jueves, 1 de mayo de 2014

Capítulo 17: Las tropas sin luz.

Con más tardanza de la que esperaba, os traigo un nuevo capítulo: Las tropas sin luz. Como podéis ver, mi forma de narras las cosas ha cambiado mucho durante este tiempo (espero que para bien), y mi propia visión del relato también lo ha hecho. Me estoy centrando en la trama, en los personajes y en los sentimientos de nuestra protagonista, Bice. Estoy tratando de crear una trama más allá de la lucha contra los Infectados, y espero de corazón que os esté gustando.
En este episodio los saltos temporales continuan, siguiendo el hilo del capítulo anterior, revolviendo incógnitas... Y creando otras.
Sin más dilación, aquí lo tenéis. ¡Muchísimas gracias a todos por leerme!

Capítulo 17:
Las tropas sin luz.

La melodía es preciosa: Logra erizar cada vello que recubre mi piel, extendiéndose en forma de escalofrío por la espalda.

Por un segundo contenemos la respiración, atónitos: ¿Quién diablos puede estar cantando algo tan perfecto en mitad de esta devastación?
Los Infectados se agrupan en torno a la escalerilla de mano por la que hemos subido hace apenas unos minutos, gritando, arañando la pared y babeando. Estiran los brazos hasta casi desencajárselos, en un vano intento de atraparnos entre sus mugrientas uñas, para después despedazarnos sin piedad.

Contemplo la aglomeración de seres que se encuentran unos metros por debajo de nosotros, deambulando sin tregua. Me pregunto en qué momento lo perdieron todo, en qué momento dejaron de ser las personas que sus carnés de identidad aun dicen que son.
Los observo darse de bruces contra el mismo muro una y otra vez, y reflexiono sobre sus mentes, o sobre lo que queda de ellas. Pienso en sus vidas, en sus familias, en sus sueños. Pienso en cada una de las oportunidades que probablemente dejaron atrás durante la vida que tuvieron.
En el fondo sé que yo misma hasta hace unos meses tenía una existencia peligrosamente parecida a la que los no-muertos llevan: La de buscar algo desesperadamente, sin saber exactamente el qué. Gastar siglos si hace falta en darle vueltas a la misma calle, y no encontrar la salida. Perder la vida en cosas inút...

Nei y Alex abren los ojos exageradamente al oír algo que siento muy lejano. Se miran entre ellos, y acierto a escuchar los últimos acordes de la melodía que nos embelesó hace unos instantes. Seguidamente apartan la vista, al tiempo que Nei pierde todo rastro de color que pudiese quedar en su piel, ahora tan pálida como las paredes de La Nevera.

**

Cuento las estrellas, sonriendo al pensar que muchas de ellas llevarán extintas miles de años.
El fuego se ha consumido completamente, pero en el ambiente aun se nota la calidez que ha dejado impregnada la hoguera. Tumbada de espaldas solo veo el oscuro firmamento, y nada más parece importar.

Sin embargo, decido incorporarme y contemplar la ciudad.
Suburbia, derruida desde dentro.

Los edificios lógicamente siguen en pie: Tan solo hace un par de días que todo esto comenzó, y apenas se nota el abandono al que se está viendo expuesta.

Observo sus calles, sus casas y sus plazas, y de no ser por la ausencia de luz artificial y por la presencia de numerosos seres que reptan sedientos de carne, diría que es la ciudad más bonita que he visto.
Pero los aullidos, el sonido de pies golpeando el asfalto incansablemente toda la noche, o mi propio miedo, me impiden verla más allá de las ruinas en las que dentro de poco temo que se acabe transformando.

-Llevas muy poco por aquí, ¿Verdad?

Su voz ronca interrumpe mis pensamientos.
Me tomo un segundo para contestar, girándome y fijando la vista en él. Está tumbado a varios metros de mí, con la vista clavada en la escopeta de la que no se separa. Hace rato que comenzó a limpiarla, desmontándola y revisándola pieza por pieza, cerciorándose de que todo estuviese en orden. No ha levantado los ojos del arma.

-Ya conocía esto de antes. Hace varios años vine con mis padres a ver un espectáculo, pero no vivo aquí, obviamente. Mi pueblo está a varios kilómetros hacia el este. –Lo observo, pero no hace el más mínimo gesto que me transmita que me ha oído.

Justo cuando estoy a punto de darme la vuelta y echarme a dormir, aparta el arma y me mira directamente a los ojos.

-No me refería a eso. –Se toma una pausa para echar un vistazo descarado a mi ropa, a mi pelo y a las pulseras que llevo en la muñeca. –Me refería a que hace pocos días que has salido de tu burbuja, ¿Me equivoco?

¿De qué leches está hablando este tío? Le devuelvo la mirada, enarcando las cejas e intentando averiguar a qué puede referirse. ¿Qué burbuja?

-No me digas que aun esperas que de un momento a otro aparezcan los coches de la pasma para llevarte devuelta a casita con tu madre, ¿No? –Su voz es pausada, casi como si se estuviera dirigiendo a un niño pequeño. Me irrita de tal modo su tono, que no puedo evitar ponerme a la defensiva y removerme en mi sitio, irguiéndome.

-¿Y qué si lo espero? No te voy a negar que esto es algo muy grave, pero en la ciudad de la que vengo no había ni un solo bicho de esos. –Digo, echándole una rápida ojeada a los seres que más abajo nos esperan. –Quiero decir, el Gobierno estará tomando cartas en el asunto, y dudo mucho que las autoridades o el ejército se queden atrás en algo como esto, que podría extenderse por toda la provincia o incluso la comunidad.
 
La carcajada que sigue a mis palabras, proveniente de lo más profundo de su ser, logra asustarme más que cualquier criatura a la que hoy haya tenido que enfrentarme.

*
-¡No hagáis tanto ruido!

Alex avanza a toda velocidad por los pasillos de la Nevera, seguido de cerca por Nei y por mí a escasa distancia.
La putrefacción, la sangre y los huesos desperdigados nos acechan en cada esquina, impregnando la atmósfera del edificio entero. Corremos sin descanso desde que conseguimos colarnos por una de las puertas de emergencia, la única que no estaba atrancada.

Cientos de maniquíes, productos envasados y ropa de marca nos observan desde los escaparates, que dejamos atrás conforme nos adentramos en la Nevera.
Cuando entramos, lo primero que sentí fue el aliento cálido en mi rostro del aire que lleva meses apresado en su interior. La puerta se hallaba cerrada, pero, sorprendentemente, nada la taponaba desde el otro lado, por lo que conseguimos echarla abajo.
Alex nos pidió silencio de inmediato, aunque ni Nei ni yo pensábamos articular palabra.

Aun resonaba en nuestra cabeza la melodía, torpe y sin sentido.

Estiro el brazo. Uno de ellos ha salido de una de las tiendas, y se aproxima a nosotros, cortándonos el paso y con claras intenciones de banquete.

‘Diez, veinte, tres fueron y tres bastaron...

El muerto sigue tambaleándose hacia nosotros, con las fauces abiertas de par en par y un solitario mechón de pelo teñido de verde colgándole de la nuca.
Lo enfoco con la vista, y mis dedos se escurren hacia el gatillo, buscando la inminencia del sonido sordo.

...Primero la explosión, luego la devastación. Finalmente, el dolor de saber que no volvería jamás el Sol...

Nei me mira y se detiene justo por delante de mí. Me muerdo la lengua para no gritarle que se quite de en medio, que éste es mío, y veo el reflejo de las paredes blancas en sus ojos, imperantes y poderosos durante un segundo.

...Aunque por fin, inconscientes y desprevenidos, la burbuja les explotó.’

Segundo que basta para que Alex clave su escopeta silenciosamente en lo más profundo de la cabeza del Infectado, ya blanda por la descomposición.

*
Sin aliento, sin fuerzas y sin cordura. Sus palabras me desbaratan, hundiéndome en los más profundos confines de la realidad.

-La verdad es que es increíble. ¿Cómo ha podido resistir tanto tiempo un pueblo como ése, sin más protección que la de unos granjeros...? –Se pasea de un lado de la azotea al otro, con las manos en los bolsillos y la vista fija en el suelo.

A estas alturas me da igual que insulte a la gente de mi pueblo. Me da igual que diga que somos gente simple, de tierra. La servidumbre de Suburbia, casi puedo leer entre líneas.
Porque hace tres meses. Tres meses desde que el mundo se fue a la mierda, y yo me entero ahora.

Cuando lo dijo, me reí, creyendo que por primera vez en todo el día se había tomado una licencia y había soltado una broma. Pero no lo era. Apenas unos segundos después de reírse escandalosamente, y tras ver que yo no me reía, optó por explicarse.
Tres meses enteros desde que cayó el último foco de resistencia. Tres meses y dos semanas desde que la infección comenzó a propagarse en varios puntos del mapa a la vez.
-Me estás diciendo... ¿Que no hay Gobierno? –Tomo aire al sentir las náuseas invadiéndome, pero me recompongo al momento. -¿Que nadie controla esto, que nadie lo combate?

Se detiene en seco, y se rasca el antebrazo. Le miro fijamente a los ojos, y aparta la vista por primera vez. Cierra los ojos y suspira, para abrirlos de nuevo y observarme con ese cansancio que ya parece tan propio en él.
Con un par de pasos se acerca, para seguidamente sentarse en frente.

-No, no lo hay. Ni siquiera hay algún tipo de organización más allá de las alianzas entre supervivientes. Hace meses que dejó de llegar algún signo de vida proveniente de los de arriba. –Carraspea, y sé que me espera una historia tan digna de las películas de ciencia ficción que me gustaban cuando era pequeña, como verídica. –Al principio llegaban pequeñas noticias, puntuales columnas en periódicos, a las que nadie prestaba atención.
>>En varias partes del mundo, una infección hasta ahora desconocida se estaba propagando rápidamente por las ciudades y pueblos. Hasta ahí, todo sería perfectamente normal; Un brote de alguna nueva enfermedad que se lleva por delante a algún viejo y que mantiene en cama durante algunos días a la gente de a pie. Se habló de una vacuna, de una solución propuesta por la Asamblea Internacional... Bulos, que no sirvieron de nada. El verdadero miedo comenzó a hacerse notar cuando se escucharon las primeras historias de muertos que volvían a levantarse.

Hielo en lugar de sangre, es lo que siento según va avanzando en su relato. Muertos... Que vuelven a la vida. Los aullidos de los seres me inundan los oídos con máxima claridad, ahora que soy plenamente consciente de ellos. De lo que significan.

-Por supuesto, sobra decir que los hospitales colapsaron, y que las poblaciones en las que aún no había sucedido esto, apenas tenían información. En realidad de poco les hubiera servido, pues en un par de días tenían a los zombies en sus casas llamando a la puerta. –Carraspea, y pese al tono jocoso de su voz, sé que lo que me está contando no le hace ni pizca de gracia. –Poco más puedo añadir, salvo el hecho de que me resulta increíble que nada de esto haya afectado a tu pueblo.

Mi cabeza gacha se balancea de un lado a otro, negando sin palabras.

Debo volver.

*
Cientos, quizá miles, logro contar. Se agolpan en el interior de las tiendas, cerradas desde que el pánico corrió como la pólvora. Pueblan los pasillos que van de un establecimiento a otro, caen de bruces al llegar a las escaleras mecánicas y verse arrastrados por éstas, que aun siguen en funcionamiento.

De momento no hemos tenido que gastar ninguna bala; Los pocos Infectados que se han cruzado en nuestro camino han sido degollados por Alex. Mientras corremos atravesando la Nevera, pienso en la enorme suerte que tuvimos al encontrar una salida de emergencia que conectaba con el piso superior, que nos mantiene relativamente a salvo, pues los muertos se agolpan en el piso inferior. La cantidad de seres me asusta e impresiona a partes iguales.
Alex se detiene y nos hace una seña, indicándonos que giremos a la derecha. Nei y yo le obedecemos, y nos internamos en un pasillo secundario, el cual es mucho más estrecho que el amplio corredor por el que habíamos ido hasta ahora.

El orden ha cambiado, y ahora Nei va en cabeza, seguida por Alex, y finalmente por mí, que me quedo algo rezagada. Giro la vista, y observo el largo recorrido que hemos hecho; El suelo blanco y las paredes del mismo tono abarcan toda mi vista, pareciéndome infinitas hasta allá donde no puedo ver.
Me percato de que Nei y Alex han avanzado unos cuantos metros por delante de mí, y emprendo la carrera de nuevo.

~

Numerosos carteles publicitarios, flechas indicándonos la entrada a una tienda o letras gigantes pegadas a las paredes parecen darnos la bienvenida a una zona completamente diferente de La Nevera. Tras atravesar el callejón por el que hemos cambiado nuestro rumbo, una enorme plazoleta se extiende ante nosotros, en el mismo corazón del Black’s & Jake.

Desplazo la vista en derredor, asombrándome por el inmenso espacio en el que ahora nos encontramos. Una vez hemos dejado atrás el atajo, ralentizamos la marcha y nos paramos a contemplar la majestuosidad del lugar. Una fuente en mitad de la plaza se yergue a varios metros de altura, coronada por una figura de metal; Un león, sobre cuyo lomo un caballero vestido con ropajes de acero parece saludarnos desde las alturas. Varias figuras de diferentes animales rodean a la del felino, escupiendo agua por sus respectivas fauces desde hace varios meses, sin pausa.
De repente, una idea me cruza la mente.
No es un centro comercial. Es una ciudad.
La idea me parece tan estúpida y a la vez tan obvia, que no puedo evitar soltar un bufido jocoso.

Alex y Nei se giran para mirarme, con un claro gesto de incomprensión en sus rostros. Alex me observa con una mezcla de su habitual antipatía y una creciente curiosidad. En los ojos de Nei, por el contrario, puedo ver una chispa de diversión y un leve deje de inocencia.

-¿De qué te ríes, Bice? –Por fin abren la boca, pronunciando estas palabras al unísono. Durante unos segundos nos quedamos en silencio, solamente interrumpido por el chapoteo incansable del agua.
Después, Nei y yo nos intercambiamos una mirada, echándonos a reír al instante. Alex arquea una ceja, para después sonreír y seguirnos el juego aunque solo sea durante un momento.

Nos permitimos relajarnos y nos regalamos una tregua de varios minutos, durante los cuales tomamos asiento en uno de los bancos que rodean la plazoleta. Respiramos paz, y la tranquilidad conseguida por este lugar tras meses de abandono se hace palpable, hasta el punto de lograr hacernos olvidar lo que ocultan estas paredes.

Alex juguetea con su escopeta, pasándosela de una mano a otra y dirigiendo furtivas miradas de vez en cuando a las múltiples entradas que rodean la plazoleta. Estamos rodeados de media docena de bocacalles, por lo que dudo mucho que tengamos algún problema para escapar, en caso de que los Infectados nos hayan olido y decidan acercarse a buscar camorra.

-Y entonces Jim se dio cuenta de que el problema no era que las gallinas no pusiesen huevos; El problema estaba en que los escondían en sus nidos y no había nadie que pudiese quitárselos. Bueno, miento, porque Espe sí que podía. Aun no me explico cómo lograba moverlas... –Nei sonríe y habla abiertamente, como nunca la había visto. Sus ojos, especialmente expresivos, muestran un brillo lleno de vida al hablar de Jim y contar anécdotas del Campamento.

Alex y yo la escuchamos, sonriendo cuando nos cuenta que una vez, Tonn alimentó demasiado a las gallinas, ganándose así un sermón impresionante por parte de Jim.

Mientras, el primer Infectado ya ha entrado en la plaza, tambaleándose y gruñendo.
A éste le sigue otro, y, apenas un parpadeo después, un pelotón entero de ellos invade la plazoleta, apareciendo por todas las entradas que la rodean. Algunos manchan el suelo blanco de rojo oscuro, y otros se arrastran hacia nosotros dejando un reguero de sangre tras de sí.

Siento el cuerpo paralizado, y las manos agarrotadas. La boca se me seca, y un sudor frío recorre mi espalda, provocándome la misma sensación que la melodía que oímos a las afueras de La Nevera.
Pero esta vez los escalofríos son de horror.

Nei lleva varios segundos en silencio, tras interrumpir el relato que nos estaba contando.
Alex ya se ha puesto en pie, y está gritándonos palabras que no logro oír.
Mis músculos no reaccionan, y mi propia mente está embotada, llena de un solo pensamiento que me produce arcadas.
La Nevera es un círculo gigante, en cuyo interior todos los caminos llevan al mismo lugar; La fuente, perenne testigo a nuestras espaldas.
Seis caminos que se entrelazan en un maquiavélico laberinto, y cuyas entradas en este preciso instante se están llenando de cadáveres andantes.

Mis piernas y mi sentido común me empujan a que me ponga de pie, y es justo lo que hago. Sin embargo, nada más hacerlo, comprendo que de poco me servirá.
Veinte metros, quince, avanzan. Nei, a mi lado, me sacude por los hombros, mirándome a los ojos. Alex, a varios metros de mí, escruta cada pasillo.
Su expresión muestra la muda comprensión de quien sabe que no hay escapatoria.

Pienso a toda velocidad, y recorro cada rincón de la plaza, en busca del salvavidas que nos saque de esta.
De repente, Alex agarra mi muñeca y tira de ella, sacándome del estado de histeria en el que estaba entrando.
Un minuto después, con cientos de Infectados ocupando el lugar en el que apenas unos momentos antes charlábamos, nos internamos en un restaurante en el que no puedo evitar sentirme la comida del día.

~
-¿¡Estás loco!? ¡Ahora sí que no podremos salir nunca de esta endemoniada plaza, imbécil! -Le chillo a Alex, y los gritos resuenan por toda la recepción del restaurante, pero poco me importa.

Casi logran cercarnos, y ahora mismo estaríamos siendo pasto del hambre de esos muertos. Tras comenzar a correr, me percaté de que nos estábamos dirigiendo hacia uno de los extremos de la plaza, en el cual hay varios comercios y restaurantes. Uno de ellos, (El Rincón de la Torre, rezaban las letras en cursiva sobre una de sus vidrieras), no necesitó de muchos intentos por nuestra parte para lograr abrir las puertas de cristal.

En su interior, varios seres giraron la cabeza al mismo tiempo. Algunos sentados, otros en la recepción, varios tirados por el suelo, y alguno que otro de rodillas, aun en posición de rezo.

Con la mano temblando, saqué la pistola y apunté.
Un vacío “click” proveniente del arma me dio la bienvenida, y supe que ahora dependía plenamente de la suerte.

*
El amanecer está cerca; Las nubes se ven ligeramente iluminadas por un resplandor rosado que anuncia la llegada del día.
No he dormido en toda la noche, cavilando y reflexionando. De todas formas, los insectos apenas me han dado tregua.

Me incorporo, y comienzo a recoger la chaqueta que me ha servido de almohada. Seguidamente me pongo en pie, y me acerco silenciosamente al lugar que ocupa el chico que me salvó hace unas horas de una horda de esas personas que aun me cuesta catalogar como muertas.

A varios metros de él se encuentra su bolsa, de la cual no se ha separado en todo el tiempo que hemos pasado aquí arriba. Camino varios pasos y me acuclillo, para comenzar a hurgar en sus pertenencias.

Varios frutos rojos que no reconozco, un cuchillo y una pequeña cantimplora, la cual presupongo que le sirve de reserva en caso de que se le agote el agua que lleva en una botella más grande, es todo lo que cojo.
Me dispongo a ponerme en pie, pero justo cuando lo voy a hacer, algo me frena.

Unas letras, remendadas varias veces y cosidas en el borde interior de la bolsa, llaman mi atención.
Alex, logro leer.
Poco después me alejo de Suburbia.
*

[FIN DEL CAPÍTULO 17].
Un día más... El Sol salió.

lunes, 28 de abril de 2014

Tiempo.

En primer lugar, quiero disculparme, pues os voy a pedir más de lo que os llevo pidiendo dos años. Tiempo. He retomado el blog hace tan solo un par de días, y quiero repetir lo que ya he dicho; No sé a dónde va esto, pero como mínimo, quiero enmendarlo.Y, antes de que resopléis y digáis "¿Más tiempo? ¿No te bastan dos años?", quiero explicarme.
Estamos a finales de Abril, con los exámenes y fin de curso a la vuelta de la esquina. Es el último tramo antes de terminar el instituto hasta septiembre, y tengo que hacerlo bien, o no veré un pc hasta dentro de 30 años.
Por ello quiero pediros paciencia; No os pido que miréis el blog todos los días, pues no voy a subir capítulo todos los días ni mucho menos. Pero tampoco quiero que penséis que voy a volver a dejarlo de lado. Todos los días trato de escribir al menos, una página. Los fines de semana adelanto bastante, pero aún así, al acabar un capítulo, debo revisarlo y corregirlo antes de subirlo, lo que es aun más trabajoso que la primera parte.
Con esto quiero decir que no tengo horarios ni fecha de entrega de cada uno. Subiré cuando pueda, cuando tenga ganas. No puedo decir que subiré cada dos días, porque sé que no lo voy a cumplir. Pero sí prometo avisar cada vez que suba capítulo, y también que cuando nos den las vacaciones subiré más regularmente.
Una vez más, muchas gracias por leerme, y me despido con la promesa de que en un par de días tendréis el capítulo 17:  Las tropas sin luz.
¡Muchas gracias a todos!
Un día más... El Sol salió.

sábado, 26 de abril de 2014

Capítulo 16: Como un martillo en la pared.

Creo que después de dos años, todos (incluso yo misma) necesitaremos orientarnos de nuevo un poco en la historia y en el orden cronológico. Sobre todo teniendo en cuenta que este capítulo contiene varias líneas temporales:
Por un lado, tenemos a Bice, Nei y Alex a las puertas de la Nevera, y a Tonn y Xev lejos de ellos, en alguna otra zona de Suburbia que aun no se sabe. (Esta línea temporal no sale en este capítulo).
Aquí se narran los hechos previos a la llegada de Bice al campamento: Si hacéis memoria, ella estaba de viaje en una gran ciudad, junto con Lisa, su mejor amiga. Sin embargo, una mañana la llamaban urgentemente porque debían regresar al pueblo por cualquier medio.
El capítulo alterna la estancia de Bice en la ciudad, la huída y... Bueno, ya lo veréis.
¡Espero que os guste!

Capítulo 16.
[Como un martillo en la pared]
****
Las llamas de la improvisada hoguera crepitan ante mí, haciendo sucumbir levemente la oscuridad que desde hace un par de horas nos envuelve. Hace rato que la conversación murió, y yo no logro encontrar palabras que puedan expresar el desorden que mi mente se empeña en formar cada vez que trato de recordar lo ocurrido.
Me río en voz baja, de manera que el chico (¿Chico? Un niño no le reventaría la cabeza de esa forma a los cadáveres andantes de por aquí) no me oiga.
Horas.
Eso es lo más gracioso de todo, me repito a mí misma. Que tan solo han pasado horas, y es como si llevase meses viviendo en la más sucia pobreza.

La carcajada esta vez es irrefrenable. Me asciende por la garganta, y juguetea un poco con la comisura de mis labios, antes de salir a borbotones.
¡En la pobreza, dice! Por lo que he podido comprobar, ahora poco importan los billetes que lleves en la cartera. Como mucho, uno de los grandes serviría para limpiarse el culo en lugar de tener que recurrir a esas hojas que te dejan escozor.
Concluyo que poco importaría ahora mismo no saber sumar ni haber pisado un colegio en mi vida, en el preciso instante en el que el chico se gira hacia mí, escrutándome con la mirada.

-¿De qué coño te ríes? –Me pregunta, con esa delicadeza que hace poco he descubierto que le caracteriza.

Estudio sus ojos, que acallan mi risa al instante. Parecen cansados. No, diría que es más que eso; Muestran miles de destrozos.

Giro la vista, sin querer contemplar durante más tiempo los pozos negros que ahora me observan inquisitivamente.

-De que es surrealista. Hace apenas medio día estaba junto a mi mejor amiga, recorriendo las calles de la ciudad en la que se supone que debería estar pasando las tres mejores semanas de mi vida, y ahora... –Realizo una pausa para tomar aliento y recrearme en los recuerdos; Esos que ahora se alejan a toda velocidad, haciéndome sentir en otra realidad. –Ahora estoy aquí, al lado de un tío que tiene más puntería que uno de esos pistoleros de la tele, viendo arder sillas de una casa a la que probablemente no podría aspirar en la vida.

Sonríe. O eso creo. No sé si le hace gracia, o que he dejado entrever demasiado mi desorden mental.

-Podrías estar en el estómago descompuesto de alguno de esos bichos. –Se detiene para avivar el fuego, y tras hacerlo, continúa. –O, mejor aún, podrías ser uno de esos bichos. Podrías estar vagando por ahí con medio cuerpo colgando tras el banquete que se habrían dado contigo.

Ahora sí que sonríe, y me percato de lo sumamente inconsciente que debo de estar pareciendo ante sus ojos. Exactamente igual que hace unas horas.
*****
El viento silba a mi alrededor, y una hoja de periódico se ve arrastrada a la copa de un árbol cuando por fin termino de atravesar la enorme espesura del bosque que llevo medio día recorriendo.

Me hallo en el borde de una colina, justo en la frontera que marca los límites entre la ciudad y la naturaleza.
Suburbia se alza ante mí, tan imponente como la primera vez que la vi. Tan solo he estado aquí un par de veces; Aquellas en las que mis padres me han traído para ver algún espectáculo o para visitar a mis abuelos.

Dudo por un instante: ¿Dónde estarán mis padres? La última conversación que tuve con mi madre ni siquiera podría considerarse tal. Recuerdo los sonidos al otro lado de la línea. Recuerdo que me pidió que no olvidase quién soy.
O mi incertidumbre cuando se cortó la llamada, con el sonido frenético de las sirenas de los coches de policía de fondo.

Sin embargo, todo eso ahora mismo no tiene mayor importancia. Mi mayor prioridad ahora mismo es encontrar a mis abuelos, contarles lo que ha pasado y tratar de contactar con mis padres. He barajado la posibilidad de ir directamente a mi pueblo y buscarlos allí, pero la he desechado al instante.
Mi casa está a más de una semana a pie, y no cuento con más método de transporte que mis piernas.

Así que aquí estoy, encarando una ciudad que hace cinco años que no visitaba, y tratando de recordar el mapa mental que formé en aquella época de sus calles, para lograr orientarme y llegar hasta mi destino.

Estudio desde la lejanía la forma de la ciudad, reconociendo edificios que conozco y haciéndome una idea aproximada de a qué distancia está la casa de mis abuelos.
Calculo que a unos veinte o treinta minutos andando desde el punto en el que estoy, en caso de que no me pierda o...

*

Cada vez los fogonazos son mayores; El ruido de las sirenas, de los coches y de la gente no tarda en llegar hasta mis oídos y proyectarse en leves murmullos provenientes de mis compañeros. Todos están confundidos, y ninguno tenemos ni idea de a dónde nos llevan.

Ni siquiera sabemos por qué vamos en fila india por una calle en la que bien podrían caber 3 elefantes.

Un camión pasa a mi lado zumbando, mientras la bocina de un coche no deja de sonar a pocos metros de mí. No logro comprender por qué la gente está histérica.

Lisa me golpea el talón con la punta de su zapato sin querer, y me giro en redondo para mirarla. La interrogo con la mirada, preguntándole sin palabras el por qué de su creciente nerviosismo.

No me hace falta oír la respuesta.

Al girarme logro divisar al fondo de la calle una aglomeración de personas, que súbitamente se ven acorraladas por...
¿Policías?

En el mismo instante en el que distingo los uniformes, una granada es detonada en el centro del gentío.

Aparto la vista justo a tiempo para que mis oídos se vean inundados por gritos desgarrados.

Lisa me empuja, y yo camino sin rechistar.

*
Camino por sus calles desoladas, antaño tan luminosas y llenas de vida como el mismo Sol. Los recuerdos de mi infancia me acorralan, me juzgan sin piedad e invaden hasta el último rincón de mi mente, taladrándome con un agónico “¿En qué te has convertido?”.

La ciudad hace rato que me engulló, y a punto he estado en varias ocasiones de perderme por su asfalto y dejarme llevar, hasta lograr olvidar el motivo de mi visita. A veces reflejos de algún cristal roto llaman mi atención, o las hojas perdidas de un periódico roto acaban distrayéndome.
Una vez establecida mi meta, he dejado mis pensamientos volar libres entre los límites de lo real y de la imaginación.
¿O acaso mis últimas vivencias no son dignas de la más alocada fantasía?

Sin embargo, pese a todo lo que ha pasado, vuelvo una y otra vez a la misma idea. Al hecho de que algo está verdaderamente mal.

Dejo atrás edificios, residencias, panaderías, tiendas de ropa, hoteles, albergues, sin prestarles la más mínima atención.
Llevo prácticamente todo el día andando, desde que Tim irrumpió en mi cuarto a las seis y media de la mañana, con el pretexto de que había una reunión urgente. Los pies me gritan de dolor, se retuercen dentro de los zapatos.

Doy tumbos de calleja en calleja, sintiendo el Sol tostarme la piel, cubierta de sudor por la larga caminata. El día hace rato que entró en declive, y la tarde se abalanza ya sobre mí. Dentro de poco comenzará a hacer frío, pues las noches de otoño comienzan a hacerse notar. El calor de hace unas semanas, cuando cae la noche, se esfuma completamente.

El sudor comienza a secarse sobre mi cuello, y las leves corrientes de viento me erizan el vello, provocándome escalofríos. Lentamente, comienzo a salir de mi ensoñación, al tiempo que mi estómago exige comida urgentemente, y las piernas suplican por un descanso.

Un banco con la pintura desgastada y patas de metal oxidado, parece estar desesperándose porque alguien ocupe un lugar sobre él después de un largo período de inactividad.
No me lo pienso dos veces, y me acerco.
Retiro las hojas que tapan el asiento, y limpio con el borde de mi camiseta los restos de algún extraño fluido que lo cubría.

En el mismo segundo en el que me inclino y suspiro al descansar por fin, un chillido a mi espalda me sobresalta.

Lo que veo al girarme, incrédula, me deja sin aliento durante más de medio minuto.

*
-Pasajeros del  vuelo A-23 con destino a Ámsterdam, pueden comenzar a pasar a la Sala de Inspección, gracias. Con esto se da por cerrada la Terminal hasta nuevo aviso.

Me remuevo en el asiento, incómoda. Lisa está a mi lado, libro de crucigramas en mano, tratando en vano de concentrarse. Contemplo sus facciones, y la miro fijamente durante varios segundos.
Finalmente cierra la libreta y me mira directamente a los ojos.

-Tía, ¿Puedes dejar de mirarme así? –Sus ojos aguamarina se clavan en los míos. Ya van dos veces en un mismo día que me mira de esa forma, pese a que jamás lo había hecho antes.

Siento la gravedad en el ambiente, las consecuencias que nos estamos viendo obligadas a vivir. Las consecuencias de un fallo que probablemente habrá desencadenado en mil más, en una extensa red de casualidades y errores consecutivos que nos han llevado a, con toda seguridad, tener que pasar una noche en la sala de espera de la última Terminal en funcionamiento de todo el país.

Lisa también lo siente, y trata por todos los medios de que no pueda adivinarlo en su rostro.

Aparto la vista de ella y la dirijo hacia el techo, donde comienzo a contar los azulejos que lo forman. Me relajo durante unos instantes, hasta que oigo la voz amortiguada de Tim, mi monitor, desde una de las salas contiguas.

-¡Tengo cincuenta niños a mi cargo! Por favor, en momentos como éste, es cuando se ve de verdad la humanidad de las personas, y me juego un dedo a que usted no haría algo tan deshumanizado. –La desesperación se hace más y más patente a cada palabra que pronuncia.

-Se lo vuelvo a repetir, señor; Todo esto no está en mi mano. Si pudiera, dejaría entrar a cada una de las personas que están ahí fuera esperando un avión que probablemente no verán. Pero no puedo. Nadie de aquí puede, pues las órdenes vienen de arriba. O de lo que queda de ellos...-El sonido atronador de un disparo lo interrumpe antes de que pueda acabar la frase.

Me sobresalto, llevándome las manos a los oídos justo a tiempo para ver la conmoción general.

Un bebé ha comenzado a llorar al otro lado de la sala de espera, mientras su madre trata de consolarlo acunándolo entre sus brazos, en vano. El niño patalea, intranquilo, mientras todos a su alrededor nos vamos alterando más y más a cada segundo que pasa.
Poco a poco, las personas que llenan la sala de espera comienzan a ponerse en pie, y los que ya lo estaban, a encaminarse hacia la puerta de salida.

Miro a Lisa, que también se ha incorporado. Me mira fijamente, esperando que agarre mi maleta y salga con ella a buscar a quien sea que pueda darnos información sobre lo que está ocurriendo.

Así que me levanto, al tiempo que Tim entra en la sala y nos hace un gesto con la mirada, indicándonos que le sigamos hacia la salida.

*

Me persigue un ser sin brazos, tan solo dientes y carne ansiando hasta la última zona con vida de mi cuerpo.

La cosa que va tras de mí no deja de proferir chillidos idénticos al que me sobresaltó cuando estaba a punto de descansar en el banco. Va unos metros por detrás de mí, y, pese a carecer de brazos, (¡debería estar desangrándose!), su agilidad es enorme.
Casi como si fuese un ser humano.

Pero no lo es, no puede serlo. Numerosos indicios me lo confirman; Obviando el hecho de que sigue corriendo pese a faltarle dos brazos (¡aún sangrantes!), la pestilencia que emite, las zonas de su cráneo en las que numerosos parches sanguinolentos se extienden, o el vacío en su mirada, me advierten de que lo que va tras de mí no es sino producto de alguna clase de retorcido experimento biológico.

Sin embargo, la camiseta de Nirvana que lleva puesta, el colgante en el que distingo una foto con el rostro de una chica grabado, o las palabras “Carpe Diem” tatuadas para siempre en su antebrazo, se niegan a admitir que el lugar en el que están situadas lleva tiempo descomponiéndose.

Al principio no lo distinguí bien en la lejanía, y la primera impresión que me dio fue la de una persona sumamente desorientada y con problemas de coordinación al andar. Se tambaleaba, correteaba un poco, y luego volvía a decelerar el paso, acercándose cada vez más a mí.

En cuando identifiqué al ser que se estaba acercando a mí como una persona, alcé el brazo en un gesto de saludo. Entre mis pensamientos y los recuerdos al llegar a Suburbia, apenas me había dado cuenta de que no me he cruzado con una sola alma desde que salí de la Terminal y me interné en el bosque de las afueras de la ciudad. Así que me alegré de tener a alguien con quien compartir mis dudas.

Sin embargo, esa persona no me devolvió el saludo.

Se limitó a observarme y a seguir caminando hacia mí. Trastabilló y estuvo a punto de caer varias veces. Giré la vista, para contemplar el brillo del Sol reflejándose en los edificios, la armonía perfecta de la tarde cayendo y los ladrillos reluciendo. La suave brisa del día a punto de finalizar, el olor a otoño que poco a poco impregnaba el aire...

Le faltaban dos brazos.

Pero no le faltaban dos brazos de la manera que le pueden faltar a alguien a quien le han sido amputados quirúrgicamente. No. Le faltaban de esa manera que solo puede corresponder a quien le han sido brutalmente arrancados.
Pero no arrancados por un accidente, una mala operación o una enfermedad. No. Arrancados por otra criatura.

Por otra criatura que no creí que fuese muy diferente de la que se me acercaba.

Profirió otro grito, que se oyó demasiado cercano a mí. Para cuando volví a girarme, presa del pánico, ya podía distinguir la marca de su camiseta y el tatuaje que llevaba.
Unos segundos más tarde, casi pude verme reflejada en sus ojos blancos, carentes de iris o pupila.

Eché a correr calle abajo, sin pararme a pensar en si estaba alejándome o acercándome a la casa de mis abuelos.

No sé cuántas calles sorteamos, pero me sé al dedillo el número de lamentos que tuve que ignorar. Provenían de calles contiguas, edificios cercanos o de la otra punta de la ciudad.
Los oía por todas partes, y a cada paso que daba en mi desesperada huída, más sentía que no hacía otra cosa que internarme de cabeza en el infierno.

*

Agolpándonos unos con los otros, seguimos descendiendo calle tras calle, siguiendo las indicaciones de los monitores y de Tim, que nos llevan cada vez más y más lejos del centro de la ciudad, en el que estábamos instalados hasta hace dos horas.

Conforme hemos ido abandonando la zona central, los comercios y los bares, el silencio ha comenzado a reinar.

Durante un cuarto de hora tuvimos que recorrer el polígono industrial, en el cual no oímos ni una sola voz. Reinaba la calma total. 
Las aceras estaban desiertas, y en más de una ocasión tuvimos que sortear algún coche solitario, abandonado en mitad de la calzada.

Poco a poco vamos adentrándonos en la periferia de la ciudad. Caminamos por la cuneta de la carretera, para evitar correr riesgos de atropello. Sin embargo, llevo un rato preguntándome por qué no subimos a la carretera, pues no he visto pasar ni un solo coche desde que salimos de la zona poligonal.
Casas desperdigadas, pequeñas zonas de labranza y cultivos varios comienzan a hacerse abundantes en el paisaje, cada vez más campestre.

Poco a poco voy relajándome, segura de que los monitores saben lo que hacen. El grupo se mantiene compacto, y gradualmente comienzan a surgir las conversaciones, que habían sido acalladas durante el tiroteo de antes.

¿Tiroteo? No, no lo calificaría así... Eran numerosas explosiones, probablemente intencionadas, en mitad de la calle. Por más vueltas que le doy no logro encontrarle una razón lógica; Solo en mitad de una guerra civil o durante un atentado terrorista podría darse esa situación. Y ninguna de las dos tiene ni pies ni cabeza. Hace más de cinco décadas que reina la paz en este país, y un atentado terrorista no podría hacer reinar el caos general de esta manera en toda la ciudad y en los alrededores.

Debe de ser algo más.

Me llevo un dedo a la boca, y comienzo a mordisquearme las uñas. Es una costumbre poco higiénica que tengo, y que solo sale a relucir cuando algo me preocupa de verdad.

Todo parece tan tranquilo en medio de estos campos...

Caminamos durante cuarenta y cinco minutos más, hasta que logramos divisar a lo lejos una enorme silueta de hormigón y metal, sobre la que unas letras de neón gigantes rezan “La Terminal”.

Allí, el caos es absoluto.

*
La hoguera va consumiéndose poco a poco, pero no me preocupo; El viento que ha hecho durante el día, y el frío que ha reinado hacia la caída de la tarde han desaparecido, y se han visto sustituidos por la quietud de la noche y por el calor sofocante de una de las últimas noches de verano.

Estoy tumbada de espaldas, sobre el tejado de un edificio que probablemente hasta hace dos o tres días hacía las veces de panadería. Las estrellas invaden el cielo, han salido de sus jaulas ante el replegamiento de de las luces artificiales.

Como si de una pecera sin fondo se tratase, la Luna hace acto de aparición para mostrar una luz a lo lejos, a tantos kilómetros de distancia, como siglos parecen en mi mente las últimas horas.

Cierro los ojos y dejo que los sonidos nocturnos invadan mis oídos, tranquilicen mi alma y despejen mi mente de una vez.

Pero unos ojos azules sin fin me asaltan, me paralizan y dejan sin respiración.

La ciudad, mi madre llamándome y posteriormente cortando la comunicación. Tim, Lisa irrumpiendo en mi cuarto. La reunión, el caos desatado pocos segundos después, inamovible durante el resto del día. Las carreteras, la gente, los gritos. El horror. Los tiroteos, los disparos, el bombardeo. La Terminal, los aviones, el sonido ronco de seres que ya no viven.

Suburbia, después de tanto tiempo. Los recuerdos, las calles de nuevo. La cosa sin brazos que me confundió, asustó, y posteriormente persiguió.

Y el chaval que ahora, a mi lado, descansa después de haber perdido la batalla y haberse rendido a la locura de un mundo que ha perdido el rumbo.

[FIN DEL CAPÍTULO 16].
Un día más... El Sol salió.

Suburbia.

Sí, he vuelto. Probablemente todos pensaríais que nunca retomaría esta historia, pero lo he hecho.
Os debo una disculpa, a vosotros y a mí misma. Y una explicación.
Todo se remonta a hace cerca de dos años: Agosto, si no recuerdo mal. Por aquel entonces yo tenía puestas prácticamente todas las ilusiones de mi vida en esta historia, en los personajes, en la trama... Pero, sobre todo, en la gente que me leía.
Me encantaba entrar en las estadísticas del blog y ver las visitas subir y subir con cada nuevo capítulo. En cómo mis lectores se quedaban con la intriga y me motivaban a seguir con la historia.

Pero un día, eso se acabó. Entré en unos meses que preferiría no recordar, pero en los que cambié muchísimo. Por motivos personales que no vienen al caso, me vi obligada a plantearme de nuevo mi vida y a hacer frente a numerosos problemas que tenía entonces, que me quitaban las ganas de cualquier cosa que no fuese actualizar Twitter mecánicamente.

Poco a poco dejé abandonado el blog, la historia, y (lo que más me duele), mis ilusiones. Lo perdí completamente, hasta el punto de creer que jamás lo retomaría. Sencillamente, porque me había perdido yo misma.
Salí de todo eso obviamente, y hice de mi vida justo lo que quería que fuese. Hasta hoy.
Hace unos días, un hashtag bastante tonto me hizo reflexionar sobre lo que quería de verdad, mis expectativas de futuro, y todas esas cosas que nos planteamos cuando no tenemos ni idea de a dónde ir.
Y, una vez más, llegué a la conclusión de que nada de lo que he hecho en mi vida, me llena tanto como esto. Que si algún día quiero vivir de escribir, debo ponerme las pilas y no abandonar proyectos como este.

Y un comentario de una amiga, la cual me dijo que le dejé con mucha intriga, hizo que viniesen a mi mente en tropel Suburbia, Tonn, Alex, Nei, Bice, y con ellos, toda la ilusión que por aquel entonces proyectaba sobre estos folios.

No sé a dónde llegará esto: Ni siquiera sé si esto es una continuación definitiva, si he retomado las riendas o si tengo la suficiente ilusión como la otra vez. Solo sé que espero que sea el comienzo de algo, de un nuevo día.
Muchas gracias a todos por leerme, y, una vez más, espero que os guste.
Un día más... El Sol salió.