sábado, 26 de abril de 2014

Capítulo 16: Como un martillo en la pared.

Creo que después de dos años, todos (incluso yo misma) necesitaremos orientarnos de nuevo un poco en la historia y en el orden cronológico. Sobre todo teniendo en cuenta que este capítulo contiene varias líneas temporales:
Por un lado, tenemos a Bice, Nei y Alex a las puertas de la Nevera, y a Tonn y Xev lejos de ellos, en alguna otra zona de Suburbia que aun no se sabe. (Esta línea temporal no sale en este capítulo).
Aquí se narran los hechos previos a la llegada de Bice al campamento: Si hacéis memoria, ella estaba de viaje en una gran ciudad, junto con Lisa, su mejor amiga. Sin embargo, una mañana la llamaban urgentemente porque debían regresar al pueblo por cualquier medio.
El capítulo alterna la estancia de Bice en la ciudad, la huída y... Bueno, ya lo veréis.
¡Espero que os guste!

Capítulo 16.
[Como un martillo en la pared]
****
Las llamas de la improvisada hoguera crepitan ante mí, haciendo sucumbir levemente la oscuridad que desde hace un par de horas nos envuelve. Hace rato que la conversación murió, y yo no logro encontrar palabras que puedan expresar el desorden que mi mente se empeña en formar cada vez que trato de recordar lo ocurrido.
Me río en voz baja, de manera que el chico (¿Chico? Un niño no le reventaría la cabeza de esa forma a los cadáveres andantes de por aquí) no me oiga.
Horas.
Eso es lo más gracioso de todo, me repito a mí misma. Que tan solo han pasado horas, y es como si llevase meses viviendo en la más sucia pobreza.

La carcajada esta vez es irrefrenable. Me asciende por la garganta, y juguetea un poco con la comisura de mis labios, antes de salir a borbotones.
¡En la pobreza, dice! Por lo que he podido comprobar, ahora poco importan los billetes que lleves en la cartera. Como mucho, uno de los grandes serviría para limpiarse el culo en lugar de tener que recurrir a esas hojas que te dejan escozor.
Concluyo que poco importaría ahora mismo no saber sumar ni haber pisado un colegio en mi vida, en el preciso instante en el que el chico se gira hacia mí, escrutándome con la mirada.

-¿De qué coño te ríes? –Me pregunta, con esa delicadeza que hace poco he descubierto que le caracteriza.

Estudio sus ojos, que acallan mi risa al instante. Parecen cansados. No, diría que es más que eso; Muestran miles de destrozos.

Giro la vista, sin querer contemplar durante más tiempo los pozos negros que ahora me observan inquisitivamente.

-De que es surrealista. Hace apenas medio día estaba junto a mi mejor amiga, recorriendo las calles de la ciudad en la que se supone que debería estar pasando las tres mejores semanas de mi vida, y ahora... –Realizo una pausa para tomar aliento y recrearme en los recuerdos; Esos que ahora se alejan a toda velocidad, haciéndome sentir en otra realidad. –Ahora estoy aquí, al lado de un tío que tiene más puntería que uno de esos pistoleros de la tele, viendo arder sillas de una casa a la que probablemente no podría aspirar en la vida.

Sonríe. O eso creo. No sé si le hace gracia, o que he dejado entrever demasiado mi desorden mental.

-Podrías estar en el estómago descompuesto de alguno de esos bichos. –Se detiene para avivar el fuego, y tras hacerlo, continúa. –O, mejor aún, podrías ser uno de esos bichos. Podrías estar vagando por ahí con medio cuerpo colgando tras el banquete que se habrían dado contigo.

Ahora sí que sonríe, y me percato de lo sumamente inconsciente que debo de estar pareciendo ante sus ojos. Exactamente igual que hace unas horas.
*****
El viento silba a mi alrededor, y una hoja de periódico se ve arrastrada a la copa de un árbol cuando por fin termino de atravesar la enorme espesura del bosque que llevo medio día recorriendo.

Me hallo en el borde de una colina, justo en la frontera que marca los límites entre la ciudad y la naturaleza.
Suburbia se alza ante mí, tan imponente como la primera vez que la vi. Tan solo he estado aquí un par de veces; Aquellas en las que mis padres me han traído para ver algún espectáculo o para visitar a mis abuelos.

Dudo por un instante: ¿Dónde estarán mis padres? La última conversación que tuve con mi madre ni siquiera podría considerarse tal. Recuerdo los sonidos al otro lado de la línea. Recuerdo que me pidió que no olvidase quién soy.
O mi incertidumbre cuando se cortó la llamada, con el sonido frenético de las sirenas de los coches de policía de fondo.

Sin embargo, todo eso ahora mismo no tiene mayor importancia. Mi mayor prioridad ahora mismo es encontrar a mis abuelos, contarles lo que ha pasado y tratar de contactar con mis padres. He barajado la posibilidad de ir directamente a mi pueblo y buscarlos allí, pero la he desechado al instante.
Mi casa está a más de una semana a pie, y no cuento con más método de transporte que mis piernas.

Así que aquí estoy, encarando una ciudad que hace cinco años que no visitaba, y tratando de recordar el mapa mental que formé en aquella época de sus calles, para lograr orientarme y llegar hasta mi destino.

Estudio desde la lejanía la forma de la ciudad, reconociendo edificios que conozco y haciéndome una idea aproximada de a qué distancia está la casa de mis abuelos.
Calculo que a unos veinte o treinta minutos andando desde el punto en el que estoy, en caso de que no me pierda o...

*

Cada vez los fogonazos son mayores; El ruido de las sirenas, de los coches y de la gente no tarda en llegar hasta mis oídos y proyectarse en leves murmullos provenientes de mis compañeros. Todos están confundidos, y ninguno tenemos ni idea de a dónde nos llevan.

Ni siquiera sabemos por qué vamos en fila india por una calle en la que bien podrían caber 3 elefantes.

Un camión pasa a mi lado zumbando, mientras la bocina de un coche no deja de sonar a pocos metros de mí. No logro comprender por qué la gente está histérica.

Lisa me golpea el talón con la punta de su zapato sin querer, y me giro en redondo para mirarla. La interrogo con la mirada, preguntándole sin palabras el por qué de su creciente nerviosismo.

No me hace falta oír la respuesta.

Al girarme logro divisar al fondo de la calle una aglomeración de personas, que súbitamente se ven acorraladas por...
¿Policías?

En el mismo instante en el que distingo los uniformes, una granada es detonada en el centro del gentío.

Aparto la vista justo a tiempo para que mis oídos se vean inundados por gritos desgarrados.

Lisa me empuja, y yo camino sin rechistar.

*
Camino por sus calles desoladas, antaño tan luminosas y llenas de vida como el mismo Sol. Los recuerdos de mi infancia me acorralan, me juzgan sin piedad e invaden hasta el último rincón de mi mente, taladrándome con un agónico “¿En qué te has convertido?”.

La ciudad hace rato que me engulló, y a punto he estado en varias ocasiones de perderme por su asfalto y dejarme llevar, hasta lograr olvidar el motivo de mi visita. A veces reflejos de algún cristal roto llaman mi atención, o las hojas perdidas de un periódico roto acaban distrayéndome.
Una vez establecida mi meta, he dejado mis pensamientos volar libres entre los límites de lo real y de la imaginación.
¿O acaso mis últimas vivencias no son dignas de la más alocada fantasía?

Sin embargo, pese a todo lo que ha pasado, vuelvo una y otra vez a la misma idea. Al hecho de que algo está verdaderamente mal.

Dejo atrás edificios, residencias, panaderías, tiendas de ropa, hoteles, albergues, sin prestarles la más mínima atención.
Llevo prácticamente todo el día andando, desde que Tim irrumpió en mi cuarto a las seis y media de la mañana, con el pretexto de que había una reunión urgente. Los pies me gritan de dolor, se retuercen dentro de los zapatos.

Doy tumbos de calleja en calleja, sintiendo el Sol tostarme la piel, cubierta de sudor por la larga caminata. El día hace rato que entró en declive, y la tarde se abalanza ya sobre mí. Dentro de poco comenzará a hacer frío, pues las noches de otoño comienzan a hacerse notar. El calor de hace unas semanas, cuando cae la noche, se esfuma completamente.

El sudor comienza a secarse sobre mi cuello, y las leves corrientes de viento me erizan el vello, provocándome escalofríos. Lentamente, comienzo a salir de mi ensoñación, al tiempo que mi estómago exige comida urgentemente, y las piernas suplican por un descanso.

Un banco con la pintura desgastada y patas de metal oxidado, parece estar desesperándose porque alguien ocupe un lugar sobre él después de un largo período de inactividad.
No me lo pienso dos veces, y me acerco.
Retiro las hojas que tapan el asiento, y limpio con el borde de mi camiseta los restos de algún extraño fluido que lo cubría.

En el mismo segundo en el que me inclino y suspiro al descansar por fin, un chillido a mi espalda me sobresalta.

Lo que veo al girarme, incrédula, me deja sin aliento durante más de medio minuto.

*
-Pasajeros del  vuelo A-23 con destino a Ámsterdam, pueden comenzar a pasar a la Sala de Inspección, gracias. Con esto se da por cerrada la Terminal hasta nuevo aviso.

Me remuevo en el asiento, incómoda. Lisa está a mi lado, libro de crucigramas en mano, tratando en vano de concentrarse. Contemplo sus facciones, y la miro fijamente durante varios segundos.
Finalmente cierra la libreta y me mira directamente a los ojos.

-Tía, ¿Puedes dejar de mirarme así? –Sus ojos aguamarina se clavan en los míos. Ya van dos veces en un mismo día que me mira de esa forma, pese a que jamás lo había hecho antes.

Siento la gravedad en el ambiente, las consecuencias que nos estamos viendo obligadas a vivir. Las consecuencias de un fallo que probablemente habrá desencadenado en mil más, en una extensa red de casualidades y errores consecutivos que nos han llevado a, con toda seguridad, tener que pasar una noche en la sala de espera de la última Terminal en funcionamiento de todo el país.

Lisa también lo siente, y trata por todos los medios de que no pueda adivinarlo en su rostro.

Aparto la vista de ella y la dirijo hacia el techo, donde comienzo a contar los azulejos que lo forman. Me relajo durante unos instantes, hasta que oigo la voz amortiguada de Tim, mi monitor, desde una de las salas contiguas.

-¡Tengo cincuenta niños a mi cargo! Por favor, en momentos como éste, es cuando se ve de verdad la humanidad de las personas, y me juego un dedo a que usted no haría algo tan deshumanizado. –La desesperación se hace más y más patente a cada palabra que pronuncia.

-Se lo vuelvo a repetir, señor; Todo esto no está en mi mano. Si pudiera, dejaría entrar a cada una de las personas que están ahí fuera esperando un avión que probablemente no verán. Pero no puedo. Nadie de aquí puede, pues las órdenes vienen de arriba. O de lo que queda de ellos...-El sonido atronador de un disparo lo interrumpe antes de que pueda acabar la frase.

Me sobresalto, llevándome las manos a los oídos justo a tiempo para ver la conmoción general.

Un bebé ha comenzado a llorar al otro lado de la sala de espera, mientras su madre trata de consolarlo acunándolo entre sus brazos, en vano. El niño patalea, intranquilo, mientras todos a su alrededor nos vamos alterando más y más a cada segundo que pasa.
Poco a poco, las personas que llenan la sala de espera comienzan a ponerse en pie, y los que ya lo estaban, a encaminarse hacia la puerta de salida.

Miro a Lisa, que también se ha incorporado. Me mira fijamente, esperando que agarre mi maleta y salga con ella a buscar a quien sea que pueda darnos información sobre lo que está ocurriendo.

Así que me levanto, al tiempo que Tim entra en la sala y nos hace un gesto con la mirada, indicándonos que le sigamos hacia la salida.

*

Me persigue un ser sin brazos, tan solo dientes y carne ansiando hasta la última zona con vida de mi cuerpo.

La cosa que va tras de mí no deja de proferir chillidos idénticos al que me sobresaltó cuando estaba a punto de descansar en el banco. Va unos metros por detrás de mí, y, pese a carecer de brazos, (¡debería estar desangrándose!), su agilidad es enorme.
Casi como si fuese un ser humano.

Pero no lo es, no puede serlo. Numerosos indicios me lo confirman; Obviando el hecho de que sigue corriendo pese a faltarle dos brazos (¡aún sangrantes!), la pestilencia que emite, las zonas de su cráneo en las que numerosos parches sanguinolentos se extienden, o el vacío en su mirada, me advierten de que lo que va tras de mí no es sino producto de alguna clase de retorcido experimento biológico.

Sin embargo, la camiseta de Nirvana que lleva puesta, el colgante en el que distingo una foto con el rostro de una chica grabado, o las palabras “Carpe Diem” tatuadas para siempre en su antebrazo, se niegan a admitir que el lugar en el que están situadas lleva tiempo descomponiéndose.

Al principio no lo distinguí bien en la lejanía, y la primera impresión que me dio fue la de una persona sumamente desorientada y con problemas de coordinación al andar. Se tambaleaba, correteaba un poco, y luego volvía a decelerar el paso, acercándose cada vez más a mí.

En cuando identifiqué al ser que se estaba acercando a mí como una persona, alcé el brazo en un gesto de saludo. Entre mis pensamientos y los recuerdos al llegar a Suburbia, apenas me había dado cuenta de que no me he cruzado con una sola alma desde que salí de la Terminal y me interné en el bosque de las afueras de la ciudad. Así que me alegré de tener a alguien con quien compartir mis dudas.

Sin embargo, esa persona no me devolvió el saludo.

Se limitó a observarme y a seguir caminando hacia mí. Trastabilló y estuvo a punto de caer varias veces. Giré la vista, para contemplar el brillo del Sol reflejándose en los edificios, la armonía perfecta de la tarde cayendo y los ladrillos reluciendo. La suave brisa del día a punto de finalizar, el olor a otoño que poco a poco impregnaba el aire...

Le faltaban dos brazos.

Pero no le faltaban dos brazos de la manera que le pueden faltar a alguien a quien le han sido amputados quirúrgicamente. No. Le faltaban de esa manera que solo puede corresponder a quien le han sido brutalmente arrancados.
Pero no arrancados por un accidente, una mala operación o una enfermedad. No. Arrancados por otra criatura.

Por otra criatura que no creí que fuese muy diferente de la que se me acercaba.

Profirió otro grito, que se oyó demasiado cercano a mí. Para cuando volví a girarme, presa del pánico, ya podía distinguir la marca de su camiseta y el tatuaje que llevaba.
Unos segundos más tarde, casi pude verme reflejada en sus ojos blancos, carentes de iris o pupila.

Eché a correr calle abajo, sin pararme a pensar en si estaba alejándome o acercándome a la casa de mis abuelos.

No sé cuántas calles sorteamos, pero me sé al dedillo el número de lamentos que tuve que ignorar. Provenían de calles contiguas, edificios cercanos o de la otra punta de la ciudad.
Los oía por todas partes, y a cada paso que daba en mi desesperada huída, más sentía que no hacía otra cosa que internarme de cabeza en el infierno.

*

Agolpándonos unos con los otros, seguimos descendiendo calle tras calle, siguiendo las indicaciones de los monitores y de Tim, que nos llevan cada vez más y más lejos del centro de la ciudad, en el que estábamos instalados hasta hace dos horas.

Conforme hemos ido abandonando la zona central, los comercios y los bares, el silencio ha comenzado a reinar.

Durante un cuarto de hora tuvimos que recorrer el polígono industrial, en el cual no oímos ni una sola voz. Reinaba la calma total. 
Las aceras estaban desiertas, y en más de una ocasión tuvimos que sortear algún coche solitario, abandonado en mitad de la calzada.

Poco a poco vamos adentrándonos en la periferia de la ciudad. Caminamos por la cuneta de la carretera, para evitar correr riesgos de atropello. Sin embargo, llevo un rato preguntándome por qué no subimos a la carretera, pues no he visto pasar ni un solo coche desde que salimos de la zona poligonal.
Casas desperdigadas, pequeñas zonas de labranza y cultivos varios comienzan a hacerse abundantes en el paisaje, cada vez más campestre.

Poco a poco voy relajándome, segura de que los monitores saben lo que hacen. El grupo se mantiene compacto, y gradualmente comienzan a surgir las conversaciones, que habían sido acalladas durante el tiroteo de antes.

¿Tiroteo? No, no lo calificaría así... Eran numerosas explosiones, probablemente intencionadas, en mitad de la calle. Por más vueltas que le doy no logro encontrarle una razón lógica; Solo en mitad de una guerra civil o durante un atentado terrorista podría darse esa situación. Y ninguna de las dos tiene ni pies ni cabeza. Hace más de cinco décadas que reina la paz en este país, y un atentado terrorista no podría hacer reinar el caos general de esta manera en toda la ciudad y en los alrededores.

Debe de ser algo más.

Me llevo un dedo a la boca, y comienzo a mordisquearme las uñas. Es una costumbre poco higiénica que tengo, y que solo sale a relucir cuando algo me preocupa de verdad.

Todo parece tan tranquilo en medio de estos campos...

Caminamos durante cuarenta y cinco minutos más, hasta que logramos divisar a lo lejos una enorme silueta de hormigón y metal, sobre la que unas letras de neón gigantes rezan “La Terminal”.

Allí, el caos es absoluto.

*
La hoguera va consumiéndose poco a poco, pero no me preocupo; El viento que ha hecho durante el día, y el frío que ha reinado hacia la caída de la tarde han desaparecido, y se han visto sustituidos por la quietud de la noche y por el calor sofocante de una de las últimas noches de verano.

Estoy tumbada de espaldas, sobre el tejado de un edificio que probablemente hasta hace dos o tres días hacía las veces de panadería. Las estrellas invaden el cielo, han salido de sus jaulas ante el replegamiento de de las luces artificiales.

Como si de una pecera sin fondo se tratase, la Luna hace acto de aparición para mostrar una luz a lo lejos, a tantos kilómetros de distancia, como siglos parecen en mi mente las últimas horas.

Cierro los ojos y dejo que los sonidos nocturnos invadan mis oídos, tranquilicen mi alma y despejen mi mente de una vez.

Pero unos ojos azules sin fin me asaltan, me paralizan y dejan sin respiración.

La ciudad, mi madre llamándome y posteriormente cortando la comunicación. Tim, Lisa irrumpiendo en mi cuarto. La reunión, el caos desatado pocos segundos después, inamovible durante el resto del día. Las carreteras, la gente, los gritos. El horror. Los tiroteos, los disparos, el bombardeo. La Terminal, los aviones, el sonido ronco de seres que ya no viven.

Suburbia, después de tanto tiempo. Los recuerdos, las calles de nuevo. La cosa sin brazos que me confundió, asustó, y posteriormente persiguió.

Y el chaval que ahora, a mi lado, descansa después de haber perdido la batalla y haberse rendido a la locura de un mundo que ha perdido el rumbo.

[FIN DEL CAPÍTULO 16].
Un día más... El Sol salió.

Suburbia.

Sí, he vuelto. Probablemente todos pensaríais que nunca retomaría esta historia, pero lo he hecho.
Os debo una disculpa, a vosotros y a mí misma. Y una explicación.
Todo se remonta a hace cerca de dos años: Agosto, si no recuerdo mal. Por aquel entonces yo tenía puestas prácticamente todas las ilusiones de mi vida en esta historia, en los personajes, en la trama... Pero, sobre todo, en la gente que me leía.
Me encantaba entrar en las estadísticas del blog y ver las visitas subir y subir con cada nuevo capítulo. En cómo mis lectores se quedaban con la intriga y me motivaban a seguir con la historia.

Pero un día, eso se acabó. Entré en unos meses que preferiría no recordar, pero en los que cambié muchísimo. Por motivos personales que no vienen al caso, me vi obligada a plantearme de nuevo mi vida y a hacer frente a numerosos problemas que tenía entonces, que me quitaban las ganas de cualquier cosa que no fuese actualizar Twitter mecánicamente.

Poco a poco dejé abandonado el blog, la historia, y (lo que más me duele), mis ilusiones. Lo perdí completamente, hasta el punto de creer que jamás lo retomaría. Sencillamente, porque me había perdido yo misma.
Salí de todo eso obviamente, y hice de mi vida justo lo que quería que fuese. Hasta hoy.
Hace unos días, un hashtag bastante tonto me hizo reflexionar sobre lo que quería de verdad, mis expectativas de futuro, y todas esas cosas que nos planteamos cuando no tenemos ni idea de a dónde ir.
Y, una vez más, llegué a la conclusión de que nada de lo que he hecho en mi vida, me llena tanto como esto. Que si algún día quiero vivir de escribir, debo ponerme las pilas y no abandonar proyectos como este.

Y un comentario de una amiga, la cual me dijo que le dejé con mucha intriga, hizo que viniesen a mi mente en tropel Suburbia, Tonn, Alex, Nei, Bice, y con ellos, toda la ilusión que por aquel entonces proyectaba sobre estos folios.

No sé a dónde llegará esto: Ni siquiera sé si esto es una continuación definitiva, si he retomado las riendas o si tengo la suficiente ilusión como la otra vez. Solo sé que espero que sea el comienzo de algo, de un nuevo día.
Muchas gracias a todos por leerme, y, una vez más, espero que os guste.
Un día más... El Sol salió.