domingo, 29 de julio de 2012

Capítulo 13. [La luz que se cuela entre los viejos cascotes].


Este capítulo me ha gustado bastante. No os puedo contar más, espero que disfrutéis de la acción, la tensión, y el miedo tanto como lo he hecho yo. Con este capítulo pretendo palpar la realidad en la que están, para que la veáis y la sintáis como si vosotros mismos estuvieseis encerrados en ella.

Capítulo 13.
[La luz que se cuela entre los viejos cascotes].
Unos golpes me despiertan. Me duele la cabeza, y estoy aún adormilada, pues ayer me quedé hasta las dos de la mañana estudiando.
Es extraño. Los golpes provienen de la puerta. Me incorporo en la cama, frotándome los ojos.
Me percato de que aun llevo puesta la ropa de ayer; Estaba tan cansada, que ni me digné a ponerme el pijama.

Una voz grave me saca de mis pensamientos. Proviene del pasillo, de detrás de la puerta. Los golpes se acentúan, y me pongo en pie.

Abro la puerta lentamente, con los párpados de los ojos abriéndose y cerrándose pesadamente. En el umbral de la puerta, un hombre detiene su puño cerrado a escasos centímetros de mi rostro. Es evidente que iba a volver a golpear la puerta.

-Llevo media hora llamando, ¿Se puede saber por qué no has abierto la puerta antes?

Es Tim, el monitor.  Su rostro está contraído en una mueca de impaciencia, mezclada con algo más. ¿Preocupación?

-Estaba dormida. Ayer me quedé estudiando hasta las dos de la mañana para el examen.

El examen…  De pronto, siento una ola de nerviosismo y desconfianza. ¿Por qué llama Tim a mi puerta? ¿Y por qué tan temprano?
Un segundo. Ni siquiera sé qué hora es.
Por un instante, me siento desorientada. ¿Y si Tim ha venido a mi cuarto para avisarme de que he llegado tarde al examen?
¿Y si no me he despertado a tiempo?

Corro de vuelta al interior del cuarto, y me inclino sobre la mesita de noche, el lugar en el que descansa mi reloj de pulsera.
Las seis y media de la mañana, la alarma no ha sonado.
Principalmente, porque aún no es la hora a la que tiene que sonar.

-Vístete. Guarda todo de nuevo en las maletas. En media hora quiero verte abajo, en la Sala de Reuniones. No tardes, el resto de chicos hace ya un buen rato que están despiertos.

Tim cierra la puerta, y logro escuchar el eco de sus pasos, que se van perdiendo en la lejanía del pasillo. Me quedo clavada en el sitio, y voy asimilando las palabras. ¡Pero si hace tan sólo tres semanas que hemos llegado! Sacudo la cabeza, y me acerco al armario, en el que tengo dispuesta toda la ropa.
Al cabo de un minuto, vuelvo a oír unos golpes sordos, provenientes una vez más de la puerta de mi habitación. ¿Quién será ahora?

Abro la puerta, y una chica de pelo alborotado y mirada preocupante está de pie, cruzada de brazos. Sin mediar palabra, entra en la habitación, y se sienta en el borde de mi cama.

-¿También han ido a tu habitación? –Le pregunto, rompiendo el silencio, mientras abro la maleta y comienzo a guardar cosas en ella.

-Sí, tía, hace media hora. Tim se ha plantado en mi habitación, me ha contado un rollo que no he entendido porque estaba medio dormida, y se ha ido, tras avisarme de que tengo que estar a las siete abajo, con las maletas listas. –Lisa, la única de mis amigas que ha conseguido venir de viaje, presenta un aspecto impoluto, como siempre.

Pero debajo de su aparente molestia, está tan preocupada como yo.

¿Qué demonios pasa hoy?


                                                                          * * * * * * *

El día ha caído en Suburbia. Me he despertado tres veces en lo que llevamos de noche, inquieta, con un regusto amargo en la boca y en la mente.
Con la sensación de que, cada vez que me despierto, se me olvida algo muy importante.

Las horas previas al crepúsculo, hemos estado discutiendo sobre qué hacer con el chico de fuera, el que ahora se ha quedado dormido atado a un antiguo poste de electricidad.
Los Infectados continúan abajo, esperando, intentando tirar el poste y clavar sus garras en torno al cuello del chico.

*Unas horas antes*

Tonn se ha apartado a un lado de la ventana, sin atreverse a mirar la realidad que acecha al otro lado.
Nos hemos reunido en un círculo improvisado para discutir qué debemos hacer con respecto al chaval que, en este preciso instante, se abre camino a navajazos por la calle inundada de Infectados.

Los gritos de los muertos que se apelotonan en torno al chico me hielan la sangre. Siento la vergüenza y los remordimientos carcomiéndome por dentro.
No es culpa mía que esté en esa situación, pero sí es culpa mía no hacer nada por ayudarle.

Rober se muerde las uñas frenéticamente. Ha abandonado su puesto de vigilancia al lado de la puerta; Ya no es necesario, todos sabemos que los Infectados tienen un manjar mejor afuera, bien a la vista. Completamente solo y desprotegido.

Nei hace rato que ha terminado de atar los vendajes alrededor de la pierna de Alex, que ahora inspecciona su rifle, en busca de daños.

Yo, por mi parte, no puedo dejar de observar lo que sucede al otro lado de la ventana. No puedo apartar la vista del cabello rubio despeinado del chico, que se ondula y pega en su frente empapada de sudor.
Sin ser él, sé perfectamente que es sudor frío; Ese que te recorre la espalda, el cuello y la frente. Ese que casi te deja sin respiración.

Cierro los ojos, y me imagino en su situación.
Me imagino corriendo a través de las desoladas calles, con los Infectados rodeándome, cercándome el camino y afanándose por devorarme. Por hundir las garras en mi camiseta, en mi piel desprotegida.

Y los abro sin lograr comprender el calvario que debe de estar sufriendo.

Toda la sala está en silencio, con el único sonido de los Infectados chasqueando sus mandíbulas, gruñendo y gimiendo.

Finalmente, Alex decide tomar la palabra, bajo la atenta mirada de Tonn, que le observa con los ojos entornados.

-No tenéis motivos para estar así. Él es un superviviente más, como cualquiera de nosotros, y yo no me siento culpable por lo que los Infectados puedan hacerle. Es su suerte.

Rober le interrumpe, antes de que continúe.

-Alex, eso lo dirás tú. Pero yo al menos me siento culpable cuando sé que hay alguien ahí fuera, tan humano como nosotros, completamente solo y rodeado de Infectados. ¿O es que no tienes ni un poco de humanidad? –Rober se inclina sobre Alex, pero por el rabillo del ojo nos observa a todos, calibrando nuestras reacciones.

Sin mediar palabra, Alex se pone en pie, cruza la habitación, y se detiene delante de la gruesa puerta de metal. Gira la palanca que la cierra, y segundos más tarde, el viento se arremolina hacia el interior, congelándome los huesos.

-Sal. ¿No es eso lo que quieres? Si tan poca humanidad dices que tengo, y tan amigo tuyo es ese chico, ve afuera y ayúdale. Ve a tomarte un refresco con los Infectados, y convénceles de que no, de que tienen que alimentarse de otros seres, que al chico rubio ni lo toquen. –Se queda junto al marco de la puerta, de brazos cruzados.

Una media sonrisa se abre camino por sus labios, y una oleada de rabia me atraviesa. ¿Por qué tiene que ser así? ¿No puede entender que, estando nosotros aquí seguros, nos sentimos culpables?

Estoy inmersa en mis pensamientos, mirando a Alex fijamente a  los ojos, retándole con la mirada. Él, por su parte, se limita a encogerse de hombros, y darse la vuelta para volver a cerrar la puerta.

No me percato de la tensión, hasta que Rober se pone en pie y empuja a Alex, pillándole desprevenido. Acto seguido, y, en apenas unos segundos, baja el puño hasta su vientre, propinándole un puñetazo que le deja sin respiración.

Alex entrecierra los ojos y gruñe por lo bajo, sin gritar. Empuja a Rober, lanzándolo contra el suelo.
Sin darle tregua, se coloca a su lado, y, con la pierna que no está magullada, comienza a darle patadas en los costados.
Rober abre la boca, pero recuerda que los Infectados están fuera, y se traga el grito.
Rueda hacia el lado izquierdo y rodea la pierna de Alex, haciendo que, esta vez sí, éste pegue un grito de dolor.

Tonn irrumpe entre ellos dos como una exhalación, empujando a Alex contra la pared, mientras Rober se pone en pie.
Cuando Rober se dispone a volver al ataque, Tonn alza la voz.

-¡Si seguís armando este escándalo, los Infectados estarán aquí en menos que canta un gallo! –Coge aire, y, en un tono más suave, continúa. -¿No veis que las peleas en el grupo nos hacen más vulnerables?

Rober se lleva las manos al costado izquierdo, mientras su rostro se contrae en una mueca de dolor.

-Ese imbécil lo único que quiere es hacernos sentir más culpables. –Rober respira profundamente, y levanta una de sus manos, señalando acusadoramente a Alex. –Si te hubieses quedado en el Campamento, seguro que ya estaríamos de vuelta.

Tonn se separa de Alex, que ya se ha tranquilizado, y encara a Rober. Traga saliva, cierra los ojos, y, sintiendo cada palabra, las pronuncia.

-Rober, por nuestra humanidad ya perdimos a uno de nosotros. ¿O ya se te ha olvidado lo que pasó en la anterior expedición? –Rober aprieta fuertemente la mandíbula, y, por un instante, me parece entrever algo cristalino que asoma de sus ojos. Parpadea rápidamente y el reflejo desaparece.

A continuación, y, como en un susurro que no quiere ser pronunciado, Tonn vuelve a hablar.

-¿Ya se te ha olvidado lo que se siente cuando…?-No llega a terminar la frase, pues Nei se adelanta varios pasos, y, con una voz que ni siquiera parece la suya, exclama un “¡CÁLLATE!”, que provoca que todas las miradas caigan en ella.

Con esa simple palabra, el grupo entero se sume en el silencio total, con el único manto de los Infectados gritando, gruñendo y gimiendo. Con el sonido de los navajazos desgarrando la carne Infectada, propinados por el chico que, afuera, espera una ayuda en la que ni siquiera tiene esperanza.

*Vuelta a la noche en Suburbia *
Todos se han dormido ya. O eso es lo que creo, pues yo tampoco estoy del todo consciente cuando me pongo a pensar.
¿Qué tiene esta ciudad…? Hace que se me encoja el corazón, y, a la vez, me provoca una extraña sensación, haciéndome sentir que hay algo más. Creyendo que hay algo que se me escapa, pero que sigue ahí, dentro de mí.
Esperando a ser recordado. Con unas cuantas horas, la impresión de que el mundo se reduce a esta ciudad se ha acrecentado. Como si el resto no importase.
Las calles de esta ciudad, el olor a quemado, a calles devastadas recorre mis venas. Esta ciudad es parte de mí, lo siento.
Recuerdo cada calle, cada esquina y cada árbol.
Pero logro recordar, tan solo cuando ya la he atravesado. Es… Como una palabra que está en la punta de la lengua, pero que no consigue ser pronunciada.
Como una persona de la que sabes todo, pero no eres capaz de pronunciar su nombre.

Me voy abriendo camino en las capas de inconsciencia cuando alguien se tropieza con mi pie. Impulsada por el miedo, me incorporo y quedo sentada, encarando a la persona que ahora atraviesa la sala, acercándose a la puerta.

Rober. Debí haberlo supuesto. La pelea de hace unas horas no le ha dejado conforme, y ahora se dispone a salir, con la intención de ayudar al chico que se ha quedado dormido fuera, atado precariamente a un poste.

Un brillo a mi izquierda hace que desvíe la atención de Rober.
Son los ojos de Tonn, que están abiertos de par en par, y relucen con la luz de la luna, que se cuela por el cristal roto y se refleja en sus ojos. Observa en silencio, sin hacer ni un solo movimiento, lo que me desconcierta.

¿Va a dejar que se vaya?

Cierro los ojos, y, en este instante, cruzan mi mente las palabras de Alex, pronunciadas noches atrás. “Es sólo que ser el perrito faldero de Espe, como Tonn, va en contra de mis principios.”
El perrito faldero… Nunca me lo había planteado así. ¿Tonn acata todas las órdenes de Espe?
La respuesta me llega antes de formular la pregunta. Sí, Tonn siempre está junto a Espe. Siempre están hablando sobre otros asuntos. Siempre mantienen conversaciones que se mueren si alguien se les acerca.

Tonn solo acata órdenes, y no consigo entender el por qué.

Con sigilo, Rober abre la puerta, y se cuela por un minúsculo hueco. Sus pasos se vuelven más rápidos, y se oye el eco por toda la habitación.

Sin abrir los ojos, sé que todos están despiertos. Nei sujeta una vez más su pistola contra el pecho, y, por sorprendente que parezca, es la primera en ponerse en pie.

-Yo voy con él.

Pronuncia las palabras lentamente, como si el cuerpo entero le pesase.

Desde fuera, se escuchan unos gritos, y, seguidamente, el sonido de las flechas de Rober surcando el aire.

* * * * * *
En un principio, la batalla se desarrolla con rapidez. Los Infectados son muchos, pero contamos con el factor sorpresa, y una buena reserva de munición.
Tonn y Alex se quedan en el interior de la fábrica, debatiendo. Los miré por encima del hombro al acompañar a Nei hacia el exterior, pensando que estaríamos más seguros si ellos viniesen.
Cuando atravesamos la carretera, el olor característico de los Infectados se sentía levemente encubierto por la humedad; Aunque la tormenta ha amainado durante el transcurso de la noche, el viento atrajo hasta mi nariz un olor a tierra mojada que me provocó una media sonrisa.

Dejé de sonreír cuando logré distinguirle a través de la espesura.

Rober comenzó atacando por la izquierda, primero lanzando flechas contra los Infectados desde le lejanía.

Nei se separó unos metros de mí, y, desde la lejanía, comenzamos a disparar contra las cabezas de los Infectados, que iban cayendo unos detrás de otros.

Cuando nos dimos cuenta, era tarde. Los Infectados no paraban de salir de las demás fábricas, de los edificios, de las casas y de las tiendas. De las bocacalles, de los callejones.
Salían arrastrándose, con la boca muy abierta, y los ojos clavados siempre en alguno de nosotros.

Tonn comprendió que o todo, o nada. Salió de la fábrica, y se encaminó a paso rápido hacia nosotros, portando su rifle y disparando a los Infectados que llegaban desde el polígono industrial, los que se acercaban a Nei y a mí por detrás.

Al cabo del rato, tuve que recargar la pistola. Y, minutos más tarde, tuve que recargar otra vez.
* * * * * *
Ahora la noche se encuentra en su punto culminante. La luna está en lo más alto, e ilumina la carnicería con su luz blanca. Hace rato que he perdido de vista a Nei, pero, por los disparos lejanos, sé que Alex le cubre las espaldas desde su posición privilegiada en la fábrica.

Tonn se ha encaramado a un viejo autobús oxidado, y desde allí distrae a un grupo de Infectados, que se agolpan y escalan por las paredes y puertas del vehículo.

Rober tiene un suministro muy limitado de flechas, y el número de Infectados que mata es bastante más bajo que el que nosotros liquidamos. Sin embargo, no se da por vencido; Arranca las flechas de las cabezas de los Infectados y vuelve a arremeter contra ellos.

El chico rubio hace rato que se ha despertado, y, con una vieja pistola, dispara a los Infectados desde el poste.

Vuelvo a meter la mano en mi bolsa, y saco el último cargador de la pistola.
Cuando he gastado la mitad de las balas, sé que no sirve de nada.

Los Infectados llegan unos detrás de otros, empujándose, casi los veo relamerse los labios desde la distancia.

Me obligo a tomar una decisión. Atravieso la calle corriendo, reventándole el cráneo a balazos a los Infectados que se cruzan en mi camino.

La escalera de mano sube hasta uno de los edificios más altos; Allí estaré segura.
Los Infectados no son tan hábiles como seguirme. Agarro el pasamano de la escalera, y pongo un pie en el primer peldaño.
Pero entonces miro hacia atrás. No sé muy bien por qué, pero lo hago. Y lo que veo hace que se me encoja el alma, hasta sentirme miserable.
Nei tiene la cara cubierta de lágrimas, con los Infectados rodeándole. Alex dispara desde lejos, en vano.
Sin pensarlo, suelo la escalerilla, y desenfundo mi pistola de nuevo. Tan solo me quedan siete balas, y es probable que desde aquí no acierte a ninguno. Pero no podría cargar con la culpa de haberles dejado solos, si conseguimos volver al Campamento. Es un motivo egoísta, pero así es como soy.
Agarro fuertemente la pistola con la mano izquierda, y echo a correr hacia el atasco de coches que se encuentra en el centro de la carretera, pasando como un torbellino junto al poste en el que está subido el chico.
Disparo, y el Infectado que estaba a punto de agarrar a Nei se queda sin parte del cráneo, cayendo al suelo.
Me quedan seis balas, y siento la presión de las miradas clavadas en mi sien.
Con un movimiento rápido, me giro en redondo, y disparo contra el autobús en el que está subido Tonn.

He atraído su atención.

Me mira fijamente a los ojos. Intentando comprender por qué he malgastado esa bala, y yo intento hacerle llegar el mensaje; No nos hace falta gastar más.

Ladeo la cabeza, señalando la escalera de mano en la que he estado a punto de trepar sin pensar en el resto. Rezo para que la distinga entre la negrura. Tonn mira en esa dirección, y, abriendo mucho los ojos, asiente.

Se acuclilla en el techo del autobús, y salta al suelo de tierra, derrapando y poniéndose en pie de nuevo.

El chico rubio nos mira con una evidente confusión interna, y señalo la escalera de mano.
Un Infectado me agarra por el pelo, y retrocedo varios pasos, intentando zafarme de él.

Por el rabillo del ojo, y desde mi posición, Alex ha abandonado su puesto en la ventana.
Rober se ha percatado de que ahora Nei está sola contra los Infectados que la rodean, y se acerca a ellos a la carrera. Tonn ya está a la altura del poste en el que se encuentra el chico.

Todo va bien, hasta que un Infectado rodea el tobillo de Rober, haciendo que tropiece, cayéndose al suelo y chocándose contra la tierra.

Le veo escupir arena y piedras desde la distancia, y por fin logro alejarme unos pasos del Infectado. Le clavo la culata de la pistola justo en medio de los ojos repetidas veces, sin mirar. Siento como la sangre negra me salpica, y vuelvo a separarme.

Era un chico no mucho mayor que yo, que ahora tiene el cráneo hundido.

Giro la vista, y todo sucede a una velocidad irreal, que me desconcierta y me hace pensar que todo no es más que un desagradable sueño. Por una parte, logro atrapar los segundos entre los dedos, y parar el tiempo en este instante.
Pero, por otra parte, casi no hay tregua.

Rober se pone en pie, y dispara al Infectado que iba a morder a Nei.
Alex aparece de entre las sombras, y le revienta las cabezas a varios Infectados, mientras agarra del brazo a Nei, empujándola para que salga de allí.
Rober se dispone a salir corriendo, pero un Infectado le empuja desde detrás, cayendo sobre él.

La primera gota de agua cae sobre mi rostro. La segunda y la tercera en mi camiseta.
Un rayo nos ciega por un instante, y el sonido atronador del trueno hace que los oídos me estallen.

Me giro, siguiendo un impulso primario. El chico ha saltado desde el poste, y junto a Tonn, han conseguido llegar al final del polígono, para encaramarse a la escalera. Cuando llego, ya están casi en el tejado del edificio.

Coloco el primer pie en el peldaño, y giro la vista atrás, mientras en mis ojos repiquetean las gotas de agua.
El pelo se me empapa en poco tiempo, mojando a su vez la camiseta, que se me pega a la piel, calándome los huesos.

Subo varios peldaños, y un Infectado se agarra a mi tobillo, atrayéndome hacia él. Me giro, y tengo el tiempo justo de divisar entre la negrura, la tierra arremolinada por el viento, y, por detrás del poste solitario de teléfono, a Rober clavándole la ballesta a un Infectado en el cuello.

Se pone en pie a duras penas. Le clava una flecha a otro Infectado, y un rayo me ciega la visión.

Le propino una patada al Infectado, que retrocede varios pasos.

Subo todo lo rápido que el agua y mis dedos agarrotados me permiten. El frío me aturde, haciéndome resbalar en varias ocasiones.

Cuando llego arriba, el agua empapa mis zapatillas, y lo único que consigo hacer, es dejarme caer al suelo de piedra, agarrándome las piernas y enterrando la cabeza entre las rodillas, antes de divisar a Nei y a Alex colándose en el tejado, sanos y salvos.

Una ola me inunda de alivio, y, a la vez, un nombre se me viene a la mente. Un nombre que puede que nunca más vuelva a ser pronunciado.

Rober.

Con esta simple palabra, la realidad se va abriendo paso por mi mente.

Hemos perdido.
[FIN DEL CAPÍTULO 13].

Un día más... El Sol salió.

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