Por un lado, tenemos a Bice, Nei y Alex a las puertas de la Nevera, y a Tonn y Xev lejos de ellos, en alguna otra zona de Suburbia que aun no se sabe. (Esta línea temporal no sale en este capítulo).
Aquí se narran los hechos previos a la llegada de Bice al campamento: Si hacéis memoria, ella estaba de viaje en una gran ciudad, junto con Lisa, su mejor amiga. Sin embargo, una mañana la llamaban urgentemente porque debían regresar al pueblo por cualquier medio.
El capítulo alterna la estancia de Bice en la ciudad, la huída y... Bueno, ya lo veréis.
¡Espero que os guste!
Capítulo 16.
[Como un martillo en la pared]
****
Las llamas de la improvisada hoguera
crepitan ante mí, haciendo sucumbir levemente la oscuridad que desde hace un
par de horas nos envuelve. Hace rato que la conversación murió, y yo no logro
encontrar palabras que puedan expresar el desorden que mi mente se empeña en
formar cada vez que trato de recordar lo ocurrido.
Me río en voz baja, de manera que el chico
(¿Chico? Un niño no le reventaría la cabeza de esa forma a los cadáveres
andantes de por aquí) no me oiga.
Horas.
Eso es lo más gracioso de todo, me repito a
mí misma. Que tan solo han pasado horas, y es como si llevase meses viviendo en
la más sucia pobreza.
La carcajada esta vez es irrefrenable. Me
asciende por la garganta, y juguetea un poco con la comisura de mis labios,
antes de salir a borbotones.
¡En la pobreza, dice! Por lo que he podido
comprobar, ahora poco importan los billetes que lleves en la cartera. Como
mucho, uno de los grandes serviría para limpiarse el culo en lugar de tener que
recurrir a esas hojas que te dejan escozor.
Concluyo que poco importaría ahora mismo no
saber sumar ni haber pisado un colegio en mi vida, en el preciso instante en el
que el chico se gira hacia mí, escrutándome con la mirada.
-¿De qué coño te ríes? –Me pregunta, con
esa delicadeza que hace poco he descubierto que le caracteriza.
Estudio sus ojos, que acallan mi risa al
instante. Parecen cansados. No, diría que es más que eso; Muestran miles de
destrozos.
Giro la vista, sin querer contemplar
durante más tiempo los pozos negros que ahora me observan inquisitivamente.
-De que es surrealista. Hace apenas medio
día estaba junto a mi mejor amiga, recorriendo las calles de la ciudad en la
que se supone que debería estar pasando las tres mejores semanas de mi vida, y
ahora... –Realizo una pausa para tomar aliento y recrearme en los recuerdos;
Esos que ahora se alejan a toda velocidad, haciéndome sentir en otra realidad.
–Ahora estoy aquí, al lado de un tío que tiene más puntería que uno de esos
pistoleros de la tele, viendo arder sillas de una casa a la que probablemente
no podría aspirar en la vida.
Sonríe. O eso creo. No sé si le hace gracia,
o que he dejado entrever demasiado mi desorden mental.
-Podrías estar en el estómago descompuesto
de alguno de esos bichos. –Se detiene para avivar el fuego, y tras hacerlo,
continúa. –O, mejor aún, podrías ser uno de esos bichos. Podrías estar vagando
por ahí con medio cuerpo colgando tras el banquete que se habrían dado contigo.
Ahora sí que
sonríe, y me percato de lo sumamente inconsciente que debo de estar pareciendo
ante sus ojos. Exactamente igual que hace unas horas.
*****
El viento silba a mi alrededor, y una hoja
de periódico se ve arrastrada a la copa de un árbol cuando por fin termino de
atravesar la enorme espesura del bosque que llevo medio día recorriendo.
Me hallo en el borde de una colina, justo
en la frontera que marca los límites entre la ciudad y la naturaleza.
Suburbia se alza ante mí, tan imponente
como la primera vez que la vi. Tan solo he estado aquí un par de veces;
Aquellas en las que mis padres me han traído para ver algún espectáculo o para
visitar a mis abuelos.
Dudo por un instante: ¿Dónde estarán mis
padres? La última conversación que tuve con mi madre ni siquiera podría
considerarse tal. Recuerdo los sonidos al otro lado de la línea. Recuerdo que
me pidió que no olvidase quién soy.
O mi incertidumbre cuando se cortó la
llamada, con el sonido frenético de las sirenas de los coches de policía de
fondo.
Sin embargo, todo eso ahora mismo no tiene
mayor importancia. Mi mayor prioridad ahora mismo es encontrar a mis abuelos,
contarles lo que ha pasado y tratar de contactar con mis padres. He barajado la
posibilidad de ir directamente a mi pueblo y buscarlos allí, pero la he
desechado al instante.
Mi casa está a más de una semana a pie, y
no cuento con más método de transporte que mis piernas.
Así que aquí estoy, encarando una ciudad
que hace cinco años que no visitaba, y tratando de recordar el mapa mental que
formé en aquella época de sus calles, para lograr orientarme y llegar hasta mi
destino.
Estudio desde la lejanía la forma de la
ciudad, reconociendo edificios que conozco y haciéndome una idea aproximada de
a qué distancia está la casa de mis abuelos.
Calculo que a unos veinte o treinta minutos
andando desde el punto en el que estoy, en caso de que no me pierda o...
*
Cada vez los fogonazos son mayores; El
ruido de las sirenas, de los coches y de la gente no tarda en llegar hasta mis
oídos y proyectarse en leves murmullos provenientes de mis compañeros. Todos
están confundidos, y ninguno tenemos ni idea de a dónde nos llevan.
Ni siquiera sabemos por qué vamos en fila
india por una calle en la que bien podrían caber 3 elefantes.
Un camión pasa a mi lado zumbando, mientras
la bocina de un coche no deja de sonar a pocos metros de mí. No logro
comprender por qué la gente está histérica.
Lisa me golpea el talón con la punta de su
zapato sin querer, y me giro en redondo para mirarla. La interrogo con la
mirada, preguntándole sin palabras el por qué de su creciente nerviosismo.
No me hace falta oír la respuesta.
Al girarme logro divisar al fondo de la
calle una aglomeración de personas, que súbitamente se ven acorraladas por...
¿Policías?
En el mismo instante en el que distingo los
uniformes, una granada es detonada en el centro del gentío.
Aparto la vista justo a tiempo para que mis
oídos se vean inundados por gritos desgarrados.
Lisa me empuja, y yo camino sin rechistar.
*
Camino por sus calles desoladas, antaño tan
luminosas y llenas de vida como el mismo Sol. Los recuerdos de mi infancia me
acorralan, me juzgan sin piedad e invaden hasta el último rincón de mi mente, taladrándome
con un agónico “¿En qué te has convertido?”.
La ciudad hace rato que me engulló, y a
punto he estado en varias ocasiones de perderme por su asfalto y dejarme
llevar, hasta lograr olvidar el motivo de mi visita. A veces reflejos de algún
cristal roto llaman mi atención, o las hojas perdidas de un periódico roto
acaban distrayéndome.
Una vez establecida mi meta, he dejado mis
pensamientos volar libres entre los límites de lo real y de la imaginación.
¿O acaso mis últimas vivencias no son
dignas de la más alocada fantasía?
Sin embargo, pese a todo lo que ha pasado,
vuelvo una y otra vez a la misma idea. Al hecho de que algo está verdaderamente
mal.
Dejo atrás edificios, residencias,
panaderías, tiendas de ropa, hoteles, albergues, sin prestarles la más mínima
atención.
Llevo prácticamente todo el día andando,
desde que Tim irrumpió en mi cuarto a las seis y media de la mañana, con el
pretexto de que había una reunión urgente. Los pies me gritan de dolor, se
retuercen dentro de los zapatos.
Doy tumbos de calleja en calleja, sintiendo
el Sol tostarme la piel, cubierta de sudor por la larga caminata. El día hace
rato que entró en declive, y la tarde se abalanza ya sobre mí. Dentro de poco
comenzará a hacer frío, pues las noches de otoño comienzan a hacerse notar. El
calor de hace unas semanas, cuando cae la noche, se esfuma completamente.
El sudor comienza a secarse sobre mi
cuello, y las leves corrientes de viento me erizan el vello, provocándome
escalofríos. Lentamente, comienzo a salir de mi ensoñación, al tiempo que mi estómago
exige comida urgentemente, y las piernas suplican por un descanso.
Un banco con la pintura desgastada y patas
de metal oxidado, parece estar desesperándose porque alguien ocupe un lugar
sobre él después de un largo período de inactividad.
No me lo pienso dos veces, y me acerco.
Retiro las hojas que tapan el asiento, y
limpio con el borde de mi camiseta los restos de algún extraño fluido que lo
cubría.
En el mismo segundo en el que me inclino y
suspiro al descansar por fin, un chillido a mi espalda me sobresalta.
Lo que veo al girarme, incrédula, me deja
sin aliento durante más de medio minuto.
*
-Pasajeros del vuelo A-23 con destino a Ámsterdam, pueden
comenzar a pasar a la Sala de Inspección, gracias. Con esto se da por cerrada
la Terminal hasta nuevo aviso.
Me remuevo en el asiento, incómoda. Lisa
está a mi lado, libro de crucigramas en mano, tratando en vano de concentrarse.
Contemplo sus facciones, y la miro fijamente durante varios segundos.
Finalmente cierra la libreta y me mira
directamente a los ojos.
-Tía, ¿Puedes dejar de mirarme así? –Sus
ojos aguamarina se clavan en los míos. Ya van dos veces en un mismo día que me
mira de esa forma, pese a que jamás lo había hecho antes.
Siento la gravedad en el ambiente, las
consecuencias que nos estamos viendo obligadas a vivir. Las consecuencias de un
fallo que probablemente habrá desencadenado en mil más, en una extensa red de
casualidades y errores consecutivos que nos han llevado a, con toda seguridad,
tener que pasar una noche en la sala de espera de la última Terminal en
funcionamiento de todo el país.
Lisa también lo siente, y trata por todos
los medios de que no pueda adivinarlo en su rostro.
Aparto la vista de ella y la dirijo hacia
el techo, donde comienzo a contar los azulejos que lo forman. Me relajo durante
unos instantes, hasta que oigo la voz amortiguada de Tim, mi monitor, desde una
de las salas contiguas.
-¡Tengo cincuenta niños a mi cargo! Por
favor, en momentos como éste, es cuando se ve de verdad la humanidad de las personas,
y me juego un dedo a que usted no haría algo tan deshumanizado. –La
desesperación se hace más y más patente a cada palabra que pronuncia.
-Se lo vuelvo a repetir, señor; Todo esto
no está en mi mano. Si pudiera, dejaría entrar a cada una de las personas que
están ahí fuera esperando un avión que probablemente no verán. Pero no puedo.
Nadie de aquí puede, pues las órdenes vienen de arriba. O de lo que queda de
ellos...-El sonido atronador de un disparo lo interrumpe antes de que pueda
acabar la frase.
Me sobresalto, llevándome las manos a los
oídos justo a tiempo para ver la conmoción general.
Un bebé ha comenzado a llorar al otro lado
de la sala de espera, mientras su madre trata de consolarlo acunándolo entre
sus brazos, en vano. El niño patalea, intranquilo, mientras todos a su alrededor
nos vamos alterando más y más a cada segundo que pasa.
Poco a poco, las personas que llenan la
sala de espera comienzan a ponerse en pie, y los que ya lo estaban, a
encaminarse hacia la puerta de salida.
Miro a Lisa, que también se ha incorporado.
Me mira fijamente, esperando que agarre mi maleta y salga con ella a buscar a
quien sea que pueda darnos información sobre lo que está ocurriendo.
Así que me levanto, al tiempo que Tim entra
en la sala y nos hace un gesto con la mirada, indicándonos que le sigamos hacia
la salida.
*
Me persigue un ser sin brazos, tan solo
dientes y carne ansiando hasta la última zona con vida de mi cuerpo.
La cosa que va tras de mí no deja de
proferir chillidos idénticos al que me sobresaltó cuando estaba a punto de
descansar en el banco. Va unos metros por detrás de mí, y, pese a carecer de
brazos, (¡debería estar desangrándose!), su agilidad es enorme.
Casi como si fuese un ser humano.
Pero no lo es, no puede serlo. Numerosos
indicios me lo confirman; Obviando el hecho de que sigue corriendo pese a
faltarle dos brazos (¡aún sangrantes!), la pestilencia que emite, las zonas de
su cráneo en las que numerosos parches sanguinolentos se extienden, o el vacío
en su mirada, me advierten de que lo que va tras de mí no es sino producto de
alguna clase de retorcido experimento biológico.
Sin embargo, la camiseta de Nirvana que
lleva puesta, el colgante en el que distingo una foto con el rostro de una
chica grabado, o las palabras “Carpe Diem” tatuadas para siempre en su
antebrazo, se niegan a admitir que el lugar en el que están situadas lleva
tiempo descomponiéndose.
Al principio no lo distinguí bien en la
lejanía, y la primera impresión que me dio fue la de una persona sumamente
desorientada y con problemas de coordinación al andar. Se tambaleaba,
correteaba un poco, y luego volvía a decelerar el paso, acercándose cada vez
más a mí.
En cuando identifiqué al ser que se estaba
acercando a mí como una persona, alcé el brazo en un gesto de saludo. Entre mis
pensamientos y los recuerdos al llegar a Suburbia, apenas me había dado cuenta
de que no me he cruzado con una sola alma desde que salí de la Terminal y me
interné en el bosque de las afueras de la ciudad. Así que me alegré de tener a
alguien con quien compartir mis dudas.
Sin embargo, esa persona no me devolvió el
saludo.
Se limitó a observarme y a seguir caminando
hacia mí. Trastabilló y estuvo a punto de caer varias veces. Giré la vista,
para contemplar el brillo del Sol reflejándose en los edificios, la armonía
perfecta de la tarde cayendo y los ladrillos reluciendo. La suave brisa del día
a punto de finalizar, el olor a otoño que poco a poco impregnaba el aire...
Le faltaban dos brazos.
Pero no le faltaban dos brazos de la manera
que le pueden faltar a alguien a quien le han sido amputados quirúrgicamente.
No. Le faltaban de esa manera que solo puede corresponder a quien le han sido
brutalmente arrancados.
Pero no arrancados por un accidente, una
mala operación o una enfermedad. No. Arrancados por otra criatura.
Por otra criatura que no creí que fuese muy
diferente de la que se me acercaba.
Profirió otro grito, que se oyó demasiado
cercano a mí. Para cuando volví a girarme, presa del pánico, ya podía
distinguir la marca de su camiseta y el tatuaje que llevaba.
Unos segundos más tarde, casi pude verme
reflejada en sus ojos blancos, carentes de iris o pupila.
Eché a correr calle abajo, sin pararme a
pensar en si estaba alejándome o acercándome a la casa de mis abuelos.
No sé cuántas calles sorteamos, pero me sé
al dedillo el número de lamentos que tuve que ignorar. Provenían de calles
contiguas, edificios cercanos o de la otra punta de la ciudad.
Los oía por todas partes, y a cada paso que
daba en mi desesperada huída, más sentía que no hacía otra cosa que internarme
de cabeza en el infierno.
*
Agolpándonos unos con los otros, seguimos
descendiendo calle tras calle, siguiendo las indicaciones de los monitores y de
Tim, que nos llevan cada vez más y más lejos del centro de la ciudad, en el que
estábamos instalados hasta hace dos horas.
Conforme hemos ido abandonando la zona
central, los comercios y los bares, el silencio ha comenzado a reinar.
Durante un cuarto de hora tuvimos que
recorrer el polígono industrial, en el cual no oímos ni una sola voz. Reinaba
la calma total.
Las aceras estaban desiertas, y en más de
una ocasión tuvimos que sortear algún coche solitario, abandonado en mitad de
la calzada.
Poco a poco vamos adentrándonos en la
periferia de la ciudad. Caminamos por la cuneta de la carretera, para evitar
correr riesgos de atropello. Sin embargo, llevo un rato preguntándome por qué
no subimos a la carretera, pues no he visto pasar ni un solo coche desde que
salimos de la zona poligonal.
Casas desperdigadas, pequeñas zonas de
labranza y cultivos varios comienzan a hacerse abundantes en el paisaje, cada
vez más campestre.
Poco a poco voy relajándome, segura de que
los monitores saben lo que hacen. El grupo se mantiene compacto, y gradualmente
comienzan a surgir las conversaciones, que habían sido acalladas durante el
tiroteo de antes.
¿Tiroteo? No, no lo calificaría así... Eran
numerosas explosiones, probablemente intencionadas, en mitad de la calle. Por
más vueltas que le doy no logro encontrarle una razón lógica; Solo en mitad de
una guerra civil o durante un atentado terrorista podría darse esa situación. Y
ninguna de las dos tiene ni pies ni cabeza. Hace más de cinco décadas que reina
la paz en este país, y un atentado terrorista no podría hacer reinar el caos
general de esta manera en toda la ciudad y en los alrededores.
Debe de ser algo más.
Me llevo un dedo a la boca, y comienzo a
mordisquearme las uñas. Es una costumbre poco higiénica que tengo, y que solo
sale a relucir cuando algo me preocupa de verdad.
Todo parece tan tranquilo en medio de estos
campos...
Caminamos durante cuarenta y cinco minutos
más, hasta que logramos divisar a lo lejos una enorme silueta de hormigón y
metal, sobre la que unas letras de neón gigantes rezan “La Terminal”.
Allí, el caos es absoluto.
*
La hoguera va consumiéndose poco a poco,
pero no me preocupo; El viento que ha hecho durante el día, y el frío que ha
reinado hacia la caída de la tarde han desaparecido, y se han visto sustituidos
por la quietud de la noche y por el calor sofocante de una de las últimas
noches de verano.
Estoy tumbada de espaldas, sobre el tejado
de un edificio que probablemente hasta hace dos o tres días hacía las veces de
panadería. Las estrellas invaden el cielo, han salido de sus jaulas ante el
replegamiento de de las luces artificiales.
Como si de una pecera sin fondo se tratase,
la Luna hace acto de aparición para mostrar una luz a lo lejos, a tantos
kilómetros de distancia, como siglos parecen en mi mente las últimas horas.
Cierro los ojos y dejo que los sonidos
nocturnos invadan mis oídos, tranquilicen mi alma y despejen mi mente de una
vez.
Pero unos ojos azules sin fin me asaltan,
me paralizan y dejan sin respiración.
La ciudad, mi madre llamándome y
posteriormente cortando la comunicación. Tim, Lisa irrumpiendo en mi cuarto. La
reunión, el caos desatado pocos segundos después, inamovible durante el resto
del día. Las carreteras, la gente, los gritos. El horror. Los tiroteos, los
disparos, el bombardeo. La Terminal, los aviones, el sonido ronco de seres que
ya no viven.
Suburbia, después de tanto tiempo. Los
recuerdos, las calles de nuevo. La cosa sin brazos que me confundió, asustó, y
posteriormente persiguió.
Y el chaval que ahora, a mi lado, descansa
después de haber perdido la batalla y haberse rendido a la locura de un mundo
que ha perdido el rumbo.
[FIN DEL CAPÍTULO 16].
Un día más... El Sol salió.