martes, 31 de julio de 2012

Resultados de la encuesta.

Bueno, hace varias horas que se ha cerrado definitivamente la encuesta sobre qué personaje os llama más la atención. Aquí tenéis los resultados. ¡Quiero comentarios sobre por qué habéis votado a quien hayais votado! Gracias a todos por participar ^_^

1º Alex. 5 votos, lo que equivale a un 41%. Casi la mitad de los votos han recaído sobre él.
2º Bice, la protagonista. 4 votos, uno menos que Alex.33%.
3º Nei. 2 votos. ¿Quién me diría a mí que la rubia quedaría en tercer lugar? 16%.
4º Jim, con tan solo 1 voto. 8%.

Una vez más, cualquier comentario es bienvenido acerca del resultado, para que hableis de vuestro voto, de los personajes...
Gracias. En un par de días, mañana tal vez, subiré el capítulo 14.
Un día más... El Sol salió.

domingo, 29 de julio de 2012

Capítulo 13. [La luz que se cuela entre los viejos cascotes].


Este capítulo me ha gustado bastante. No os puedo contar más, espero que disfrutéis de la acción, la tensión, y el miedo tanto como lo he hecho yo. Con este capítulo pretendo palpar la realidad en la que están, para que la veáis y la sintáis como si vosotros mismos estuvieseis encerrados en ella.

Capítulo 13.
[La luz que se cuela entre los viejos cascotes].
Unos golpes me despiertan. Me duele la cabeza, y estoy aún adormilada, pues ayer me quedé hasta las dos de la mañana estudiando.
Es extraño. Los golpes provienen de la puerta. Me incorporo en la cama, frotándome los ojos.
Me percato de que aun llevo puesta la ropa de ayer; Estaba tan cansada, que ni me digné a ponerme el pijama.

Una voz grave me saca de mis pensamientos. Proviene del pasillo, de detrás de la puerta. Los golpes se acentúan, y me pongo en pie.

Abro la puerta lentamente, con los párpados de los ojos abriéndose y cerrándose pesadamente. En el umbral de la puerta, un hombre detiene su puño cerrado a escasos centímetros de mi rostro. Es evidente que iba a volver a golpear la puerta.

-Llevo media hora llamando, ¿Se puede saber por qué no has abierto la puerta antes?

Es Tim, el monitor.  Su rostro está contraído en una mueca de impaciencia, mezclada con algo más. ¿Preocupación?

-Estaba dormida. Ayer me quedé estudiando hasta las dos de la mañana para el examen.

El examen…  De pronto, siento una ola de nerviosismo y desconfianza. ¿Por qué llama Tim a mi puerta? ¿Y por qué tan temprano?
Un segundo. Ni siquiera sé qué hora es.
Por un instante, me siento desorientada. ¿Y si Tim ha venido a mi cuarto para avisarme de que he llegado tarde al examen?
¿Y si no me he despertado a tiempo?

Corro de vuelta al interior del cuarto, y me inclino sobre la mesita de noche, el lugar en el que descansa mi reloj de pulsera.
Las seis y media de la mañana, la alarma no ha sonado.
Principalmente, porque aún no es la hora a la que tiene que sonar.

-Vístete. Guarda todo de nuevo en las maletas. En media hora quiero verte abajo, en la Sala de Reuniones. No tardes, el resto de chicos hace ya un buen rato que están despiertos.

Tim cierra la puerta, y logro escuchar el eco de sus pasos, que se van perdiendo en la lejanía del pasillo. Me quedo clavada en el sitio, y voy asimilando las palabras. ¡Pero si hace tan sólo tres semanas que hemos llegado! Sacudo la cabeza, y me acerco al armario, en el que tengo dispuesta toda la ropa.
Al cabo de un minuto, vuelvo a oír unos golpes sordos, provenientes una vez más de la puerta de mi habitación. ¿Quién será ahora?

Abro la puerta, y una chica de pelo alborotado y mirada preocupante está de pie, cruzada de brazos. Sin mediar palabra, entra en la habitación, y se sienta en el borde de mi cama.

-¿También han ido a tu habitación? –Le pregunto, rompiendo el silencio, mientras abro la maleta y comienzo a guardar cosas en ella.

-Sí, tía, hace media hora. Tim se ha plantado en mi habitación, me ha contado un rollo que no he entendido porque estaba medio dormida, y se ha ido, tras avisarme de que tengo que estar a las siete abajo, con las maletas listas. –Lisa, la única de mis amigas que ha conseguido venir de viaje, presenta un aspecto impoluto, como siempre.

Pero debajo de su aparente molestia, está tan preocupada como yo.

¿Qué demonios pasa hoy?


                                                                          * * * * * * *

El día ha caído en Suburbia. Me he despertado tres veces en lo que llevamos de noche, inquieta, con un regusto amargo en la boca y en la mente.
Con la sensación de que, cada vez que me despierto, se me olvida algo muy importante.

Las horas previas al crepúsculo, hemos estado discutiendo sobre qué hacer con el chico de fuera, el que ahora se ha quedado dormido atado a un antiguo poste de electricidad.
Los Infectados continúan abajo, esperando, intentando tirar el poste y clavar sus garras en torno al cuello del chico.

*Unas horas antes*

Tonn se ha apartado a un lado de la ventana, sin atreverse a mirar la realidad que acecha al otro lado.
Nos hemos reunido en un círculo improvisado para discutir qué debemos hacer con respecto al chaval que, en este preciso instante, se abre camino a navajazos por la calle inundada de Infectados.

Los gritos de los muertos que se apelotonan en torno al chico me hielan la sangre. Siento la vergüenza y los remordimientos carcomiéndome por dentro.
No es culpa mía que esté en esa situación, pero sí es culpa mía no hacer nada por ayudarle.

Rober se muerde las uñas frenéticamente. Ha abandonado su puesto de vigilancia al lado de la puerta; Ya no es necesario, todos sabemos que los Infectados tienen un manjar mejor afuera, bien a la vista. Completamente solo y desprotegido.

Nei hace rato que ha terminado de atar los vendajes alrededor de la pierna de Alex, que ahora inspecciona su rifle, en busca de daños.

Yo, por mi parte, no puedo dejar de observar lo que sucede al otro lado de la ventana. No puedo apartar la vista del cabello rubio despeinado del chico, que se ondula y pega en su frente empapada de sudor.
Sin ser él, sé perfectamente que es sudor frío; Ese que te recorre la espalda, el cuello y la frente. Ese que casi te deja sin respiración.

Cierro los ojos, y me imagino en su situación.
Me imagino corriendo a través de las desoladas calles, con los Infectados rodeándome, cercándome el camino y afanándose por devorarme. Por hundir las garras en mi camiseta, en mi piel desprotegida.

Y los abro sin lograr comprender el calvario que debe de estar sufriendo.

Toda la sala está en silencio, con el único sonido de los Infectados chasqueando sus mandíbulas, gruñendo y gimiendo.

Finalmente, Alex decide tomar la palabra, bajo la atenta mirada de Tonn, que le observa con los ojos entornados.

-No tenéis motivos para estar así. Él es un superviviente más, como cualquiera de nosotros, y yo no me siento culpable por lo que los Infectados puedan hacerle. Es su suerte.

Rober le interrumpe, antes de que continúe.

-Alex, eso lo dirás tú. Pero yo al menos me siento culpable cuando sé que hay alguien ahí fuera, tan humano como nosotros, completamente solo y rodeado de Infectados. ¿O es que no tienes ni un poco de humanidad? –Rober se inclina sobre Alex, pero por el rabillo del ojo nos observa a todos, calibrando nuestras reacciones.

Sin mediar palabra, Alex se pone en pie, cruza la habitación, y se detiene delante de la gruesa puerta de metal. Gira la palanca que la cierra, y segundos más tarde, el viento se arremolina hacia el interior, congelándome los huesos.

-Sal. ¿No es eso lo que quieres? Si tan poca humanidad dices que tengo, y tan amigo tuyo es ese chico, ve afuera y ayúdale. Ve a tomarte un refresco con los Infectados, y convénceles de que no, de que tienen que alimentarse de otros seres, que al chico rubio ni lo toquen. –Se queda junto al marco de la puerta, de brazos cruzados.

Una media sonrisa se abre camino por sus labios, y una oleada de rabia me atraviesa. ¿Por qué tiene que ser así? ¿No puede entender que, estando nosotros aquí seguros, nos sentimos culpables?

Estoy inmersa en mis pensamientos, mirando a Alex fijamente a  los ojos, retándole con la mirada. Él, por su parte, se limita a encogerse de hombros, y darse la vuelta para volver a cerrar la puerta.

No me percato de la tensión, hasta que Rober se pone en pie y empuja a Alex, pillándole desprevenido. Acto seguido, y, en apenas unos segundos, baja el puño hasta su vientre, propinándole un puñetazo que le deja sin respiración.

Alex entrecierra los ojos y gruñe por lo bajo, sin gritar. Empuja a Rober, lanzándolo contra el suelo.
Sin darle tregua, se coloca a su lado, y, con la pierna que no está magullada, comienza a darle patadas en los costados.
Rober abre la boca, pero recuerda que los Infectados están fuera, y se traga el grito.
Rueda hacia el lado izquierdo y rodea la pierna de Alex, haciendo que, esta vez sí, éste pegue un grito de dolor.

Tonn irrumpe entre ellos dos como una exhalación, empujando a Alex contra la pared, mientras Rober se pone en pie.
Cuando Rober se dispone a volver al ataque, Tonn alza la voz.

-¡Si seguís armando este escándalo, los Infectados estarán aquí en menos que canta un gallo! –Coge aire, y, en un tono más suave, continúa. -¿No veis que las peleas en el grupo nos hacen más vulnerables?

Rober se lleva las manos al costado izquierdo, mientras su rostro se contrae en una mueca de dolor.

-Ese imbécil lo único que quiere es hacernos sentir más culpables. –Rober respira profundamente, y levanta una de sus manos, señalando acusadoramente a Alex. –Si te hubieses quedado en el Campamento, seguro que ya estaríamos de vuelta.

Tonn se separa de Alex, que ya se ha tranquilizado, y encara a Rober. Traga saliva, cierra los ojos, y, sintiendo cada palabra, las pronuncia.

-Rober, por nuestra humanidad ya perdimos a uno de nosotros. ¿O ya se te ha olvidado lo que pasó en la anterior expedición? –Rober aprieta fuertemente la mandíbula, y, por un instante, me parece entrever algo cristalino que asoma de sus ojos. Parpadea rápidamente y el reflejo desaparece.

A continuación, y, como en un susurro que no quiere ser pronunciado, Tonn vuelve a hablar.

-¿Ya se te ha olvidado lo que se siente cuando…?-No llega a terminar la frase, pues Nei se adelanta varios pasos, y, con una voz que ni siquiera parece la suya, exclama un “¡CÁLLATE!”, que provoca que todas las miradas caigan en ella.

Con esa simple palabra, el grupo entero se sume en el silencio total, con el único manto de los Infectados gritando, gruñendo y gimiendo. Con el sonido de los navajazos desgarrando la carne Infectada, propinados por el chico que, afuera, espera una ayuda en la que ni siquiera tiene esperanza.

*Vuelta a la noche en Suburbia *
Todos se han dormido ya. O eso es lo que creo, pues yo tampoco estoy del todo consciente cuando me pongo a pensar.
¿Qué tiene esta ciudad…? Hace que se me encoja el corazón, y, a la vez, me provoca una extraña sensación, haciéndome sentir que hay algo más. Creyendo que hay algo que se me escapa, pero que sigue ahí, dentro de mí.
Esperando a ser recordado. Con unas cuantas horas, la impresión de que el mundo se reduce a esta ciudad se ha acrecentado. Como si el resto no importase.
Las calles de esta ciudad, el olor a quemado, a calles devastadas recorre mis venas. Esta ciudad es parte de mí, lo siento.
Recuerdo cada calle, cada esquina y cada árbol.
Pero logro recordar, tan solo cuando ya la he atravesado. Es… Como una palabra que está en la punta de la lengua, pero que no consigue ser pronunciada.
Como una persona de la que sabes todo, pero no eres capaz de pronunciar su nombre.

Me voy abriendo camino en las capas de inconsciencia cuando alguien se tropieza con mi pie. Impulsada por el miedo, me incorporo y quedo sentada, encarando a la persona que ahora atraviesa la sala, acercándose a la puerta.

Rober. Debí haberlo supuesto. La pelea de hace unas horas no le ha dejado conforme, y ahora se dispone a salir, con la intención de ayudar al chico que se ha quedado dormido fuera, atado precariamente a un poste.

Un brillo a mi izquierda hace que desvíe la atención de Rober.
Son los ojos de Tonn, que están abiertos de par en par, y relucen con la luz de la luna, que se cuela por el cristal roto y se refleja en sus ojos. Observa en silencio, sin hacer ni un solo movimiento, lo que me desconcierta.

¿Va a dejar que se vaya?

Cierro los ojos, y, en este instante, cruzan mi mente las palabras de Alex, pronunciadas noches atrás. “Es sólo que ser el perrito faldero de Espe, como Tonn, va en contra de mis principios.”
El perrito faldero… Nunca me lo había planteado así. ¿Tonn acata todas las órdenes de Espe?
La respuesta me llega antes de formular la pregunta. Sí, Tonn siempre está junto a Espe. Siempre están hablando sobre otros asuntos. Siempre mantienen conversaciones que se mueren si alguien se les acerca.

Tonn solo acata órdenes, y no consigo entender el por qué.

Con sigilo, Rober abre la puerta, y se cuela por un minúsculo hueco. Sus pasos se vuelven más rápidos, y se oye el eco por toda la habitación.

Sin abrir los ojos, sé que todos están despiertos. Nei sujeta una vez más su pistola contra el pecho, y, por sorprendente que parezca, es la primera en ponerse en pie.

-Yo voy con él.

Pronuncia las palabras lentamente, como si el cuerpo entero le pesase.

Desde fuera, se escuchan unos gritos, y, seguidamente, el sonido de las flechas de Rober surcando el aire.

* * * * * *
En un principio, la batalla se desarrolla con rapidez. Los Infectados son muchos, pero contamos con el factor sorpresa, y una buena reserva de munición.
Tonn y Alex se quedan en el interior de la fábrica, debatiendo. Los miré por encima del hombro al acompañar a Nei hacia el exterior, pensando que estaríamos más seguros si ellos viniesen.
Cuando atravesamos la carretera, el olor característico de los Infectados se sentía levemente encubierto por la humedad; Aunque la tormenta ha amainado durante el transcurso de la noche, el viento atrajo hasta mi nariz un olor a tierra mojada que me provocó una media sonrisa.

Dejé de sonreír cuando logré distinguirle a través de la espesura.

Rober comenzó atacando por la izquierda, primero lanzando flechas contra los Infectados desde le lejanía.

Nei se separó unos metros de mí, y, desde la lejanía, comenzamos a disparar contra las cabezas de los Infectados, que iban cayendo unos detrás de otros.

Cuando nos dimos cuenta, era tarde. Los Infectados no paraban de salir de las demás fábricas, de los edificios, de las casas y de las tiendas. De las bocacalles, de los callejones.
Salían arrastrándose, con la boca muy abierta, y los ojos clavados siempre en alguno de nosotros.

Tonn comprendió que o todo, o nada. Salió de la fábrica, y se encaminó a paso rápido hacia nosotros, portando su rifle y disparando a los Infectados que llegaban desde el polígono industrial, los que se acercaban a Nei y a mí por detrás.

Al cabo del rato, tuve que recargar la pistola. Y, minutos más tarde, tuve que recargar otra vez.
* * * * * *
Ahora la noche se encuentra en su punto culminante. La luna está en lo más alto, e ilumina la carnicería con su luz blanca. Hace rato que he perdido de vista a Nei, pero, por los disparos lejanos, sé que Alex le cubre las espaldas desde su posición privilegiada en la fábrica.

Tonn se ha encaramado a un viejo autobús oxidado, y desde allí distrae a un grupo de Infectados, que se agolpan y escalan por las paredes y puertas del vehículo.

Rober tiene un suministro muy limitado de flechas, y el número de Infectados que mata es bastante más bajo que el que nosotros liquidamos. Sin embargo, no se da por vencido; Arranca las flechas de las cabezas de los Infectados y vuelve a arremeter contra ellos.

El chico rubio hace rato que se ha despertado, y, con una vieja pistola, dispara a los Infectados desde el poste.

Vuelvo a meter la mano en mi bolsa, y saco el último cargador de la pistola.
Cuando he gastado la mitad de las balas, sé que no sirve de nada.

Los Infectados llegan unos detrás de otros, empujándose, casi los veo relamerse los labios desde la distancia.

Me obligo a tomar una decisión. Atravieso la calle corriendo, reventándole el cráneo a balazos a los Infectados que se cruzan en mi camino.

La escalera de mano sube hasta uno de los edificios más altos; Allí estaré segura.
Los Infectados no son tan hábiles como seguirme. Agarro el pasamano de la escalera, y pongo un pie en el primer peldaño.
Pero entonces miro hacia atrás. No sé muy bien por qué, pero lo hago. Y lo que veo hace que se me encoja el alma, hasta sentirme miserable.
Nei tiene la cara cubierta de lágrimas, con los Infectados rodeándole. Alex dispara desde lejos, en vano.
Sin pensarlo, suelo la escalerilla, y desenfundo mi pistola de nuevo. Tan solo me quedan siete balas, y es probable que desde aquí no acierte a ninguno. Pero no podría cargar con la culpa de haberles dejado solos, si conseguimos volver al Campamento. Es un motivo egoísta, pero así es como soy.
Agarro fuertemente la pistola con la mano izquierda, y echo a correr hacia el atasco de coches que se encuentra en el centro de la carretera, pasando como un torbellino junto al poste en el que está subido el chico.
Disparo, y el Infectado que estaba a punto de agarrar a Nei se queda sin parte del cráneo, cayendo al suelo.
Me quedan seis balas, y siento la presión de las miradas clavadas en mi sien.
Con un movimiento rápido, me giro en redondo, y disparo contra el autobús en el que está subido Tonn.

He atraído su atención.

Me mira fijamente a los ojos. Intentando comprender por qué he malgastado esa bala, y yo intento hacerle llegar el mensaje; No nos hace falta gastar más.

Ladeo la cabeza, señalando la escalera de mano en la que he estado a punto de trepar sin pensar en el resto. Rezo para que la distinga entre la negrura. Tonn mira en esa dirección, y, abriendo mucho los ojos, asiente.

Se acuclilla en el techo del autobús, y salta al suelo de tierra, derrapando y poniéndose en pie de nuevo.

El chico rubio nos mira con una evidente confusión interna, y señalo la escalera de mano.
Un Infectado me agarra por el pelo, y retrocedo varios pasos, intentando zafarme de él.

Por el rabillo del ojo, y desde mi posición, Alex ha abandonado su puesto en la ventana.
Rober se ha percatado de que ahora Nei está sola contra los Infectados que la rodean, y se acerca a ellos a la carrera. Tonn ya está a la altura del poste en el que se encuentra el chico.

Todo va bien, hasta que un Infectado rodea el tobillo de Rober, haciendo que tropiece, cayéndose al suelo y chocándose contra la tierra.

Le veo escupir arena y piedras desde la distancia, y por fin logro alejarme unos pasos del Infectado. Le clavo la culata de la pistola justo en medio de los ojos repetidas veces, sin mirar. Siento como la sangre negra me salpica, y vuelvo a separarme.

Era un chico no mucho mayor que yo, que ahora tiene el cráneo hundido.

Giro la vista, y todo sucede a una velocidad irreal, que me desconcierta y me hace pensar que todo no es más que un desagradable sueño. Por una parte, logro atrapar los segundos entre los dedos, y parar el tiempo en este instante.
Pero, por otra parte, casi no hay tregua.

Rober se pone en pie, y dispara al Infectado que iba a morder a Nei.
Alex aparece de entre las sombras, y le revienta las cabezas a varios Infectados, mientras agarra del brazo a Nei, empujándola para que salga de allí.
Rober se dispone a salir corriendo, pero un Infectado le empuja desde detrás, cayendo sobre él.

La primera gota de agua cae sobre mi rostro. La segunda y la tercera en mi camiseta.
Un rayo nos ciega por un instante, y el sonido atronador del trueno hace que los oídos me estallen.

Me giro, siguiendo un impulso primario. El chico ha saltado desde el poste, y junto a Tonn, han conseguido llegar al final del polígono, para encaramarse a la escalera. Cuando llego, ya están casi en el tejado del edificio.

Coloco el primer pie en el peldaño, y giro la vista atrás, mientras en mis ojos repiquetean las gotas de agua.
El pelo se me empapa en poco tiempo, mojando a su vez la camiseta, que se me pega a la piel, calándome los huesos.

Subo varios peldaños, y un Infectado se agarra a mi tobillo, atrayéndome hacia él. Me giro, y tengo el tiempo justo de divisar entre la negrura, la tierra arremolinada por el viento, y, por detrás del poste solitario de teléfono, a Rober clavándole la ballesta a un Infectado en el cuello.

Se pone en pie a duras penas. Le clava una flecha a otro Infectado, y un rayo me ciega la visión.

Le propino una patada al Infectado, que retrocede varios pasos.

Subo todo lo rápido que el agua y mis dedos agarrotados me permiten. El frío me aturde, haciéndome resbalar en varias ocasiones.

Cuando llego arriba, el agua empapa mis zapatillas, y lo único que consigo hacer, es dejarme caer al suelo de piedra, agarrándome las piernas y enterrando la cabeza entre las rodillas, antes de divisar a Nei y a Alex colándose en el tejado, sanos y salvos.

Una ola me inunda de alivio, y, a la vez, un nombre se me viene a la mente. Un nombre que puede que nunca más vuelva a ser pronunciado.

Rober.

Con esta simple palabra, la realidad se va abriendo paso por mi mente.

Hemos perdido.
[FIN DEL CAPÍTULO 13].

Un día más... El Sol salió.

sábado, 28 de julio de 2012

Retrasos a la hora de escribir.

Bueno, como habréis notado, llevo ya un par de días sin subir capítulo, pero... Siento decir que esto podría alargarse hasta el lunes, debido a algunos asuntos personales, y que no estoy pasando por un buen momento.
El resto, gracias a todos los que me leéis y esperáis el capítulo 13, y deciros que, en compensación, os diré que los próximos capítulos tendrán una mezcla de acción, secretos y situaciones al límite, que espero que no os dejen con mal sabor de boca.
Sin más, me despido, alegando que el capítulo 13 espero que no se haga muy de rogar, pero la inspiración es así, juega con el escritor como le place.
Atentamente, Beatrix.
Un día más... El Sol salió.

martes, 24 de julio de 2012

Capítulo 12. [Los pájaros que nunca emprenden el vuelo]

Este capítulo conduce al grupo hacia las entrañas de Suburbia; Les obliga a decidir, a dejar atrás, y, por encima del todo, a sobrevivir. En este capítulo se van vislumbrando las verdaderas personalidades de todos los personajes, y los secretos van luchando por salir a la luz.


Capítulo 12.
[Los pájaros que nunca emprenden el vuelo].
Aun no sé el motivo, pero al observar la ciudad que, ante mí se extiende, un escalofrío me recorre la espalda. Un escalofrío helado, que me hace abrir los ojos y quedarme sin aire.

Suburbia.

Tonn me ha dejado a solas, contemplando el terreno, los altos edificios. Desde aquí, me puedo hacer un plano aéreo de toda la ciudad. En el centro de la misma, hay una cúpula inmensa, que se alza sobre el resto de edificios, como si los evaluase por encima del hombro. Es de un color blanco puro, exceptuando los cristales tiznados de rojo y azul.
Aparto la vista, segundos antes de que mi cerebro identifique las manchas rojas.

Desde mi posición, logro distinguir tres áreas, separadas por una línea negra; La calle principal. Sin embargo, observo que la calle no es más que una antigua autopista; La ciudad entera se ha forjado en torno a ella.
En el lado izquierdo de la calle, se encuentra la zona residencial, en la que los edificios son casitas adosadas, pisos y chalés.
En el lado derecho, están separados por la cúpula la zona residencial, en la zona superior, y lo que debió ser el polígono industrial en la mitad inferior.
La cúpula atrae toda mi atención, y observo que no es una cúpula propiamente dicha; Un cartel maltrecho cuelga de varios soportes publicitarios, que se alzan por encima del cielo, imitando al edificio central. En el desgastado papel, a duras penas, se consigue leer el logo de lo que debió ser un gigantesco centro comercial.

Una mano sacude mi hombro en pleno análisis de la ciudad, haciéndome girar con brusquedad.

Nei. Su pelo rubio le ondea sobre los hombros, pero es apenas un leve movimiento; Lo tiene demasiado corto. Sus ojos son profundos, su mirada, cuanto menos, inquietante.
Es la primera vez que veo en ella un semblante tan serio.
Sin embargo, sus ojos no me están observando; Miran más allá, por encima de mi hombro.
Entonces, sin necesidad de girarme, comprendo en qué se ha convertido ese centro comercial.
La Nevera.

* * * * * *
Mis pasos son inseguros, lentos y torpes; Giro la cabeza rápidamente y sin descanso, observando con pasadas rápidas mi alrededor.
Deteniéndome cada vez que detecto el más mínimo movimiento.
Suspirando cada vez que comprendo que la causa de mi sobresalto, no se debe más que a unos simples papeles, una piedrecilla que cae de algún edificio, o el mero viento, que, con su soplido, mece carteles de ofertas, ya caídas en el olvido.

Aprieto la pistola con mis dedos, sintiéndome más segura con tan solo ese tacto. Está recién cargada; No voy a arriesgarme a ser devorada a manos de un Infectado por un descuido.
En total, cuento 40 balas.
El viento me revuelve el pelo, forma nudos improvisados en él, que luego me costará bastante desenredar, pero, que sin embargo, me dejan entrever el color de mi cabello; Castaño oscuro.

Deduzco gracias a este dato, que mis ojos deben de rondar el mismo tono; Un poco más oscuros, tal vez.

Rober encabeza la marcha. El viento le golpea en la cara, haciendo que su cabello se vuelva un poco más rizado de lo que ya es de por sí. Él se encarga de la primera defensa en caso de ataque, y, a su vez, es el que más riesgos corre. Sin embargo, está bien armado; Con su ballesta, y una pistola con silenciador pegada a la cintura, sus posibilidades se incrementan el doble.

Nei le sigue muy de cerca, sujetando la pistola con fuerza; Queriendo pensar que, así, en caso de ataque, no la perderá. Durante el trayecto, me percato de que no ha mirado el suelo, ni a nuestros alrededores ni una sola vez. ¿Recuerdos demasiado amargos?

Tonn está delante de mí, con su rifle bien sujeto gracias a unas cuerdas que le rodean el pecho; Lo lleva “atado” a la espalda, y su mano constantemente se asegura de que esté bien agarrado.

Finalmente, Alex está detrás de mí. Me ha preguntado en dos ocasiones sobre por qué no llevo puesta la chaqueta; Me he limitado a ignorarle la primera vez, y la segunda le he hecho un gesto despectivo con las manos. Sujeta su escopeta con soltura; Casi parece que no pesa nada cuando la pasa de una mano a otra.

Una ráfaga de viento me hace entornar los ojos; La arena, la ceniza, y el polvo, se cuelan entre mis pestañas, obligándome a frotarme los párpados con los dedos repetidas veces.

En ese intervalo de tiempo, el primer Infectado cae sobre nosotros con todo su peso.
El segundo no tarda en llegar, y es aplastado por el impacto contra el tramo de calzada que se encuentra entre Tonn y yo.

Casi como si de una coreografía previamente preparada se tratase, alzamos la vista hacia los edificios, los rascacielos y los puestos de venta.

Entonces, los veo. Y, casi al segundo, antes de que Tonn me agarre del brazo y me arrastre hacia delante, obligándome a correr, lo comprendo.

Un puente, una carretera elevada se alza sobre nuestras cabezas. Los Infectados nos han encontrado.

Corro, varios metros por detrás de Tonn, y miro por encima del hombro. Entreveo a los Infectados estrellándose contra el suelo, salpicando de sangre toda la calzada, dejando ríos negros de sangre, órganos y carne podrida por el suelo.
Me tropiezo, y me giro para caer de lado contra el suelo. En el impacto, la pistola se me escapa de las manos, y gira sobre sí misma, varios metros a mi derecha.

No dudo. Casi sin tan siquiera haberme recuperado, me abalanzo sobre ella. Ruedo, haciendo que la garganta se me llene de ceniza, tierra y restos de asfalto.

Lo escupo todo. Me pongo en pie un segundo más tarde de haber recogido la pistola, y, en un abrir y cerrar de ojos, vuelvo a retomar la huída. A mis espaldas, un Infectado se estrella contra el suelo, y, sin girarme, puedo notar las gotas de sangre negra pegándose a mi piel.

Avanzo a trompicones, mientras el ruido seco de los Infectados impactando contra el suelo a mi alrededor me inunda. Diviso la figura de Tonn, y le sigo a ciegas. Corro todo lo que mis piernas me permiten. Tonn se gira, y, por un brevísimo instante, nuestras miradas se cruzan.

Una vez más, no comprendo su mirada de horror, hasta que el Infectado se lanza contra mi cuerpo. Por el rabillo del ojo logro distinguir a Tonn huyendo, sin volver la vista atrás.
Caigo al suelo con todo mi peso. Busco desesperadamente mi pistola, y la encuentro a dos pasos de mi mano izquierda. Estiro los músculos del brazo todo lo que puedo; Sin embargo, no es suficiente.

Giro mi rostro hacia el suyo, y, por sus facciones –O lo que queda de ellas-, deduzco que debió de ser un hombre que rozaba la cuarentena, un poco rellenito y con entradas.

Sin embargo, cuando algo de humanidad parece brillar en él, sus garras rasgan la tela de mis pantalones, arañándome con fiereza la pierna.
Chillo. Y ese es mi mayor error.
Los demás Infectados (Los que no han sido brutalmente aplastados), dirigen sus miradas hacia mí. Comienzan a caminar, mientras yo, a duras penas, consigo retener al que está sobre mí, impidiendo la mordedura que se me antoja inevitable.

En ese preciso instante, cuando decido rendirme a los dientes del bicho, un grito me arranca de mi desespero.

-¡Agacha la cabeza! –Es la voz de Alex, que suena como si estuviese a kilómetros de distancia.

-¿Para qué quieres que…? -Me interrumpo, al sentir la bala atravesando el cráneo del Infectado. Agacho la cabeza, y me cubro con la única mano que puedo mover.

La sangre del Infectado se esparce por mi camiseta, por mi cuello y levemente, por mis mejillas. Siento unas garras intentando aferrarse a mi pierna, y me quito el Infectado muerto de encima. Ruedo a un lado, y acabo en cuclillas, intentando recuperar el aliento.

-Tú, Bice, no es hora de ponerse a hacer sentadillas. –Me agarra bruscamente del brazo, y tira de mí hacia él, obligándome a ponerme en pie. Quedamos cara a cara, y yo evito sus ojos.
Me zafo de su brazo, y salgo corriendo, aun con la respiración entrecortada. Cojo la pistola, y me encamino en la dirección que creo que tomó el resto del grupo.

Los Infectados nos siguen a pocos metros de distancia. Nunca imaginé que, cuerpo a cuerpo, pudiesen ser tan peligrosos.
Nunca imaginé esta emboscada. Giramos bruscamente a la derecha; Tras colarnos en esta callejuela, diviso a lo lejos las formas de Tonn, Nei y Rober.

Alex me vuelve a tirar del brazo, y volvemos a girar a la derecha. De la brusquedad, me tropiezo, y acabo rodando por el suelo frenéticamente. Finalmente, me choco con una pared.
La cabeza me va a explotar, y todo por culpa de Alex. ¿Para qué me obliga a girar, si Tonn y el resto han seguido todo recto, hacia el final de la calle?

Me pongo en pie, y comienzo a preguntarle casi gritando que qué demonios hace. Una extraña rabia me recorre interiormente, y, una parte de mí, sabe que estoy actuando de forma irracional.

Me da un codazo que hace que me doble en dos y se me corte la voz.

Cuando por fin recupero la compostura, observo mi alrededor; Estamos en un callejón, que conduce de vuelta hacia la calle del puente. Sin embargo, este lugar está oscuro, y los Infectados pasan de largo. Me percato de que huele a podrido, y bajo la vista; Un charco de agua estancada recubre la mitad del lugar, haciendo que el olor que atrae a los Infectados, sea tapado superficialmente.

Alex escruta el callejón, y yo siento el frío metal de la pistola contra mi piel; Al menos no la he perdido. Algunos Infectados se detienen, olfatean el aire y dirigen la vista hacia todas las direcciones, pero no consiguen identificar de dónde procede el olor.

Suspiro aliviada cuando la horda de Infectados pasan de largo, o dan media vuelta; Siguen intentando localizarnos.

Alex y yo estamos escondidos detrás de un antiguo contenedor; Así el olor que nos encubre se incrementa, pues los desperdicios que hay dentro llevan mucho tiempo en descomposición.

Me siento en el suelo, con cuidado de no mancharme de agua estancada, y contemplo la formación de piedras apiladas; Son muy antiguas.
Por fin, la mayoría de los Infectados acaban siguiendo al resto del grupo, y otros tantos se quedan por la zona, rastreando.

-No podemos quedarnos aquí, podrían descubrirnos. –Me pongo en pie tras murmurar estas palabras, dispuesta a salir de nuevo a la calle ancha; Con una rápida huída no tendrían por qué atraparme.

Alex se gira, y me mira con evidente desaprobación, luego, bosteza.

-Si haces eso, tendrás suerte si te devoran rápido. –Hace ademán de ponerse en pie, pero esboza una mueca al mover el pie; Se lo ha debido de doblar durante la huída.
Entonces, se acerca a una puerta que había pasado desapercibida a mi vista. Se agacha, y, con sumo cuidado, extrae una navaja que llevaba sujeta a la pierna, por debajo de la pernera del pantalón.

Me aguanto el impulso de preguntarle si no se ha cortado teniendo esa arma atada todo este tiempo a la pierna. Me mira, esperando mi reacción, pero me limito a mirarle con suficiencia.
Se encoge de hombros, y clava la navaja en los tablones de la puerta. La madera está podrida, debido a las lluvias y al descuido de su mantenimiento, y con algunas patadas, consigue abrir un pequeño agujero. Cuela el brazo en ese minúsculo espacio, y con una habilidad pasmosa, quita el pestillo que mantenía la puerta cerrada.

Algunos Infectados han oído los golpes, y dirigen sus miradas vacías hacia el callejón.

Alex se apresura a entrar, y yo le sigo, nerviosa, sin volver la vista atrás, temiendo encontrarme de frente con alguna mirada vidriosa. Con alguna criatura sedienta de carne.

* * * * * *

Corremos, esquivamos tuberías destrozadas, y saltamos charcos de sangre seca.
Después de habernos adentrado en el edificio, Alex atrancó la puerta.
Casi al instante, los Infectados se lanzaron contra la madera, como si les fuese la ¿Vida? En ello.
Llevamos cerca de media hora yendo de edificio en edificio; Colándonos por los balcones, subiendo hasta las azoteas, e incluso bajando al primer piso y atravesando la calle para colarnos en la siguiente tienda abandonada.
Siempre sin detenernos a observar lo que pasa detrás de nosotros.

Sigo a Alex a muy corta distancia, mientras los quejidos de los Infectados llenan cada estancia que atravesamos.
Alex tiene el control de la situación, o eso aparenta. Me hace seguirle por habitaciones y pasillos desérticos, llenos de muebles volcados, aplastados, o, sencillamente, destrozados.

Finalmente, cuando me encuentro al límite de mis fuerzas, Alex se detiene en seco. La cabeza me da vueltas, y unas manchas blancas entorpecen mi visión, causándome un mareo que me obliga a sentarme con la cabeza entre las rodillas.

-Se acabó. –Oigo a Alex por encima del ruido, de los gemidos y gritos que los Infectados profieren por toda la manzana.

-¿Qué?

-Que se acabó, callejón sin salida, game over. –Abro los ojos, y le observo entre niebla blanca causada por el mareo, acercándose a una ventana.

Me pongo en pie a duras penas. Saco una barrita energética del bolsillo; Suerte que la guardé en el bolsillo de mi pantalón sin que Tonn se diese cuenta.

-Ah, me estás diciendo que me has hecho correr por todas estas calles, dejarme el aliento en ellas, y que ahora no sabes donde estamos. –Le miro con una ceja alzada, y al instante separo la mano de la pared; No voy a mostrar debilidad.

Alex escudriña la ventana, y finalmente quita el tope que la mantiene cerrada. Acto seguido, la levanta, haciendo que una ráfaga de viento se cuele por ella, revolviéndome el pelo, y volcando una montaña de papeles apilados en una mesa de acero, que vuelan por todo el habitáculo.

-Sé perfectamente donde estamos. Y deberías dejar de hablarme en ese tono; Yo no tengo la culpa de que seas tan torpe como para tropezarte en medio de un desfile de Infectados.

Eso me ha dolido. Lo noto, siento la presión en el pecho que me deja momentáneamente sin respiración. Noto sus ojos posados en mí, sin el menor resquicio de arrepentimiento.

-Y ahora, hay que saltar. –Alex se apresura a atarse la navaja contra la pierna, y balancea la escopeta por el hueco de la ventana, disponiéndose a arrojarla.

-¿Qué? –Me quedo sin aliento. Estamos en un segundo piso. La caída podría matarnos, o destrozarnos algún hueso.

-Lo que oyes. –En este instante, se gira, quedando cara a cara conmigo otra vez, y se adelanta un paso. Si sacase la navaja, podría cortar la tensión del aire. –Mira, yo no voy a andarme con mucho cuidado, la verdad, pero te aseguro que los Infectados de ahí fuera, tendrán menos que yo. Asómate a la ventana.

Le hago caso. El cielo está negro, completamente cubierto de nubes otra vez. Aunque puede que nunca hubiese llegado a caer la tormenta, al fin y al cabo estuve durmiendo casi toda la noche hasta que llegamos aquí. Recorro con la vista toda la pavimentación.
Unos golpes sordos contra la puerta me hacen estremecer.

-¿Qué es lo que debería ver? –Los golpes se acentúan, y casi puedo sentir cómo los Infectados se apelotonan detrás de la puerta, con sus garras y dientes al descubierto. Con el deseo de sangre a flor de piel.

-Allí. Al final de la calle, ¿No ves que la zona residencial acaba aquí? A partir del final de esta calle da comienzo la antigua zona industrial. Aquel lugar es un laberinto, si conseguimos llegar, los Infectados no nos encontrarán. –Alex saca el brazo fuera del edificio, y atisbo la sombra de una enorme aglomeración de edificios, rematados con chimeneas casi igual de altas.

Jadeo. Siento el viento en la frente, golpeándome los pómulos y cegándome la vista. Este viento presagia una tormenta, siento la electricidad en el aire.

Un Infectado rompe la primera capa de cristal protector; No tardarán mucho en colarse en la habitación y devorarnos.

Alex contiene la respiración, y, segundos más tarde, me aparta a un lado; Si no me lanzo yo, él no se va a quedar esperándome.

Atraviesa el hueco de la ventana con la mitad del cuerpo, y queda sentado en el borde, con las piernas colgando. Una milésima de segundo después, se balancea y queda sujeto solo por sus manos.

Un instante más tarde, su cuerpo desaparece en el vacío. Me apresuro a observar su caída; Temiendo que la visión sea demasiado horrible.
Los Infectados claman al Infierno detrás de la puerta.
Me asomo, y le veo en el suelo, con una cojera muy acentuada, pero sano y salvo. Recoge su escopeta, y alza la mirada.
Sus ojos transmiten algo que se asemeja al miedo.

Entonces, los oigo. Lo primero que resuena es un crujido, seguido de un sonido de muchas manos arañando la puerta.
El metal está oxidado, descuidado y en muy mal estado.
Cuando decido que mi destino es morir allí, cuando me dispongo a sacar la pistola que he guardado contra mi cintura, algo me detiene.
Es el ojo de una niña. A través de la rendija que los Infectados han conseguido abrir entre la puerta y la pared, el ojo de una niña me observa.
Pero a mí me da la impresión de que tan solo contempla el vacío. Sus ojos son vidriosos; Una fina capa blanca hace que el azul de sus ojos se vuelva muy claro, como el celeste de las nubes.

Y entonces me decido. Pego un brinco y atravieso la ventana, quedando sujeta tan sólo por mi mano izquierda. Y evito mirar hacia el suelo que se abre ante mis pies, imperturbable, cuando dejo de sujetar el alféizar, y mis dedos me conducen al vacío.

La sensación de caída me recorre el cuerpo, activando todas mis alarmas. Instintivamente, me mantengo en posición recta, con los pies hacia abajo.

Y el golpe me destroza. Siento los pies estallar y las piernas con ellos, siento la pérdida de aire en los pulmones, y la pared de dolor que se forma detrás de mis ojos.
Siento las lágrimas brotar.

Oigo a los Infectados por encima de mi cabeza; Sé que no dudarán en lanzarse tras de mí, que perseguirán mi carne hasta el Fin del mundo si es necesario.

La carrera seguirá en tierra. Y el reloj que hace retroceder las manecillas es mi vida.
Siento que alguien tira de mis brazos, levantándome; Los pies me van a estallar, el tobillo izquierdo apenas me mantiene en pie.

Alex está a mi lado, con evidente preocupación.
Entonces, la adrenalina termina de recorrer mi cuerpo, y echo a correr sin mirar atrás.
Siento la adrenalina por cada poro de mi piel, y sé que no puedo pasarme; Después sufriré muy caras las consecuencias de la caída.

Miro hacia el frente, sin pensar en el suelo; Siento que voy por encima, tan sólo me alientan los gritos de los Infectados, que no temen rasgarse las cuerdas vocales si así logran amedrentarme.

Estoy observando el coloso de cemento, metal, acero y ladrillos que se alza ante mí, cuando la primera gota de agua sucia me recorre la frente y enturbia mi visión.

* * * * * *
-¿Cómo huisteis? –Rober juguetea con su ballesta, sin apartar la vista de la puerta atrancada que hay al fondo de la sala.

Tras conseguir dejar atrás a los Infectados, Tonn nos vislumbró por la ventana de la fábrica en la que ahora nos encontramos, y mandó a Rober para que nos avisase.

-Despistamos a los Infectados, recorrimos las calles desde dentro. O, lo que es lo mismo, que nos colamos en un edificio y emprendimos la carrera desde ahí. –Me animo a contestar, pero a duras penas; El tobillo me aguijonea, y siento una presión muy fuerte en las piernas que no cesa.
-¿No os atraparon? Cuando eché la vista atrás, vi al menos a sesenta; Y eso sin contar los que habría dentro de los edificios, y los que cayeron del puente pero resistieron el impacto. –Rober nos observa, mitad incrédulo, mitad desconfiado.

Alex se remueve; Nei trajo una pequeña bolsa, en la que metió vendas, agua oxigenada y algunas cosas más para los primeros auxilios, y está intentando que la inflamación que Alex tiene en su tobillo no vaya a más.

Observo la venda que recubre la mitad de mi pierna izquierda; Es la que peor ha quedado tras el golpe.

Nei me sorprendió. Nada mas ver nuestro estado, sacó su bolsa y los enseres de curación. Me pidió que no me moviese mucho, y Tonn me advirtió que no gritase, o de lo contrario podría alarmar a los Infectados que siguen buscándonos.

Ahora, Alex esgrime muecas de dolor y leves quejidos, y Rober le reprocha que, antes de haber optado por la ventana, debería haber tanteado las otras posibilidades.

Tonn se mantiene junto a la ventana, con el semblante muy serio; Es la primera vez que le veo en este estado. Oigo por debajo de la conversación los gemidos de los Infectados, y me asombro a mí misma descubriendo lo cerca que he estado de pasar a formar parte de uno de ellos.

Entonces, Tonn gira la vista hacia mí, y clava su mirada en la mía. Un agujero en el cristal de la ventana hace que el viento y la lluvia se cuelen en la estancia, bajando así un par de grados de temperatura.

-Hay alguien ahí afuera. –Tonn mueve los labios, en un susurro que hace detener todas las conversaciones. Hasta Nei deja su labor por unos instantes.

Movida por un impulso, sin pensar, me pongo en pie.
Las vendas de la pierna se tensan, y el dolor vuelve a llenar mi cerebro.
Me asomo a la ventana, y Tonn se aparta, cruzándose de brazos, evitando mirar al resto del grupo.

Es cierto. Un chaval de pelo rubio, ropas empapadas y gesto atemorizado, se abre camino por el asfalto.
Los Infectados clavan sus miradas en él, y el tiempo se detiene.

[FIN DEL CAPÍTULO 12].

Un día más... El Sol salió.

sábado, 21 de julio de 2012

Ficha 3. Espe.

Aquí os traigo la ficha tres, en este caso, ha tocado Espe. No puedo explayarme mucho porque debo irme en breves, pero lo que sí puedo deciros, es que no os esperéis mucha información con esta ficha; El pasado de Espe es un completo misterio.


Nombre completo: Espe Díaz.
Alias: Espe.
Edad: 16.
Altura: 1’69
Color de ojos: Verde esmeralda.
Color de pelo: Castaño claro, en invierno se le oscurece bastante.
Personalidad: Fría. Autoritaria en los asuntos que afectan al Campamento, dura con los miembros del grupo. No muestra debilidad, ni siquiera su desmesurado miedo a las alturas. Siempre piensa por el bien grupal, en lugar de por el individual. Muy cuidadosa con las reservas del Campamento. Ante una situación de peligro, actúa de la manera más insospechada. Muy atenta con Jim, al que podría considerar un hermano pequeño. Se muestra segura en sus decisiones, aunque en el fondo los remordimientos la estén carcomiendo.
Gustos: Adora tener el control de la situación, y ver como los planes se cumplen a la perfección. El marisco y los helados de sandía en un caluroso día de verano. Levantarse temprano y contemplar cómo sale el Sol desde su cuarto. Desde que la “Guerra” empezó, no tiene muy claro hacia dónde debe ir. Pero lo que sí sabe, es que el Campamento es lo único que le queda.
Orientación sexual: ¿?
Familia: Espe se mantiene inamovible en este tema.
Lugar de nacimiento: ¿?
Apariencia, aspecto: 

jueves, 19 de julio de 2012

Capítulo 11: Cuando el tsunami hundió el océano.

Aquí os traigo el capítulo 11. De ahora en adelante he decidido poner título a los capítulos; A mi parecer son más atractivos así. No os puedo adelantar mucho de este capítulo, salvo que me ha costado narrar toda la acción. Y, que a partir de ahora, la trama va a ser más psicológica, como ya os imaginais. También aviso que esta primera parte, por llamarla así, está llegando a su fin. ¡Gracias a todos por leerme!



Capítulo 11.

[Cuando el tsunami acaba con el océano].
Nubes. Las nubes encapotan el cielo, avisándonos de que una tormenta se nos viene encima.
Tonn pisa el acelerador al percatarse de ello; Sabe que, si el cielo se dispone a venirse abajo, solo tenemos unos minutos para buscar un lugar en el que podamos pasar la noche sin despertarnos con la ropa empapada.

Sin embargo, desde que el recuerdo ha vuelto a mi mente, el resto del mundo ha pasado a un segundo plano. Estoy pendiente del escenario, sin hacer caso a los espectadores que me intentan devolver a la realidad.

El escenario es mi madre, su voz. Los actores principales, mi nombre, los gritos de la conversación, y mis propios pensamientos, que se arremolinan a mi alrededor.
El público lo compone Tonn, Alex, Nei y Rober, en una orquesta perfecta.

Sonrío al darme cuenta de que, pensando así, parece que me he vuelto loca. Que deberían someterme a una medicación. Pero la realidad es, que este mundo se ha vuelto una locura, arrastrándonos a todos a ella. Muertos que caminan y se devoran los unos a los otros para devorarnos a su vez a los vivos, ¿En qué película de Ciencia Ficción se encuentra algo así?

Rober me propina una cachetada no muy fuerte, pero sí lo suficiente para librarme del ensimismamiento. Reacciono al instante, la sonrisa se me borra de la cara, y abro los ojos. Con un leve aturdimiento, enfoco los rostros de Nei y Rober. El de ella muestra una mezcla entre preocupación y confusión, mientras que el de Rober, deja entrever la alarma.

Me aclaro la garganta, que de repente siento como si llevase días sin beber agua. Toso varias veces, y me dejo caer al suelo de la plataforma; Sin darme cuenta me había puesto en pie al recordar.

-Bice. –Es la única palabra que consigo escupirles.

-¿Bice? ¿Quién es Bice? –Rober carraspea, y me mira fijamente, mientras Nei se acurruca en un rincón de la plataforma.

Trago saliva, e intento que el mundo deje de dar vueltas por un segundo. Alzo la vista, y miro fijamente hacia un árbol, que pasa a toda velocidad. Los ojos color café de Rober me atrapan, y, en apenas un susurro, confieso.

-Bice… Soy yo.

* * * * * * * *
Acampamos en una zona despejada, antes de que el último rayo de Sol caiga sobre nosotros. Nos reunimos en torno a una improvisada hoguera; La única que podemos permitirnos, pues el gasto de cerillas es vital en el Campamento.

-Antes de que caiga el día, debemos apagar la hoguera. –Tonn está calentando fideos precocinados que nos servirán de cena, y acto seguido, se sienta en la tierra a esperar que estén hechos.

-¿Por qué? –Pregunto, y temo que sea algo demasiado obvio, pero que a mí se me escapa. Pero por la noche tendré frío, y ni siquiera puedo ponerme la chaqueta sin levantar sospechas. Nei me mira de soslayo, y alza tímidamente la voz.

-Porque si dejamos la hoguera mucho tiempo encendida, el humo y la luz que desprenda, además de servir para cobijarnos del frío, hará que los Infectados nos cerquen y devoren en cuestión de minutos.

El silencio nos invade, y durante varios minutos, lo único que oigo, es el sonido de la madera al arder, y de las brasas crepitando.
Se van formando largas sombras en torno a nosotros, mientras el ocaso se acerca. El frío también se intensifica, y siento la tentación de ponerme la chaqueta. Pero, justo cuando voy a alargar la mano hacia mi bolsa, cruzo una mirada con Alex. Ha esbozado una media sonrisa, como riéndose de mi suerte.

De esta forma, decido acercarme todo lo que puedo al fuego, e intento entrar en calor. Una ráfaga de viento me revuelve el pelo, y hace que se me congelen los huesos.

-Entonces… Ahora te llamamos… ¿Bice? –Tonn alarga el brazo, atrapando sus fideos instantáneos, mientras me mira de reojo.

-Sí… Suena raro, lo se, pero el recuerdo era muy nítido. Además, estoy convencida de que era mi madre quien hablaba… Y que se estaba dirigiendo a mí al pronunciarlo. –Me rodeo las rodillas con los brazos, y miro las formas que el fuego va creando a nuestro alrededor, mientras evoco el recuerdo.

Todos nos internamos en un silencio incómodo una vez más, cada uno inmerso en sus propias cavilaciones.

Pero entonces, un sonido, como de hojas siendo aplastadas por los pies, hace que me gire bruscamente. Rober se pone en pie, ballesta en mano. Nei aprieta firmemente la pistola que sostiene contra su pecho, como si así estuviese a salvo de cualquier cosa. De cualquier criatura que pueda haber ahí fuera.

Tonn se lleva el dedo índice a los labios, y nos advierte que permanezcamos en silencio. Rodea la camioneta y lo pierdo de vista, mientras yo me acuclillo en el suelo, con la cabeza entre las rodillas, deseando que sea un animal salvaje. Deseando que no sea un Infectado putrefacto.

Nei está en el suelo, justo al lado de la rueda derecha de la camioneta. Rober se ha encaramado a un árbol, observando cuidadosamente cada parcela de tierra de las inmediaciones. Alex está cubriéndole las espaldas a Tonn, dejándonos al resto completamente indefensos ante un posible ataque.

En ese momento, me acuerdo de la advertencia de Tonn; Hay que apagar el fuego, ahora que la penumbra domina las cercanías. Me agazapo en el suelo, y avanzo hasta la botella de agua casi acabada, que ha rodado hasta un árbol cercano. Tanteo con los dedos el terreno, mirando por el rabillo del ojo hacia atrás; No puedo enfrentarme a un ataque sorpresa.

Una uña cubierta de moho por su superficie me hace alzar la vista.
Entonces, el miedo llega a cada nervio de mi cuerpo, inundándolo por completo. Siento un escalofrío gélido correteando por mi espalda, que termina por salir en forma de grito desde mi garganta.

Instintivamente, me tapo la boca, antes de que el grito termine por descontrolarme.
Instintivamente, el Infectado se abalanza contra mí, hundiendo las uñas afiladas en mi hombro, haciendo que la sangre salga a borbotones por la capa de piel desgarrada.

Levanto la pierna en un gesto violento, y le hundo la suela de la zapatilla en el rostro. El empuje causado me hace rodar hacia atrás, doblándome el cuello. Hago una mueca de dolor, mientras me pongo en pie.

Rober está apoyado en una rama alta del árbol, y le dispara una flecha. La flecha hace un vuelo perfecto hacia su cráneo, y le agujerea la sien. El Infectado cae en redondo, produciendo un sonido seco.

Recupero el aliento, y busco desesperadamente mi bolsa. Cuando por fin la encuentro, saco la pistola, quitándole el seguro, mientras observo toda la zona, esperando encontrarme pares de ojos muertos mirándome.
Pero no es así. Comienzo a tranquilizarme, sin dejar de apretar la pistola; Ahora entiendo el gesto de Nei.

Un golpe sordo, seguido de un grito ahogado, me pone alerta de nuevo. Rober salta de la rama, y se coloca al lado de Nei, que sigue agachada junto a la camioneta. Ambos tienen los ojos muy abiertos. Me dispongo a acercarme a ellos, pero alguien me empuja desde detrás y me agarra fuertemente de la muñeca.

Tonn. Me tira hacia él, y, en voz muy baja, con los muy abiertos, en una mueca de miedo, me advierte.

-Sube a la camioneta. –Me suelta, y abre la puerta del conductor. Se sube, y la cierra, al tiempo que escucho cómo pone el seguro.

Salgo corriendo sin hacer preguntas, y segundos más tarde, Nei y yo, volvemos a estar en la parte trasera. Entonces, me percato de algo. ¿Dónde están Rober y Alex?
Siento el nerviosismo en cada poro de mi piel, y la preocupación en el rostro de Nei. Tonn coloca las llaves, y el motor brama a los cielos.

Entonces, los veo. Una masa de seres acercándose a nosotros, a paso lento, pero sin pausa. Sus bocas –O lo que deberían ser bocas-, se abren de par en par, mostrando los pocos dientes que les quedan.
Mostrando el hambre de muerte.

Tonn acelera, pero con el freno de mano puesto, así que la camioneta se limita a lanzar barro con sus ruedas traseras hacia los Infectados, pisoteando la hierba. Nei y yo vigilamos la parte trasera, y voy comprendiendo la magnitud de la situación. Por la palidez del rostro de Nei, me imagino que ella también ha comenzado a entender el motivo de tanta urgencia.

Los primeros Infectados se aferran a la camioneta. La sangre me gotea por el hombro y mancha mi camiseta; Eso los vuelve locos de hambre y ansia.
Nei no duda. Quita el seguro de la pistola, con un suave “Clic”, y dispara, sin el silenciador puesto. ¿Qué más da? Ya los tenemos encima.

El Infectado cae al suelo, muerto por fin. Agarro mi pistola, y le quito el seguro, imitando a Nei. Trago saliva, mientras pienso en que clavarle una punta de flecha a uno de ellos me resultó más sencillo.

Erro en el primer disparo. La bala pasa rozándole el hombro. El segundo tiro se lo perfora, pero entonces recuerdo las palabras de Rober.
Siempre a la cabeza.

* * * * * *

Llevamos media hora disparando contra los Infectados, que no se cansan de arremeter contra la camioneta. La munición comienza a escasear, y no disponemos del tiempo suficiente para buscar las reservas en las bolsas.
Tonn sigue tirándoles barro, pero eso no frena su avance. Al contrario, parece que los incita a seguir adelante, a agarrarse a los bordes de la plataforma, tirando de nosotros.

La sangre del hombro ya se me ha secado, pero la herida aun no ha cicatrizado, por lo que los Infectados siguen sintiéndose más atraídos hacia la parte de la camioneta en la que me encuentro.

Entonces, una flecha pasa silbando por mi izquierda, hundiéndose en el cráneo de uno de los Infectados. Giro la cabeza, y me topo con los ojos color café de Rober.
Alex corre hacia la camioneta, y, de un salto, se sube a la plataforma. Tiene el pelo alborotado, la mirada lejana, y la respiración acelerada.

Rober abre rápidamente la puerta del copiloto, y se sienta en el viejo sillón de cuero.

Los Infectados aprovechan este intermedio para abalanzarse contra nosotros, justo en el momento en el que Tonn enciende el motor haciendo que la camioneta salga disparada hacia la espesura del bosque por fin.

Me ha atrapado. El Infectado se ha aferrado a uno de mis tobillos, empujándome a lo más hondo del bosque, hacia la muerte.
Pero mis uñas, mis dedos cansados, se han aferrado a enganche que antiguamente se usaba para acoplar los remolques.
Por un breve instante, parece que el Infectado se va a soltar. Por un instante, parece que Tonn ha frenado la camioneta, percatándose del peligro que corro.
Por un instante, la mirada de Nei es de alivio, en lugar de horror.

Pero la camioneta coge más velocidad. El Infectado hunde las uñas en mi tobillo, creando una pared de dolor detrás de mis ojos. El rostro de Nei se contrae en una mueca, en un grito.
Veo los árboles pasar a toda velocidad, y el Infectado siendo arrastrado por la tierra, contra la arena, aferrado a mi tobillo. Se está comiendo el polvo, literalmente.
Soy consciente de que corro el riesgo de ser arrastrada con él si no consigo subirme a la plataforma, antes de que mis dedos se escurran por el enganche.

Grito, e intento zafarme de sus garras. Con mi pierna libre le empujo, le golpeo los hombros. Pero la postura en la que me encuentro hace que el dolor me carcoma a cada movimiento brusco.

Rober ha lanzado varias flechas, pero al pasar junto a mi rostro, teme lanzar más. Han avisado a Tonn de la situación, pero todos sabemos que, si la camioneta se detiene, aunque sean cinco segundos, los Infectados se nos echarán encima, arrastrándonos a todos hacia las profundidades. Así que lo único que me queda, es rezar por no soltarme.

En ese instante, algo metálico, algo sostenido contra mi pecho, hace que la adrenalina suba por mi cuerpo.
Los dedos se me agarrotan en torno al enganche, y sé que no aguantaré mucho más.

En un movimiento que yo misma calificaría de suicida, suelto una mano. La cuelo por el interior de la camiseta, y me aferro a la pistola con todas mis fuerzas. Sin poder girarme, pues las fuerzas me fallan, apunto a ciegas con la pistola, hacia donde creo que está la cabeza del Infectado.

Pero fallo.

Lo sé porque sus dedos siguen hundidos en mis tobillos.

Vuelvo a colocar la pistola por encima de mi hombro, pero esta vez ladeo el cañón hacia abajo ligeramente. A ciegas. Disparo.

El sonido del disparo hace que los oídos me estallen, pero la presión de mi tobillo se libera.
Hago contrapeso, y, justo cuando creo que voy a caer, que la masa de Infectados se me echará encima, que primero cortarán mi piel con sus dientes y luego devorarán mi interior, varias manos tiran de mí.

Los ojos azules de Nei, cubiertos de lágrimas, es lo último que veo antes de desmayarme en el suelo de la plataforma.

* * * * * *

-Bice, nueva, eh, despierta. Que te hayas librado de morir a manos de docenas de Infectados no quiere decir que puedas echarte la siesta todo el día.

La voz burlona de Tonn me despierta, y siento dolor en tantas partes de mi piel, que no podría contarlas todas. Eso, sumándole el pitido constante de mi oído.
Abro los ojos, y observo el terreno en el que nos encontramos.

Es el borde de un precipicio, o esa es la primera impresión que tengo. Pero, al escudriñarlo mejor, me doy cuenta de que es una colina.
Por el rabillo del ojo, veo unas formas que se entrelazan en el horizonte, algunas semiderruidas. El ambiente es tranquilo, y el frío suelo de la plataforma de la camioneta se me antoja muy incómodo.

Me incorporo, sentándome. Observo de nuevo mi alrededor, esta vez con más claridad. A mi izquierda se extiende el bosque, y me doy cuenta de que la camioneta está ladeada. A mi derecha se extiende la ladera de la colina, que desemboca en…
Una casa. Una casita de campo. Mis ojos piden más, y continúo escrutando con la mirada la hierba, el terreno. A esa casita la precede otra, y al cabo de unos segundos, otra más.
A medida que voy alejándome más con la mirada, las casas van transformándose; Se convierten en edificios de dos plantas, y más tarde, el suelo comienza a estar empedrado.
Pronto, vehículos comienzan a poblar las improvisadas calles, y las piedras se transforman en asfalto.

Un cartel enorme llama mi atención. Leo las primeras palabras, “Bienvenid@ a…”, pero los ojos de Tonn se interponen en los míos. Cuando voy a espetarle que se aparte, separa los labios, y sé que no me hace falta terminar de leer el cartel.

-Bienvenida a Suburbia, Bice. –Sonríe burlonamente, como si me diese la bienvenida al mismísimo Infierno.

Y sé, ahora, mirando los edificios derruidos, que me conozco esta ciudad mejor que ellos. Porque cada calle, cada casa, cada fachada y cada tejado, gritan en mis recuerdos.

Un día más... El Sol salió.