Capítulo 10.
[Cuando las nubes cubren el Cielo]
Paso la noche entre la vigilia y el sueño. Los nervios, la
incertidumbre y el miedo me asaltan toda la noche sin darme tregua. Cuando por
fin consigo espantar esos pensamientos y dormir, apenas lo consigo durante un
par de horas. Finalmente, harta de estar en la cama, me levanto a hurtadillas,
como la noche anterior. Escucho las respiraciones de Espe, Nei y la chica
enferma, que ya se ha recuperado.
Abro la puerta lentamente, pero no consigo evitar que las
bisagras crujan, debido a que no están bien engrasadas. Una brisa helada se
cuela por el resquicio de la puerta y me congela el rostro. Vuelvo
sigilosamente a la cama, y saco la chaqueta con manchas de sangre que ayer
oculté. Me la pongo, y noto la calidez instantánea del algodón que la recubre
por dentro.
Salgo del cuarto, y cierro la puerta a mis espaldas; No puedo
arriesgarme a que una ráfaga de viento la cierre de golpe. Me encamino al
centro del Campamento, con intención de subir de nuevo a la torreta, e intentar
relajarme para conseguir dormir un par de horas. El ruido de mis pisadas en la
tierra me tranquiliza; Es un sonido sordo y continuo en medio del silencio
nocturno.
Pero, al pasar por delante de la sala de calderas, una voz me
frena en seco.
-Ya sabía yo que habías sido tú la valiente que se cargó al
Infectado sin avisarnos.
Alex. No le había visto, pero su voz de reproche, a caballo entre
el enfado y la chulería, es inconfundible. Me giro lentamente, debatiendo
conmigo misma, acerca de la excusa que le voy a soltar. Cuando termino de
girarme, le atisbo entre las sombras. Está apoyado en la pared de la gran
caseta, y, pese a la abrumadora oscuridad, percibo que tiene una ceja alzada.
-Yo estoy aquí hoy. Y que esté aquí hoy no tiene por qué significar
que ayer también estuviese. –Le respondo, lo más firmemente que puedo, sin
sonar insegura. No se me da bien mentir.
Se pone en pie, y percibo una forma en su mano; La pistola que
siempre lleva a todas partes, la misma que estaba limpiando esta tarde.
-¿Ah, no? –Hace una pausa, y casi puedo ver cómo sonríe burlonamente
en la oscuridad. Me preparo para su contraataque. –El Infectado fue hallado
muerto, con una punta de flecha clavada en el ojo. Todos los miembros del
Campamento disponemos de un arma propia, y ninguno de nosotros se internaría en
la oscuridad de la noche, sabiendo los peligros que ello puede acarrear. –Se
detiene para tomar aire, y sé lo que viene a continuación. –Excepto tú. Tú eres
la única que carece de arma. Hasta Little
Jimmy tiene su propia arma.
No se me ocurre nada que pueda responderle. Me quedo callada,
pensando una alternativa, una excusa que no pueda rebatir. Pero no la hay. Así
que me limito a lanzarle una mirada resentida, y me giro. Vuelvo a caminar en
dirección a la torreta. Ya me da igual. Si se lo cuenta al resto ahora que me
ha descubierto, desconfiarán de mí, pero no importa; Mañana partimos a la
ciudad, y Dios sabe quiénes de nosotros logrará volver sano y salvo.
-No tengo intención de decírselo a Espe. –Alex alza la voz, varios
pasos por detrás de mí.
Me detengo, confundida. ¿Por qué no iba a hacerlo?
-¿Por qué no? –Le pregunto, y veo como cambia de mano la pistola.
-Porque no me beneficia en nada. –Sonrío, en parte aliviada al
saber que, gracias a su egoísmo, no voy a salir perjudicada. –Pero no pienses
que estoy de tu parte ni nada por el estilo. Es sólo que ser el perrito faldero
de Espe, como Tonn, va en contra de mis principios.
-Gracias de todas formas, supongo. –Me giro, y vuelvo a caminar en
dirección a la torreta. Cuando llego a la base de ésta, vuelvo la vista atrás,
esperando ver a Alex.
Pero tan solo hay oscuridad.
* * * * * * * *
Por la mañana, me despierta el sonido de algunas conversaciones.
Son las voces de Espe y Tonn, y por el tono que emplean, están discutiendo. Por
lo poco que consigo escuchar, deduzco que Espe le está riñendo por haberse
quedado dormido, pues va a ser el que lleve las riendas de la expedición que
hoy emprendemos.
Bostezo y estiro los brazos. Las pocas horas que he conseguido
dormir me han venido bien; Pasar un rato tumbada en la plataforma de la
torreta, contemplando las estrellas, me adormeció, y apenas me sostuve en pie
durante el camino de vuelta.
Me bajo de la cama, y compruebo que la chaqueta sigue ahí.
Entonces se me ocurre una idea.
Al borde de la cama, como si estuviera esperándome, se encuentra
la bolsa que contiene mi comida, y el agua que necesitaré durante el viaje.
Deshago el nudo que sirve como cerrojo, coloco la chaqueta dentro, y la vuelvo
a cerrar. De esta forma, durante las noches que pasemos fuera, tendré algo con
lo que resguardarme del frío.
Salgo de la pequeña habitación, y me dirijo a la sala que hace de
cocina. Dentro, en torno a la pequeña encimera, y en una mesita situada en el
centro de la habitación, están todos sentados. Veo un hueco al lado de Espe, y
me siento a su lado. Alex me mira fugazmente, y recuerdo la conversación que
mantuvimos hace unas horas escasas. Recuerdo cuando se refirió a Tonn como el
perrito faldero de Espe.
Saco de mi mente esos pensamientos, y comienzo a comer lo poco que
hay en mi plato; Una tostada con mermelada de bayas (Como las que recogí ayer
con Jim), y un vaso de zumo muy dulce, de alguna clase de fruta que no consigo
identificar. Tras varios minutos de silencio, Nei alza la voz, tímidamente.
-¿Qué edificios vamos a saquear? –Tras la pregunta, baja la vista
a su plato.
Tonn se aclara la garganta, pero, antes de que pueda responder,
Jim se adelanta.
-Esta vez no iréis a La Nevera, ¿No? Dijisteis que allí había
muchos Infectados, y… Que era peligroso… -Su voz se va apagando poco a poco, y
una palabra solitaria sale de sus labios: “Max”.
Todos enmudecen. Espe se levanta, y se sirve un vaso de agua.
Cuando lo sirve, noto que le tiemblan las manos. Jim espera una respuesta, y
Nei también.
-No, Jim, no iremos a La Nevera. Tranquilo, chaval. –Tonn ha
tomado la palabra, y mira sonriendo a Jim. –Ese sitio está plagado de
Infectados, fue una locura. Además, ni siquiera habíamos estado en la ciudad
antes. Cometimos un error, y, aunque soy tonto, no tanto como para volver a
meterme en un edificio lleno de Infectados.
Tonn ha logrado una vez más relajar los ánimos, y Jim alza la
vista, sonriéndole. Espe bebe un sorbo de agua, y noto una sonrisa incipiente
en sus labios. Alex sigue serio, con el ceño muy fruncido. Rober y la chica que
estaba enferma se miran entre sí, entre susurros. Nei sigue esperando su
respuesta.
-Lo más lógico, ya que no queréis ir a la Morgue, sería asaltar
pequeñas tiendas de comestibles, ropa y todo lo que veamos, hasta que
consiguiésemos todo lo que necesitamos.
–Alex no se hace esperar, y le responde a Nei, sin apartar siquiera la
vista de su plato.
-También podríamos asaltar algún centro comercial de la periferia.
Aunque eso supondría pasar algunos días más fuera, y, por lo tanto, mayor
riesgo de tropezarnos con Infectados en el trayecto. –Tonn ha vuelto a tomar la
palabra, y nos mira a todos, preguntándonos con la mirada qué opción
preferimos.
-Eso ya lo decidiremos cuando estemos allí. Hasta que no veamos la
cantidad de Infectados que haya, no podemos inclinarnos por una opción o por
otra. Así que es inútil tomar una decisión ahora, pues no sabemos cuánta mierda
puede haber por allí. –Alex le responde a Tonn, esta vez mirándole directamente.
Tonn le sostiene la mirada un par de segundos. Luego, se termina
su tostada, y asiente.
* * * * * * *
Partimos cuando el Sol todavía no ha alcanzado su máxima altura.
Sopla una suave brisa mañanera, y la humedad empapa el aire; La noche ha sido
fría. El invierno se está despertando, y hoy ha bostezado, casi como si nos
estuviese avisando. Yo padezco más frío que el resto, pues mi camisa de mangas
largas apenas actúa como una segunda piel. Sé que necesito ponerme la chaqueta,
pero es demasiado arriesgado; Hasta que no descubra cómo ocultar esas manchas,
o como borrarlas, no puedo ponérmela.
Estoy sentada en la parte trasera de la camioneta que nos servirá
como vehículo hasta la ciudad. Es muy vieja, y tiene muchas zonas blancas, allí
donde la pintura ha sido carcomida. Los asientos del conductor y del copiloto
tienen el cuero desgastado. Los cristales están rallados, y con numerosas
manchas; De agua, barro, hierba, y quién sabe qué más.
Tonn y Alex ocupan los asientos “privilegiados”. Nei, Rober y yo,
nos tenemos que conformar con apelotonarnos en la caja de la camioneta. Antes
de salir, Espe me da una pistola, y dos cajitas de munición, junto con un
susurro: “Suerte”. Me dice que a partir de ahora, esa será mi arma, mi aliada.
La que puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.
Durante el trayecto, Nei y Rober me enseñan a cambiar la munición
en caso de que se me acabe, y cómo desmontar y montar la pistola para
limpiarla.
-Cuando un bicho de esos se acerque a ti, dispárale en la cabeza.
Siempre en la cabeza, es su único punto débil. –Rober me mira con seriedad, y
Nei asiente con la cabeza.
Observo a Rober. Es bajito, apenas unos centímetros más alto que
yo. Sin embargo, es corpulento, lo que le compensa. Su pelo es castaño, tirando
a dorado. Como el café de una mesita, en una terraza del mediodía, ese en el
que los rayos del Sol parecen haberse infiltrado.
Ese café que huele a verano. Nei le mira de reojo, apartando la
vista cuando se percata de que la observo.
* * * * * *
Después de hacer una parada en un claro del bosque para comer, la
tarde se torna aburrida en la parte de atrás de la camioneta. Hace tiempo que
sé montar y desmontar la pistola yo sola, y ya me ha quedado claro qué debo
hacer en caso de que un Infectado se acerque demasiado a mí.
Nei, Rober y yo estamos tumbados en el suelo de madera de la
camioneta, hablando. Hace rato que Nei no está tan tensa, y yo he ido
relajándome. Me siento como una tarde de domingo, en la que no apetece hacer
nada. Salvo que nos estamos encaminando hacia un sitio que más bien puede
asemejarse a la muerte.
Entonces, Rober rompe el silencio, empujado por algo que no
alcanzo a entender.
-Recuerdo cuando llegué al Campamento. –Tras unos instantes de
silencio, Rober comienza a relatar, recordando. –Recuerdo aquella mañana.
>>Mi madre había salido a trabajar,
como cada día. Teníamos una cafetería en la esquina de una calle muy
concurrida. Mi madre hacía unos cafés riquísimos, que encantaban a todos los
vecinos. Pero aquella mañana fue diferente. –Toma aire, y se prepara para lo
que va a contar. –Ese día tenía que hacer un examen. Pero a mitad de éste, una
sirena empezó a rugir y a resonar por las paredes de los pasillos del
Instituto. La profesora salió, “A ver qué pasaba”, y no volvió a entrar. El
caos reinó a los pocos minutos en todo el edificio. Recuerdo que me asomé por
la ventana, que miré hacia la calle. Y recuerdo que, lo que vi, me heló el
alma.
Había personas comiéndose a personas. O eso
creía yo. Porque no eran personas, pero en ese momento no lo sabía, más tarde
descubrí lo que eran: Infectados.
>>Recuerdo que no aguanté más, y que
salí corriendo. Recuerdo el viento en las calles, los recuerdo a ellos,
acercándose a mí. Intentando atraparme con sus mugrientas manos. Recuerdo
haberle lanzado una piedra a uno de ellos, presa del pánico. Recuerdo que le
abrí la cabeza, pero aun así, siguió caminando, extendiendo sus dedos hacia mí.
Nei se revuelve en su sitio. Aprieta contra
sí la escopeta que lleva en sus brazos, y se frota los ojos. Rober sigue
relatando, ajeno a todo, centrado en sus recuerdos.
-Aquella noche no pude dormir. Mi madre no
volvió de la cafetería, y yo no me atreví a buscarla. Fui un cobarde. Pero tal
vez, si la hubiese buscado, ahora no estaría contándoos esto. A la mañana
siguiente, cogí la vieja pistola de mi padre, y el cuchillo carnicero que
guardábamos para las ocasiones especiales. Pensé que aquella era una situación
lo suficientemente especial. Me extrañó que no hubiesen entrado en casa, pero
supuse que el caos en las calles los había mantenido ocupados.
>>Me abrí camino a cuchillazo limpio
por las calles. Esas criaturas eran lo más asqueroso que había visto en mi
vida. Contra todo pronóstico, y sin creérmelo siquiera, con heridas muy graves,
pero gracias a Dios sin mordiscos, conseguí llegar a la periferia de la ciudad.
Sin embargo, no fui lo suficientemente listo, y no cogí comida ni agua.
-¿Cómo sobreviviste hasta llegar al
Campamento? –Sin quererlo, he formulado esa pregunta. La curiosidad me puede.
Rober sonríe tétricamente, y me señala los
árboles, que pasan a toda velocidad a ambos lados de la camioneta. O, mejor
dicho, que nosotros pasamos a toda velocidad.
-Estuve tres días con sus tres noches hasta
que llegué a un claro del bosque. Ahí perdí toda esperanza, y me desmayé,
debido a la falta de agua. Sin embargo, la “Esperanza” llega cuando menos te lo
esperas. Y, para mí, llego en forma de unos ojos verdes esmeralda, y su
consecuente mala leche.
Nei y yo reímos, debido a la comparación
que ha hecho con Espe. Pronto, Rober se une a las risas. Los tres sabemos que
bajo la capa de tranquilidad de Espe, se esconde alguien muy gruñón.
Pero la risa me dura poco. Una imagen y un
grito comienzan a abrirse paso en mi mente tras oír el relato de Rober. Un
recuerdo.
* [FLASHBACK] *
-Sí, mamá, al parecer nos lo han cancelado.
¡Y eso que ya llevamos tres días aquí!
-Bueno, hija, qué se le va a hacer. Algún
problema habrá habido para que suceda eso…
-Yo estaba muy ilusionada, mamá. Y el resto
también. Ya lo sabes, esta oportunidad era única desde que… (…)
-Ya lo sé, hija, sé lo ilusionada que
estabas y todos los planes que tenías hechos, pero… (…)
-¿Mamá? ¿Estás ahí? ¿Qué pasa? ¿Me oyes?
(…) ¿Ese es papá? ¿Qué le pasa?
-Perdona, es que aquí hay un poco de lío.
Últimamente el pueblo está algo alborotado, ya sabes.
-Las fiestas fueron hace dos meses, mamá. Y
las próximas son dentro de cuatro. ¡Allí nunca hay alboroto!
-(…) Cuando vuelvas, recuerda mirar la
nevera. (…) (…) No podemos hacer nada… (…) Debemos matarle ahora, o de lo
contrario… (…)
-¿¡Mamá!? (…)
-(…) Recuerda quién eres, Bice. [BIP].
* * *[FIN DEL FLASHBACK] * * *
Nei y Rober me sacuden por los hombros,
pero yo me limito a mirar el vacío.
He empezado a recordar.
Un día más... El Sol salió.
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