viernes, 10 de agosto de 2012

Capítulo 15. [Los recuerdos que quedaron en el tintero].

Aquí os traigo el capítulo 15, con un poco de retraso, como es habitual en mí. En este capítulo la atmósfera se vuelve mucho más oscura, y los secretos del Campamento, los recuerdos y las verdades de Suburbia comienzan a aflorar. Mientras tanto, ni siquiera la mismísima protagonista sabe muy bien cómo enfrentar la situación. ¡Gracias a todos por leerme!


Capítulo 15.
[Los recuerdos que quedaron en el tintero].

Sábado, 7 de septiembre.
Hoy me he despertado bañada en sudor frío. Lo que pasó en Suburbia aún me carcome por dentro, pese a que intento convencerme que yo no tuve absolutamente nada que ver.

No puedo dejar de pensar en Max. Aún escucho sus gritos, aún siento la crueldad y el egoísmo en mis propias carnes…
Sin embargo, no voy a venirme abajo. Tengo ya muy interiorizado el terror, en este mundo de locos.
Hace semanas que he dejado de pensar en volver a casa, con Marc. La realidad se ha vuelto oscura, y amenaza con devorar a todo aquel que salga de las vallas que rodean este endemoniado campamento. Tuvimos muchísima suerte al encontrarlo; ¿Quién diría que en medio de este bosque perdido, se encontraría una joya tan valiosa?

El verano está dando paso al otoño, aunque aún hace bastante calor. Durante la expedición, cogimos principalmente munición y víveres. Con suerte, y si racionamos las comidas, podríamos aguantar el invierno entero sin tener que viajar otra vez. 

Parece mentira que, en una situación normal, estaría a punto de empezar el último curso de Instituto.

Todos mis pensamientos vuelven al punto de inicio. El destello de Max, de sus ojos verdes. Su mirada infantil, preguntando para qué sirve esto, o para qué usamos eso otro. La forma en que se quedaba contemplando el atardecer, y cómo alimentaba con ilusión a las gallinas salvajes que capturamos el otro día.

Pero eso ahora es un callejón sin salida, y hay otros temas que me corroen. He notado las miradas de desaprobación, las que van dirigidas a los que conseguimos volver de Suburbia. Hay algunas, que tan sólo por la sombra del iris, puedo deducir que no se creen nada. Peor para ellos, no tienen a nadie más que les pueda decir si es verdad o no.

Cada vez tengo más claro desde que volvimos de La Nevera, que este diario es en el único que puedo confiar.
* * * * * *
Las piedrecillas ruedan bajo la suela de mis deportivas, haciéndome resbalar continuamente.
Después de haber estado corriendo el día entero por los tejados, me está costando acostumbrarme al empedrado de las calles. He tropezado dos veces, y una, me he dado de bruces con el suelo.

Hace varios minutos que he dejado de observar las paredes blancas, y ahora me concentro principalmente en la gravilla, en la tierra y en el asfalto.

Primero, no entendí que Alex nos condujese por este camino. Pero luego comprendí que lo ha hecho para sacarnos de allí, del callejón sin salida. Aunque su forma de actuar sea más que discutible, debo admitir que esta vez tiene razón; No podíamos volver a los tejados, ni seguir hacia delante.

Nei jadea, unos metros por detrás de mí. A medida que vamos corriendo, disparamos contra los Infectados, que corretean torpemente detrás de nosotros.
Evito mirarlos cuando disparo. El pensamiento de que antes, hace unos meses, eran personas corrientes, martillea en mi cabeza sin cesar.

Un grupo de Infectados se apelotona en el centro de la calle, y nosotros vamos directos hacia él.

La escopeta de Alex emite un chasquido, y sé que se ha quedado sin munición. A mí aun me quedan un par de balas, o eso creo, así que me detengo junto a él, cubriéndole.
Saca rápidamente el cargador suplementario de uno de los bolsillos de su sudadera, y lo coloca en la escopeta.

Un Infectado con las piernas mutiladas se acerca arrastrándose hacia nosotros, dejando un reguero de sangre tras de sí.
Lo observo, con una mezcla de asco y pena que me produce arcadas. El cabello azul lo tiene en forma de cresta. Un toque muy moderno para alguien que está muerto, me digo para mí misma, reprimiendo las ganas de vomitar.

El grupo de Infectados clava la vista en nosotros, cuando Alex le vuela la cabeza al Infectado de la cresta.

En perfecta sincronización, comienzan a andar hacia nosotros.

-Mierda. –Alex se ha puesto en pie tras recargar su escopeta. La sujeta con firmeza, pero la mandíbula le tiembla ligeramente. –Los tenemos encima.

Giro la cabeza en ambas direcciones, buscando una salida. Pero no la encuentro.
Me aferro a mi pistola, y veo que Nei hace lo mismo. Le miro, escruto su rostro, sus ojos azul cielo que tanta esperanza me traen, y solo encuentro un sentimiento.
Miedo.

El grupo de Infectados se abre camino a grandes zancadas hacia nosotros, y, desde aquí, puedo olerlos. Hemos formado un círculo improvisado, desde el que disparamos a los Infectados que se acercan demasiado a nosotros.

El suelo cruje bajo mis pies. La tarde va cayendo lentamente, y nosotros permanecemos en el mismo lugar. Observo el ocaso, cómo la trayectoria del Sol ha surcado el cielo a lo largo del día, cómo se hunde ahora en el horizonte, entre resplandores rojos.
Las nubes lo tapan, y la visión es sencillamente preciosa.

El Sol sigue emitiendo tenues rayos de luz anaranjada y roja, tiñendo así las nubes del mismo color.

Es una imagen demasiado bonita, comparada con el Infierno que se ha desatado en la calle, en el que nosotros estamos ahora atrapados.
Por suerte, no nos preocupamos por la munición; La búsqueda en las tiendas, ha dado sus frutos.

Sin embargo, sí que nos preocupamos por otra cosa. Por otras cosas. Alex descarga sin cesar ráfagas de balas contra los Infectados, que caen a la tierra, con el cráneo completamente taladrado.

Nei y yo tardamos más en disparar, pues es difícil apuntarles a la cabeza. Pese a ello, nos defendemos bien, y los muertos no se acercan demasiado a nosotros.

Pero tenemos muy en mente el hecho de que, tarde o temprano, tendremos que seguir adelante; El grupo de Infectados es demasiado numeroso.

Y, Alex, decide que este es el momento adecuado, rompiendo la línea de defensa. Se lanza hacia el frente, escopeta en mano, haciéndonos un gesto con la cabeza para que echemos a correr.

Reacciono antes que Nei, y, en unos segundos, ya le piso los talones a Alex, que ni siquiera mira atrás. Hace un rato, se quitó la sudadera, y ahora la camiseta se ciñe perfectamente a su espalda, debido al sudor.

¿Qué hago mirándole la espalda?

Un Infectado se lanza hacia mí, arañándome la pernera del pantalón, que se rasga considerablemente. No sé si las uñas han llegado hasta mi piel.
Antes de que pueda hurgar más, Nei le llena de plomo la cabeza, librándome de él.
Le echo una rápida mirada, y sonrío, dándole las gracias, sin dejar de correr. Nei asiente con gesto serio, y pasa por encima del Infectado muerto.

Estamos a apenas siete metros de los Infectados, cuando giro la vista y veo sus cuerpos mutilados frente a mí, en lugar de Alex.
El corazón me bombea a toda velocidad, siento la sangre correr por mis venas a toda prisa. Como si quisiese salir de mis venas y desperdigarse por el terreno.

Respiro hondo, cuando veo a Alex a mi derecha. Está alejado de mí, pues se ha acercado corriendo a la pared lateral. No sé muy bien lo que pretende, pero está llamando la atención de los Infectados con su estúpido correteo.

El primer Infectado se ha acercado hasta quedar apenas unos centímetros por delante de mí, y solo me percato de que está ahí, cuando le embisto con toda la fuerza de mi carrera.
Al instante siento todos los músculos de mi cuerpo contraerse en una mueca de dolor, e, instantes después, lo tengo encima de mí, intentando sacarme los ojos.

Apunto y disparo.

Como a cámara lenta, veo el lago de sangre que se abre en su cabeza, con el tiempo justo de cubrirme la cara con las manos.
Por suerte, el Infectado se tambalea un poco, gruñe, y cae de lado, ayudándome sin querer a quitármelo de encima.

Me pongo en pie, y al instante varias manos se aferran a mi camiseta, tirando de ella y rasgándola. Los Infectados que me rodean se quedan con los jirones en las manos, y mirada confusa. “Es ropa, inútiles andrajosos”, pienso, al tiempo que yo misma me siento un poco estúpida.

Un rápido vistazo me basta, para encontrar un pequeño hueco en medio de una mujer Infectada y su hijo.
Sin pensarlo, me tiro al suelo, rodando.
Sin pensarlo, los Infectados se lanzan tras de mí, y uno de ellos se aferra a mi pierna.
En un pestañeo, el Infectado tiene un enorme agujero en el ojo, por el que mana un reguero de sangre negra como el carbón.

Me pongo en pie de nuevo en un salto. Piso el suelo con fuerza cuando corro por mi vida. Ni siquiera me detengo a mirar atrás, a preocuparme por la vida de mis compañeros. Así soy; Egoísta en momentos críticos. Así somos todos los humanos.

Las paredes blancas están cada vez más cerca, y me sorprende estar tan cerca. Ni un solo Infectado se ha vuelto a interponer en mi huída. Me siento libre por un solo instante. Corriendo, con una pistola en la mano.

Hasta que alguien me da un empujón que hace que mis cimientos se tambaleen.
Me giro bruscamente, y me topo de frente con los ojos de Alex, que ahora brillan en un tono castaño claro, completamente distinto del que vi cuando estábamos en el Campamento.

Abre la boca, y por un segundo creo que va a decirme que ya estamos a salvo.
Pero las palabras que surgen de sus cuerdas vocales son completamente diferentes.

-¡Allí! ¡A la escalera de mantenimiento! ¡Con suerte, no nos sacarán los ojos hoy! –Tras estas palabras, atrapa la mano de Nei entre las suyas, y salen disparados hacia una escalera de La Nevera.

Cuando comienzo a oír los gruñidos de los Infectados a mi espalda, pongo pies en polvorosa, siguiendo el surco que las pisadas de Nei y Alex van dejando en la tierra.

Mientras corro, el sonido de los gruñidos se va apaciguando, pero es sustituido por otro. Un rugido gutural, acompañado del pisoteo ensordecedor de muchos pies.
Viene directamente del interior del antiguo Centro Comercial de paredes blancas manchadas de sangre.

* Meses antes. * *
Tras salir de la Calle Principal, el grupo de supervivientes se dirige al centro de la ciudad. Mientras estaban saqueando las tiendas secundarias, un estrépito, seguido de una onda sonora, y más tarde de una voz, llamó la atención de todos.

El ruido se escuchaba por toda la ciudad, seguido de una voz melodiosa que entonaba una antigua canción, acompañada del repiqueteo de un piano.

Los hijos que nacieron,
Fuera de vuestro manto,
Ya no serán nunca más bastardos.

Y, desde allí, los vivos se confunden con los muertos.
Las puertas del Infierno se han abierto ahora.
Pero aún así,
Los vivos se confunden con los muertos.

Durante unos segundos, el grupo se quedó en completo silencio, paladeando cada palabra, cada verso, cada acorde. Varios de ellos se permitieron soñar con un futuro, otros sencillamente, se dejaron llevar por la realidad que ahora los abrumaba, confundiéndolos.

Pero todos ellos, mantenían viva la esperanza en lo más hondo de sus almas.

Rober sentía el viento golpeándole en la cara cuando se disponían a atravesar la pequeña barrera de edificios que los separaba de La Nevera. Sentía en su propia piel, la impresión de que algo iba a salir mal.
Siguió sintiéndola cuando se encaramaron al tejado, y cuando Max le preguntó a Tonn que cuánto quedaba para llegar.

El pelo rubio de Max le ondeaba, produciéndole cosquillas por la piel de su cuello. Espe se percató de esto, y le cogió una pequeña coleta, provocando risas en todo el grupo, incluido el propio Max. “Sí”, pensó, “Desde luego, hoy es un día fantástico”.

Siguieron sonriendo durante todo el camino, regalando incluso sonrisas a los Infectados, que se afanaban pisos abajo por cazarlos, por obtener aunque fuese una pequeña tira de sus pieles.

Alex se sentía liberado, incluso alegre, pese a que no era de humor optimista. Era una oportunidad para empezar de cero, lejos de lo que pudiese pensar cualquier persona.

Mel iba junto a Espe, como siempre desde que llegaron al Campamento.

La canción seguía resonando por toda la ciudad. ¿Qué podía ser? Desde luego, no era una grabación, pensaron. Y debía de estar emitiéndose desde un lugar muy alto, así que, cuando llegaron al centro comercial, algunos estuvieron de acuerdo en que abastecerse allí, y, de paso, encontrar a la chica que estaba cantando.

Todos sintieron el horror recorriendo cada rincón de sus almas, cuando atravesaron las puestas de cristal que daban directamente al segundo piso de La Nevera.

Max se escondió al instante detrás de Tonn, que estaba congelado en el sitio, con los ojos completamente abiertos.

* * * * *
Seguimos corriendo, mientras dejamos atrás a los Infectados. Nei se aferra a la mano de Alex, mientras éste evita que se derrumbe.
El gran recinto se vuelve monstruosamente enorme a medida que nos vamos acercando, y yo decido guardarme la pistola entre el pantalón y mi cintura, pues ahora tendré que trepar hasta la escalera.

A medida que nos vamos acercando, me permito pensar en otras cosas. ¿Cómo sabrán Tonn y Xev que estamos aquí? Ni siquiera les hemos avisado. No hemos podido.
Pienso también en cómo escaparemos de aquí, si es que conseguimos entrar en La Nevera sin que nos devoren los Infectados que vienen tras nosotros.
No puedo evitar pensar también en Rober. Sus ojos dorados se me vienen a la mente una y otra vez, sin darme tregua.

La sensación de que, en parte, fue culpa mía, me asalta cada vez que cierro los ojos. Con la adrenalina que tengo en el cuerpo ahora mismo, no me siento especialmente mal. Pero sé que, en cuanto intente dormir un poco, volveré a sentirme miserable.

Se me encoje el corazón cuando me doy cuenta de que no volveré a hablar con él, ni a contemplar el café que esconde su iris. Cuando siento que necesito saber más sobre él.
Cuando entiendo que no quiero que caiga en el olvido de un mundo que ya está perdido.

Nei me saca de estos pensamientos, cuando se gira.

Acto seguido, comprendo el motivo. Una ráfaga de aire me golpea el rostro, haciendo que los ojos se me inunden de arena y polvo. Nei tiene los ojos entrecerrados, y Alex mira al frente, con la palma de la mano como visera.

Los siguientes acontecimientos suceden tan deprisa, que el tiempo vuelve a detenerse en esos segundos.

Alex suelta la mano de Nei, y empuña con fuerza su escopeta, apuntando a ciegas.
Nei se cubre los ojos, y Alex aprieta el gatillo, haciendo que el cerrojo de la escalera salte, cayendo ésta al suelo.
Intento limpiarme los ojos con la camiseta, para poder enfocar de nuevo la vista en medio de la tormenta de arena que se ha desatado, pero noto que está mojada.
La sangre del Infectado está profundamente impregnada en mi ropa.

Alex empuja a Nei, que se tambalea ligeramente. Con dificultad, se agarra a la escalerilla, y Alex la impulsa hacia arriba.
Seguidamente, se gira, encarándome.

Pienso que me va a empujar a mí también, pero, como contrapunto, me sonríe de forma mordaz.
Se vuelve a girar, y en apenas dos saltos ya ha escalado la mitad de la escalera.

Frunzo el ceño, sin saber bien cómo reaccionar.
Pero los gruñidos hacen que termine de decidirme, obligando a que me encarame a los peldaños.
Los Infectados ya han llegado a la pared, y ahora se debaten por intentar agarrar una de mis zapatillas. Les propino patadas, y finalmente consigo escalar.

El viento me revuelve el pelo, agitándolo alrededor de mi cabeza y empañando mi vista de vez en cuanto. La camiseta está pegada a mi espalda, debido al sudor, y siento la tela filtrando el aire frío, que se me cala en los huesos.

A medida que voy ascendiendo, contemplo las paredes de La Nevera, que están salpicadas eventualmente de sangre. Intento no mirar, pero no puedo evitar fijarme en que la sangre es negra.
Exactamente igual que la que ahora empapa mi camiseta.

* * * * * * *
El viento entra en el centro comercial, haciendo revolotear papeles, y la propia ropa de Tonn. Sienten el frío en su piel, pero que ahora mismo les importa bien poco.

Cuando han entrado, miles de ojos se han posado en ellos, en una mezcla de deseo y rabia indescriptible. Atravesaron la puerta sin fijarse demasiado, hablando en voz baja entre ellos.
Despreocupados.

Y ahora van a pagar las consecuencias.
Toda la gran sala está llena a rebosar de ellos. Algunos pasean de un lado para otro sus carritos de la compra, como autómatas movidos por un hilo invisible. Otros suben y bajan las escaleras mecánicas, algunos vestidos con el uniforme que acredita que hace mucho tiempo trabajaban allí.

Pero todos dirigen sus miradas hacia ellos, sin una sola excepción.

Los Infectados, los muertos, no tardan ni medio segundo en abalanzarse sobre ellos, en un ataque que bien podría calificarse como sorpresa.
Toda la gran sala está llena a rebosar de ellos. Algunos pasean de un lado para otro sus carritos de la compra, como autómatas movidos por un hilo invisible.

Max chilla, y Alex saca rápidamente la escopeta, un reflejo que le viene de antes. De su antes.
Dispara a bocajarro, y por suerte acierta en un pequeño grupo de Infectados, que no se lo vieron venir.

Espe está paralizada en el lugar, sin poder moverse. Pensando que la táctica del “No me muevo, no me ven”, le será de utilidad.
Mel apenas respira, y está fuertemente agarrada del brazo de Espe. Le clava las uñas, haciéndole daño. Aunque eso poco les importa en este instante.

Rober empuña su ballesta, y el contacto con la madera le hace reaccionar. Carga una flecha con rapidez, y derriba a algunos Infectados que iban en fila.

Jac apenas tiene tiempo de pensar, pues un Infectado se abalanza sobre él.

Tonn siente los pequeños brazos de Max aferrados a su pierna, y sabe que tiene que reaccionar. Sabe que, como mayor del grupo, debe velar por la seguridad del resto.

Pero lo único que acierta a formular en palabras, es un pensamiento tan estúpido como obvio.

“Nadie puede estar cantando en este Infierno”.

* * * *
Jadeamos, sanos y salvos. Por fin he conseguido trepar hasta la plataforma de mantenimiento, la que se usa solo en casos de emergencia. “Esta es una buena emergencia”, pienso, para mí misma, y me río de mi estúpido chiste.

Nei está sudorosa, y las gotas se le escurren por la frente, atravesando su rojo rostro.

-Vaya, la blanquita ahora parece un tomate. –Alex se mantiene en pie, y se burla del color de piel de Nei, que le saca la lengua en un gesto despectivo.

Los tres nos echamos a reír de una manera que bien se asemeja a cualquier reunión de adictos. Nos reímos porque nos sentimos aliviados se haber salido de ahí, y, a la vez, porque sabemos que esto no es permanente.

Nos reímos hasta que el canto acompañado del piano comienza a invadir la atmósfera de Suburbia.

[FIN DEL CAPÍTULO 15].

Un día más... El Sol salió.