiden verla más allá de las ruinas en las que dentro de poco temo que se acabe transformando.

-Llevas muy poco por aquí, ¿Verdad?

Su voz ronca interrumpe mis pensamientos.
Me tomo un segundo para contestar, girándome y fijando la vista en él. Está tumbado a varios metros de mí, con la vista clavada en la escopeta de la que no se separa. Hace rato que comenzó a limpiarla, desmontándola y revisándola pieza por pieza, cerciorándose de que todo estuviese en orden. No ha levantado los ojos del arma.

-Ya conocía esto de antes. Hace varios años vine con mis padres a ver un espectáculo, pero no vivo aquí, obviamente. Mi pueblo está a varios kilómetros hacia el este. –Lo observo, pero no hace el más mínimo gesto que me transmita que me ha oído.

Justo cuando estoy a punto de darme la vuelta y echarme a dormir, aparta el arma y me mira directamente a los ojos.

-No me refería a eso. –Se toma una pausa para echar un vistazo descarado a mi ropa, a mi pelo y a las pulseras que llevo en la muñeca. –Me refería a que hace pocos días que has salido de tu burbuja, ¿Me equivoco?

¿De qué leches está hablando este tío? Le devuelvo la mirada, enarcando las cejas e intentando averiguar a qué puede referirse. ¿Qué burbuja?

-No me digas que aun esperas que de un momento a otro aparezcan los coches de la pasma para llevarte devuelta a casita con tu madre, ¿No? –Su voz es pausada, casi como si se estuviera dirigiendo a un niño pequeño. Me irrita de tal modo su tono, que no puedo evitar ponerme a la defensiva y removerme en mi sitio, irguiéndome.

-¿Y qué si lo espero? No te voy a negar que esto es algo muy grave, pero en la ciudad de la que vengo no había ni un solo bicho de esos. –Digo, echándole una rápida ojeada a los seres que más abajo nos esperan. –Quiero decir, el Gobierno estará tomando cartas en el asunto, y dudo mucho que las autoridades o el ejército se queden atrás en algo como esto, que podría extenderse por toda la provincia o incluso la comunidad.
 
La carcajada que sigue a mis palabras, proveniente de lo más profundo de su ser, logra asustarme más que cualquier criatura a la que hoy haya tenido que enfrentarme.

*
-¡No hagáis tanto ruido!

Alex avanza a toda velocidad por los pasillos de la Nevera, seguido de cerca por Nei y por mí a escasa distancia.
La putrefacción, la sangre y los huesos desperdigados nos acechan en cada esquina, impregnando la atmósfera del edificio entero. Corremos sin descanso desde que conseguimos colarnos por una de las puertas de emergencia, la única que no estaba atrancada.

Cientos de maniquíes, productos envasados y ropa de marca nos observan desde los escaparates, que dejamos atrás conforme nos adentramos en la Nevera.
Cuando entramos, lo primero que sentí fue el aliento cálido en mi rostro del aire que lleva meses apresado en su interior. La puerta se hallaba cerrada, pero, sorprendentemente, nada la taponaba desde el otro lado, por lo que conseguimos echarla abajo.
Alex nos pidió silencio de inmediato, aunque ni Nei ni yo pensábamos articular palabra.

Aun resonaba en nuestra cabeza la melodía, torpe y sin sentido.

Estiro el brazo. Uno de ellos ha salido de una de las tiendas, y se aproxima a nosotros, cortándonos el paso y con claras intenciones de banquete.

‘Diez, veinte, tres fueron y tres bastaron...

El muerto sigue tambaleándose hacia nosotros, con las fauces abiertas de par en par y un solitario mechón de pelo teñido de verde colgándole de la nuca.
Lo enfoco con la vista, y mis dedos se escurren hacia el gatillo, buscando la inminencia del sonido sordo.

...Primero la explosión, luego la devastación. Finalmente, el dolor de saber que no volvería jamás el Sol...

Nei me mira y se detiene justo por delante de mí. Me muerdo la lengua para no gritarle que se quite de en medio, que éste es mío, y veo el reflejo de las paredes blancas en sus ojos, imperantes y poderosos durante un segundo.

...Aunque por fin, inconscientes y desprevenidos, la burbuja les explotó.’

Segundo que basta para que Alex clave su escopeta silenciosamente en lo más profundo de la cabeza del Infectado, ya blanda por la descomposición.

*
Sin aliento, sin fuerzas y sin cordura. Sus palabras me desbaratan, hundiéndome en los más profundos confines de la realidad.

-La verdad es que es increíble. ¿Cómo ha podido resistir tanto tiempo un pueblo como ése, sin más protección que la de unos granjeros...? –Se pasea de un lado de la azotea al otro, con las manos en los bolsillos y la vista fija en el suelo.

A estas alturas me da igual que insulte a la gente de mi pueblo. Me da igual que diga que somos gente simple, de tierra. La servidumbre de Suburbia, casi puedo leer entre líneas.
Porque hace tres meses. Tres meses desde que el mundo se fue a la mierda, y yo me entero ahora.

Cuando lo dijo, me reí, creyendo que por primera vez en todo el día se había tomado una licencia y había soltado una broma. Pero no lo era. Apenas unos segundos después de reírse escandalosamente, y tras ver que yo no me reía, optó por explicarse.
Tres meses enteros desde que cayó el último foco de resistencia. Tres meses y dos semanas desde que la infección comenzó a propagarse en varios puntos del mapa a la vez.
-Me estás diciendo... ¿Que no hay Gobierno? –Tomo aire al sentir las náuseas invadiéndome, pero me recompongo al momento. -¿Que nadie controla esto, que nadie lo combate?

Se detiene en seco, y se rasca el antebrazo. Le miro fijamente a los ojos, y aparta la vista por primera vez. Cierra los ojos y suspira, para abrirlos de nuevo y observarme con ese cansancio que ya parece tan propio en él.
Con un par de pasos se acerca, para seguidamente sentarse en frente.

-No, no lo hay. Ni siquiera hay algún tipo de organización más allá de las alianzas entre supervivientes. Hace meses que dejó de llegar algún signo de vida proveniente de los de arriba. –Carraspea, y sé que me espera una historia tan digna de las películas de ciencia ficción que me gustaban cuando era pequeña, como verídica. –Al principio llegaban pequeñas noticias, puntuales columnas en periódicos, a las que nadie prestaba atención.
>>En varias partes del mundo, una infección hasta ahora desconocida se estaba propagando rápidamente por las ciudades y pueblos. Hasta ahí, todo sería perfectamente normal; Un brote de alguna nueva enfermedad que se lleva por delante a algún viejo y que mantiene en cama durante algunos días a la gente de a pie. Se habló de una vacuna, de una solución propuesta por la Asamblea Internacional... Bulos, que no sirvieron de nada. El verdadero miedo comenzó a hacerse notar cuando se escucharon las primeras historias de muertos que volvían a levantarse.

Hielo en lugar de sangre, es lo que siento según va avanzando en su relato. Muertos... Que vuelven a la vida. Los aullidos de los seres me inundan los oídos con máxima claridad, ahora que soy plenamente consciente de ellos. De lo que significan.

-Por supuesto, sobra decir que los hospitales colapsaron, y que las poblaciones en las que aún no había sucedido esto, apenas tenían información. En realidad de poco les hubiera servido, pues en un par de días tenían a los zombies en sus casas llamando a la puerta. –Carraspea, y pese al tono jocoso de su voz, sé que lo que me está contando no le hace ni pizca de gracia. –Poco más puedo añadir, salvo el hecho de que me resulta increíble que nada de esto haya afectado a tu pueblo.

Mi cabeza gacha se balancea de un lado a otro, negando sin palabras.

Debo volver.

*
Cientos, quizá miles, logro contar. Se agolpan en el interior de las tiendas, cerradas desde que el pánico corrió como la pólvora. Pueblan los pasillos que van de un establecimiento a otro, caen de bruces al llegar a las escaleras mecánicas y verse arrastrados por éstas, que aun siguen en funcionamiento.

De momento no hemos tenido que gastar ninguna bala; Los pocos Infectados que se han cruzado en nuestro camino han sido degollados por Alex. Mientras corremos atravesando la Nevera, pienso en la enorme suerte que tuvimos al encontrar una salida de emergencia que conectaba con el piso superior, que nos mantiene relativamente a salvo, pues los muertos se agolpan en el piso inferior. La cantidad de seres me asusta e impresiona a partes iguales.
Alex se detiene y nos hace una seña, indicándonos que giremos a la derecha. Nei y yo le obedecemos, y nos internamos en un pasillo secundario, el cual es mucho más estrecho que el amplio corredor por el que habíamos ido hasta ahora.

El orden ha cambiado, y ahora Nei va en cabeza, seguida por Alex, y finalmente por mí, que me quedo algo rezagada. Giro la vista, y observo el largo recorrido que hemos hecho; El suelo blanco y las paredes del mismo tono abarcan toda mi vista, pareciéndome infinitas hasta allá donde no puedo ver.
Me percato de que Nei y Alex han avanzado unos cuantos metros por delante de mí, y emprendo la carrera de nuevo.

~

Numerosos carteles publicitarios, flechas indicándonos la entrada a una tienda o letras gigantes pegadas a las paredes parecen darnos la bienvenida a una zona completamente diferente de La Nevera. Tras atravesar el callejón por el que hemos cambiado nuestro rumbo, una enorme plazoleta se extiende ante nosotros, en el mismo corazón del Black’s & Jake.

Desplazo la vista en derredor, asombrándome por el inmenso espacio en el que ahora nos encontramos. Una vez hemos dejado atrás el atajo, ralentizamos la marcha y nos paramos a contemplar la majestuosidad del lugar. Una fuente en mitad de la plaza se yergue a varios metros de altura, coronada por una figura de metal; Un león, sobre cuyo lomo un caballero vestido con ropajes de acero parece saludarnos desde las alturas. Varias figuras de diferentes animales rodean a la del felino, escupiendo agua por sus respectivas fauces desde hace varios meses, sin pausa.
De repente, una idea me cruza la mente.
No es un centro comercial. Es una ciudad.
La idea me parece tan estúpida y a la vez tan obvia, que no puedo evitar soltar un bufido jocoso.

Alex y Nei se giran para mirarme, con un claro gesto de incomprensión en sus rostros. Alex me observa con una mezcla de su habitual antipatía y una creciente curiosidad. En los ojos de Nei, por el contrario, puedo ver una chispa de diversión y un leve deje de inocencia.

-¿De qué te ríes, Bice? –Por fin abren la boca, pronunciando estas palabras al unísono. Durante unos segundos nos quedamos en silencio, solamente interrumpido por el chapoteo incansable del agua.
Después, Nei y yo nos intercambiamos una mirada, echándonos a reír al instante. Alex arquea una ceja, para después sonreír y seguirnos el juego aunque solo sea durante un momento.

Nos permitimos relajarnos y nos regalamos una tregua de varios minutos, durante los cuales tomamos asiento en uno de los bancos que rodean la plazoleta. Respiramos paz, y la tranquilidad conseguida por este lugar tras meses de abandono se hace palpable, hasta el punto de lograr hacernos olvidar lo que ocultan estas paredes.

Alex juguetea con su escopeta, pasándosela de una mano a otra y dirigiendo furtivas miradas de vez en cuando a las múltiples entradas que rodean la plazoleta. Estamos rodeados de media docena de bocacalles, por lo que dudo mucho que tengamos algún problema para escapar, en caso de que los Infectados nos hayan olido y decidan acercarse a buscar camorra.

-Y entonces Jim se dio cuenta de que el problema no era que las gallinas no pusiesen huevos; El problema estaba en que los escondían en sus nidos y no había nadie que pudiese quitárselos. Bueno, miento, porque Espe sí que podía. Aun no me explico cómo lograba moverlas... –Nei sonríe y habla abiertamente, como nunca la había visto. Sus ojos, especialmente expresivos, muestran un brillo lleno de vida al hablar de Jim y contar anécdotas del Campamento.

Alex y yo la escuchamos, sonriendo cuando nos cuenta que una vez, Tonn alimentó demasiado a las gallinas, ganándose así un sermón impresionante por parte de Jim.

Mientras, el primer Infectado ya ha entrado en la plaza, tambaleándose y gruñendo.
A éste le sigue otro, y, apenas un parpadeo después, un pelotón entero de ellos invade la plazoleta, apareciendo por todas las entradas que la rodean. Algunos manchan el suelo blanco de rojo oscuro, y otros se arrastran hacia nosotros dejando un reguero de sangre tras de sí.

Siento el cuerpo paralizado, y las manos agarrotadas. La boca se me seca, y un sudor frío recorre mi espalda, provocándome la misma sensación que la melodía que oímos a las afueras de La Nevera.
Pero esta vez los escalofríos son de horror.

Nei lleva varios segundos en silencio, tras interrumpir el relato que nos estaba contando.
Alex ya se ha puesto en pie, y está gritándonos palabras que no logro oír.
Mis músculos no reaccionan, y mi propia mente está embotada, llena de un solo pensamiento que me produce arcadas.
La Nevera es un círculo gigante, en cuyo interior todos los caminos llevan al mismo lugar; La fuente, perenne testigo a nuestras espaldas.
Seis caminos que se entrelazan en un maquiavélico laberinto, y cuyas entradas en este preciso instante se están llenando de cadáveres andantes.

Mis piernas y mi sentido común me empujan a que me ponga de pie, y es justo lo que hago. Sin embargo, nada más hacerlo, comprendo que de poco me servirá.
Veinte metros, quince, avanzan. Nei, a mi lado, me sacude por los hombros, mirándome a los ojos. Alex, a varios metros de mí, escruta cada pasillo.
Su expresión muestra la muda comprensión de quien sabe que no hay escapatoria.

Pienso a toda velocidad, y recorro cada rincón de la plaza, en busca del salvavidas que nos saque de esta.
De repente, Alex agarra mi muñeca y tira de ella, sacándome del estado de histeria en el que estaba entrando.
Un minuto después, con cientos de Infectados ocupando el lugar en el que apenas unos momentos antes charlábamos, nos internamos en un restaurante en el que no puedo evitar sentirme la comida del día.

~
-¿¡Estás loco!? ¡Ahora sí que no podremos salir nunca de esta endemoniada plaza, imbécil! -Le chillo a Alex, y los gritos resuenan por toda la recepción del restaurante, pero poco me importa.

Casi logran cercarnos, y ahora mismo estaríamos siendo pasto del hambre de esos muertos. Tras comenzar a correr, me percaté de que nos estábamos dirigiendo hacia uno de los extremos de la plaza, en el cual hay varios comercios y restaurantes. Uno de ellos, (El Rincón de la Torre, rezaban las letras en cursiva sobre una de sus vidrieras), no necesitó de muchos intentos por nuestra parte para lograr abrir las puertas de cristal.

En su interior, varios seres giraron la cabeza al mismo tiempo. Algunos sentados, otros en la recepción, varios tirados por el suelo, y alguno que otro de rodillas, aun en posición de rezo.

Con la mano temblando, saqué la pistola y apunté.
Un vacío “click” proveniente del arma me dio la bienvenida, y supe que ahora dependía plenamente de la suerte.

*
El amanecer está cerca; Las nubes se ven ligeramente iluminadas por un resplandor rosado que anuncia la llegada del día.
No he dormido en toda la noche, cavilando y reflexionando. De todas formas, los insectos apenas me han dado tregua.

Me incorporo, y comienzo a recoger la chaqueta que me ha servido de almohada. Seguidamente me pongo en pie, y me acerco silenciosamente al lugar que ocupa el chico que me salvó hace unas horas de una horda de esas personas que aun me cuesta catalogar como muertas.

A varios metros de él se encuentra su bolsa, de la cual no se ha separado en todo el tiempo que hemos pasado aquí arriba. Camino varios pasos y me acuclillo, para comenzar a hurgar en sus pertenencias.

Varios frutos rojos que no reconozco, un cuchillo y una pequeña cantimplora, la cual presupongo que le sirve de reserva en caso de que se le agote el agua que lleva en una botella más grande, es todo lo que cojo.
Me dispongo a ponerme en pie, pero justo cuando lo voy a hacer, algo me frena.

Unas letras, remendadas varias veces y cosidas en el borde interior de la bolsa, llaman mi atención.
Alex, logro leer.
Poco después me alejo de Suburbia.
*

[FIN DEL CAPÍTULO 17].
Un día más... El Sol salió.