Capítulo 11.
[Cuando el tsunami acaba con el océano].
Nubes. Las nubes encapotan el cielo, avisándonos de que una
tormenta se nos viene encima.
Tonn pisa el acelerador al percatarse de ello; Sabe que, si
el cielo se dispone a venirse abajo, solo tenemos unos minutos para buscar un
lugar en el que podamos pasar la noche sin despertarnos con la ropa empapada.
Sin embargo, desde que el recuerdo ha vuelto a mi mente, el
resto del mundo ha pasado a un segundo plano. Estoy pendiente del escenario,
sin hacer caso a los espectadores que me intentan devolver a la realidad.
El escenario es mi madre, su voz. Los actores principales,
mi nombre, los gritos de la conversación, y mis propios pensamientos, que se
arremolinan a mi alrededor.
El público lo compone Tonn, Alex, Nei y Rober, en una
orquesta perfecta.
Sonrío al darme cuenta de que, pensando así, parece que me
he vuelto loca. Que deberían someterme a una medicación. Pero la realidad es,
que este mundo se ha vuelto una locura, arrastrándonos a todos a ella. Muertos
que caminan y se devoran los unos a los otros para devorarnos a su vez a los
vivos, ¿En qué película de Ciencia Ficción se encuentra algo así?
Rober me propina una cachetada no muy fuerte, pero sí lo
suficiente para librarme del ensimismamiento. Reacciono al instante, la sonrisa
se me borra de la cara, y abro los ojos. Con un leve aturdimiento, enfoco los
rostros de Nei y Rober. El de ella muestra una mezcla entre preocupación y
confusión, mientras que el de Rober, deja entrever la alarma.
Me aclaro la garganta, que de repente siento como si llevase
días sin beber agua. Toso varias veces, y me dejo caer al suelo de la
plataforma; Sin darme cuenta me había puesto en pie al recordar.
-Bice. –Es la única palabra que consigo escupirles.
-¿Bice? ¿Quién es Bice? –Rober carraspea, y me mira
fijamente, mientras Nei se acurruca en un rincón de la plataforma.
Trago saliva, e intento que el mundo deje de dar vueltas por
un segundo. Alzo la vista, y miro fijamente hacia un árbol, que pasa a toda
velocidad. Los ojos color café de Rober me atrapan, y, en apenas un susurro,
confieso.
-Bice… Soy yo.
* * * * * * * *
Acampamos en una zona despejada, antes de que el último rayo
de Sol caiga sobre nosotros. Nos reunimos en torno a una improvisada hoguera;
La única que podemos permitirnos, pues el gasto de cerillas es vital en el
Campamento.
-Antes de que caiga el día, debemos apagar la hoguera. –Tonn
está calentando fideos precocinados que nos servirán de cena, y acto seguido,
se sienta en la tierra a esperar que estén hechos.
-¿Por qué? –Pregunto, y temo que sea algo demasiado obvio, pero
que a mí se me escapa. Pero por la noche tendré frío, y ni siquiera puedo
ponerme la chaqueta sin levantar sospechas. Nei me mira de soslayo, y alza
tímidamente la voz.
-Porque si dejamos la hoguera mucho tiempo encendida, el
humo y la luz que desprenda, además de servir para cobijarnos del frío, hará
que los Infectados nos cerquen y devoren en cuestión de minutos.
El silencio nos invade, y durante varios minutos, lo único
que oigo, es el sonido de la madera al arder, y de las brasas crepitando.
Se van formando largas sombras en torno a nosotros, mientras
el ocaso se acerca. El frío también se intensifica, y siento la tentación de
ponerme la chaqueta. Pero, justo cuando voy a alargar la mano hacia mi bolsa,
cruzo una mirada con Alex. Ha esbozado una media sonrisa, como riéndose de mi
suerte.
De esta forma, decido acercarme todo lo que puedo al fuego,
e intento entrar en calor. Una ráfaga de viento me revuelve el pelo, y hace que
se me congelen los huesos.
-Entonces… Ahora te llamamos… ¿Bice? –Tonn alarga el brazo,
atrapando sus fideos instantáneos, mientras me mira de reojo.
-Sí… Suena raro, lo se, pero el recuerdo era muy nítido.
Además, estoy convencida de que era mi madre quien hablaba… Y que se estaba
dirigiendo a mí al pronunciarlo. –Me rodeo las rodillas con los brazos, y miro
las formas que el fuego va creando a nuestro alrededor, mientras evoco el
recuerdo.
Todos nos internamos en un silencio incómodo una vez más,
cada uno inmerso en sus propias cavilaciones.
Pero entonces, un sonido, como de hojas siendo aplastadas
por los pies, hace que me gire bruscamente. Rober se pone en pie, ballesta en
mano. Nei aprieta firmemente la pistola que sostiene contra su pecho, como si
así estuviese a salvo de cualquier cosa. De cualquier criatura que pueda haber
ahí fuera.
Tonn se lleva el dedo índice a los labios, y nos advierte
que permanezcamos en silencio. Rodea la camioneta y lo pierdo de vista,
mientras yo me acuclillo en el suelo, con la cabeza entre las rodillas,
deseando que sea un animal salvaje. Deseando que no sea un Infectado
putrefacto.
Nei está en el suelo, justo al lado de la rueda derecha de
la camioneta. Rober se ha encaramado a un árbol, observando cuidadosamente cada
parcela de tierra de las inmediaciones. Alex está cubriéndole las espaldas a
Tonn, dejándonos al resto completamente indefensos ante un posible ataque.
En ese momento, me acuerdo de la advertencia de Tonn; Hay
que apagar el fuego, ahora que la penumbra domina las cercanías. Me agazapo en
el suelo, y avanzo hasta la botella de agua casi acabada, que ha rodado hasta
un árbol cercano. Tanteo con los dedos el terreno, mirando por el rabillo del
ojo hacia atrás; No puedo enfrentarme a un ataque sorpresa.
Una uña cubierta de moho por su superficie me hace alzar la
vista.
Entonces, el miedo llega a cada nervio de mi cuerpo,
inundándolo por completo. Siento un escalofrío gélido correteando por mi espalda,
que termina por salir en forma de grito desde mi garganta.
Instintivamente, me tapo la boca, antes de que el grito
termine por descontrolarme.
Instintivamente, el Infectado se abalanza contra mí,
hundiendo las uñas afiladas en mi hombro, haciendo que la sangre salga a
borbotones por la capa de piel desgarrada.
Levanto la pierna en un gesto violento, y le hundo la suela
de la zapatilla en el rostro. El empuje causado me hace rodar hacia atrás,
doblándome el cuello. Hago una mueca de dolor, mientras me pongo en pie.
Rober está apoyado en una rama alta del árbol, y le dispara
una flecha. La flecha hace un vuelo perfecto hacia su cráneo, y le agujerea la
sien. El Infectado cae en redondo, produciendo un sonido seco.
Recupero el aliento, y busco desesperadamente mi bolsa.
Cuando por fin la encuentro, saco la pistola, quitándole el seguro, mientras
observo toda la zona, esperando encontrarme pares de ojos muertos mirándome.
Pero no es así. Comienzo a tranquilizarme, sin dejar de
apretar la pistola; Ahora entiendo el gesto de Nei.
Un golpe sordo, seguido de un grito ahogado, me pone alerta
de nuevo. Rober salta de la rama, y se coloca al lado de Nei, que sigue agachada
junto a la camioneta. Ambos tienen los ojos muy abiertos. Me dispongo a
acercarme a ellos, pero alguien me empuja desde detrás y me agarra fuertemente
de la muñeca.
Tonn. Me tira hacia él, y, en voz muy baja, con los muy
abiertos, en una mueca de miedo, me advierte.
-Sube a la camioneta. –Me suelta, y abre la puerta del
conductor. Se sube, y la cierra, al tiempo que escucho cómo pone el seguro.
Salgo corriendo sin hacer preguntas, y segundos más tarde,
Nei y yo, volvemos a estar en la parte trasera. Entonces, me percato de algo.
¿Dónde están Rober y Alex?
Siento el nerviosismo en cada poro de mi piel, y la
preocupación en el rostro de Nei. Tonn coloca las llaves, y el motor brama a
los cielos.
Entonces, los veo. Una masa de seres acercándose a nosotros,
a paso lento, pero sin pausa. Sus bocas –O lo que deberían ser bocas-, se abren
de par en par, mostrando los pocos dientes que les quedan.
Mostrando el hambre de muerte.
Tonn acelera, pero con el freno de mano puesto, así que la
camioneta se limita a lanzar barro con sus ruedas traseras hacia los
Infectados, pisoteando la hierba. Nei y yo vigilamos la parte trasera, y voy
comprendiendo la magnitud de la situación. Por la palidez del rostro de Nei, me
imagino que ella también ha comenzado a entender el motivo de tanta urgencia.
Los primeros Infectados se aferran a la camioneta. La sangre
me gotea por el hombro y mancha mi camiseta; Eso los vuelve locos de hambre y
ansia.
Nei no duda. Quita el seguro de la pistola, con un suave
“Clic”, y dispara, sin el silenciador puesto. ¿Qué más da? Ya los tenemos
encima.
El Infectado cae al suelo, muerto por fin. Agarro mi pistola,
y le quito el seguro, imitando a Nei. Trago saliva, mientras pienso en que
clavarle una punta de flecha a uno de ellos me resultó más sencillo.
Erro en el primer disparo. La bala pasa rozándole el hombro.
El segundo tiro se lo perfora, pero entonces recuerdo las palabras de Rober.
Siempre a la cabeza.
* * * * * *
Llevamos media hora disparando contra los Infectados, que no
se cansan de arremeter contra la camioneta. La munición comienza a escasear, y
no disponemos del tiempo suficiente para buscar las reservas en las bolsas.
Tonn sigue tirándoles barro, pero eso no frena su avance. Al
contrario, parece que los incita a seguir adelante, a agarrarse a los bordes de
la plataforma, tirando de nosotros.
La sangre del hombro ya se me ha secado, pero la herida aun
no ha cicatrizado, por lo que los Infectados siguen sintiéndose más atraídos
hacia la parte de la camioneta en la que me encuentro.
Entonces, una flecha pasa silbando por mi izquierda,
hundiéndose en el cráneo de uno de los Infectados. Giro la cabeza, y me topo
con los ojos color café de Rober.
Alex corre hacia la camioneta, y, de un salto, se sube a la
plataforma. Tiene el pelo alborotado, la mirada lejana, y la respiración
acelerada.
Rober abre rápidamente la puerta del copiloto, y se sienta
en el viejo sillón de cuero.
Los Infectados aprovechan este intermedio para abalanzarse
contra nosotros, justo en el momento en el que Tonn enciende el motor haciendo
que la camioneta salga disparada hacia la espesura del bosque por fin.
Me ha atrapado. El Infectado se ha aferrado a uno de mis
tobillos, empujándome a lo más hondo del bosque, hacia la muerte.
Pero mis uñas, mis dedos cansados, se han aferrado a enganche
que antiguamente se usaba para acoplar los remolques.
Por un breve instante, parece que el Infectado se va a
soltar. Por un instante, parece que Tonn ha frenado la camioneta, percatándose
del peligro que corro.
Por un instante, la mirada de Nei es de alivio, en lugar de
horror.
Pero la camioneta coge más velocidad. El Infectado hunde las
uñas en mi tobillo, creando una pared de dolor detrás de mis ojos. El rostro de
Nei se contrae en una mueca, en un grito.
Veo los árboles pasar a toda velocidad, y el Infectado
siendo arrastrado por la tierra, contra la arena, aferrado a mi tobillo. Se está
comiendo el polvo, literalmente.
Soy consciente de que corro el riesgo de ser arrastrada con
él si no consigo subirme a la plataforma, antes de que mis dedos se escurran por
el enganche.
Grito, e intento zafarme de sus garras. Con mi pierna libre
le empujo, le golpeo los hombros. Pero la postura en la que me encuentro hace
que el dolor me carcoma a cada movimiento brusco.
Rober ha lanzado varias flechas, pero al pasar junto a mi
rostro, teme lanzar más. Han avisado a Tonn de la situación, pero todos sabemos
que, si la camioneta se detiene, aunque sean cinco segundos, los Infectados se
nos echarán encima, arrastrándonos a todos hacia las profundidades. Así que lo
único que me queda, es rezar por no soltarme.
En ese instante, algo metálico, algo sostenido contra mi
pecho, hace que la adrenalina suba por mi cuerpo.
Los dedos se me agarrotan en torno al enganche, y sé que no
aguantaré mucho más.
En un movimiento que yo misma calificaría de suicida, suelto
una mano. La cuelo por el interior de la camiseta, y me aferro a la pistola con
todas mis fuerzas. Sin poder girarme, pues las fuerzas me fallan, apunto a
ciegas con la pistola, hacia donde creo que está la cabeza del Infectado.
Pero fallo.
Lo sé porque sus dedos siguen hundidos en mis tobillos.
Vuelvo a colocar la pistola por encima de mi hombro, pero
esta vez ladeo el cañón hacia abajo ligeramente. A ciegas. Disparo.
El sonido del disparo hace que los oídos me estallen, pero
la presión de mi tobillo se libera.
Hago contrapeso, y, justo cuando creo que voy a caer, que la
masa de Infectados se me echará encima, que primero cortarán mi piel con sus
dientes y luego devorarán mi interior, varias manos tiran de mí.
Los ojos azules de Nei, cubiertos de lágrimas, es lo último
que veo antes de desmayarme en el suelo de la plataforma.
* * * * * *
-Bice, nueva, eh, despierta. Que te hayas librado de morir a
manos de docenas de Infectados no quiere decir que puedas echarte la siesta
todo el día.
La voz burlona de Tonn me despierta, y siento dolor en tantas
partes de mi piel, que no podría contarlas todas. Eso, sumándole el pitido
constante de mi oído.
Abro los ojos, y observo el terreno en el que nos
encontramos.
Es el borde de un precipicio, o esa es la primera impresión
que tengo. Pero, al escudriñarlo mejor, me doy cuenta de que es una colina.
Por el rabillo del ojo, veo unas formas que se entrelazan en
el horizonte, algunas semiderruidas. El ambiente es tranquilo, y el frío suelo
de la plataforma de la camioneta se me antoja muy incómodo.
Me incorporo, sentándome. Observo de nuevo mi alrededor,
esta vez con más claridad. A mi izquierda se extiende el bosque, y me doy
cuenta de que la camioneta está ladeada. A mi derecha se extiende la ladera de
la colina, que desemboca en…
Una casa. Una casita de campo. Mis ojos piden más, y
continúo escrutando con la mirada la hierba, el terreno. A esa casita la
precede otra, y al cabo de unos segundos, otra más.
A medida que voy alejándome más con la mirada, las casas van
transformándose; Se convierten en edificios de dos plantas, y más tarde, el
suelo comienza a estar empedrado.
Pronto, vehículos comienzan a poblar las improvisadas
calles, y las piedras se transforman en asfalto.
Un cartel enorme llama mi atención. Leo las primeras
palabras, “Bienvenid@ a…”, pero los ojos de Tonn se interponen en los míos.
Cuando voy a espetarle que se aparte, separa los labios, y sé que no me hace
falta terminar de leer el cartel.
-Bienvenida a Suburbia, Bice. –Sonríe burlonamente, como si
me diese la bienvenida al mismísimo Infierno.
Y sé, ahora, mirando los edificios derruidos, que me conozco
esta ciudad mejor que ellos. Porque cada calle, cada casa, cada fachada y cada
tejado, gritan en mis recuerdos.
Un día más... El Sol salió.
¡Beatrix, en serio, te idolatro! Desde que te conocí ya me hice socia de tu "club de fans". ¿Te acuerdas? Y aunque creo que ya no soy la fan número uno, sigo admirándote, escritora. De mayor quiero ser como tú ;).
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