viernes, 13 de julio de 2012

Capítulo 7.


Puntual esta vez, y contenta conmigo misma, os traigo el capítulo 7, que tiene más acción y espero que os guste. Sin más que decir, os lo dejo. Bueno, sí, ¡Mañana toca una ficha nueva!, o, quien sabe, tal vez tenga una cosa diferente bajo la manga x3
Capítulo 7.
Las calles están desiertas. Tan sólo se oye el leve tintineo de una campanita, que cuelga sobre el marco roto de una tienda. No hace viento, tampoco siento frío. Únicamente… Soledad. Una soledad que me abruma, que me rodea y me hace sentir desprotegida.

Pero no tengo miedo. Miro hacia el suelo, la gravilla y el polvo están acumulados sobre lo que parecía un paso de cebra. Doy un paso. Y otro. Sin saber cómo, me encuentro deambulando por las callejuelas de la ciudad desierta. El cielo está encapotado, las nubes tapan el Sol completamente. Es como si ni siquiera se hubiese dignado en amanecer hoy.

Se respira el miedo. Un miedo atroz que, horas antes, ha atravesado las calles, el alma de las personas que andaban tranquilamente. Un miedo que, tan rápido e intensamente como apareció, se fue, dejando desolación y una ciudad fantasma. Una ciudad que ahora pisoteo, sin saber muy bien qué buscar.

Oigo un sonido, de pasos tal vez, no lo sé con certeza. Son irregulares, como si quien los produjese ni siquiera supiese cómo coordinar bien sus piernas. Continúo caminando, a paso un poco más acelerado. Sin embargo, no me dejo amedrentar por los pasos que oigo en la lejanía; No tengo miedo. Un camión está volcado sobre la acera, con un enorme agujero en donde debería estar la mercancía. Deduzco que lo habrán saboteado, y, sin darme cuenta, tropiezo con algo, dando un traspié.

Un cuerpo está tirado en la acera, una persona yace, inconsciente claramente. Está bocabajo, por lo cual no puedo verle el rostro. Toco su hombro, con suavidad. Entonces, se gira, mirándome directamente.

Su rostro está tan demacrado y tiene una herida tan profunda en el cuello, que no puedo reprimir un grito de horror.
* * * * * *
Me despierto con la frente empapada en sudor. Por un segundo, creo que estoy en otro lugar. Mi antigua casa, posiblemente. Por un solo instante, percibo un olor a café recién hecho. Por un segundo, creo oír a alguien que me llama con urgencia, que llegaré tarde al Instituto.

Pero la realidad es otra. Estoy tumbada en un catre de madera, que se encuentra en muy malas condiciones. Me paso el dorso de la mano por la frente, limpiándomela de sudor, y mis pupilas se van acostumbrando a la oscuridad. Le echo un vistazo a la habitación; Hay dos camas más, una de ellas, ocupada por la chica de los prismáticos, Nei. Me cuesta recordar su nombre. A mi izquierda hay otra cama, donde debería estar durmiendo Espe, pero no es así. Habrá salido a fumarse un cigarrillo, pienso, y me quedo tumbada, mirando el techo; Me va a costar conciliar el sueño otra vez. Pienso en los sucesos del día, en el plan surgido por el miedo a los Infectados, en la reacción en cadena de las bombas, y en cómo quedé inconsciente. Pienso en los Infectados extendiendo sus brazos entre la valla, queriendo atraparnos, devorarnos.

Me he desvelado completamente, y ahora dudo mucho que pueda volver a dormir. Así que, en lugar de quedarme aquí contemplando el techo, contemplaré las estrellas. Sigilosamente, me pongo las zapatillas que he llevado todo el día, y me escabullo por la puerta lateral, de lo contrario, correré el riesgo de encontrarme con Espe. Al salir, me encuentro de frente con la otra caseta, en la que duermen Tonn, Jim y los dos chicos que decidieron quedarse después de que John se marchase. La otra chica ha dormido esta noche en la enfermería; No le sentaron muy bien los conejos que cazó Tonn. Procuro hacer el mínimo ruido posible, y camino por el pequeño pasillo entre las dos casetas, hasta encontrarme en el centro del Campamento. Continúo andando, hasta la torreta que vigilaba Jim esta tarde. Trago saliva, y empiezo a ascender por la escalera, de unos 12 metros.

A medida que voy ascendiendo, me doy cuenta de que las alturas no me atraen demasiado. Sin embargo, decido continuar; Las vistas ahí arriba serán espléndidas. Llego al último escalón, y me subo ayudándome de las manos. Tomo aliento, y me pongo en pie, agarrándome al borde de la torreta.

Las vistas son mil veces mejores de lo que me imaginaba. Ante mí, a las afueras del campamento, se extiende un bosque extensísimo, que llega más allá de donde mis ojos pueden observar. Si giro la vista hacia la izquierda, el bosque no llega tan lejos, y se puede apreciar el contorno de una carretera. Es increíble que esta misma mañana, yo amaneciese allí, tirada como un mendigo. Aunque, claro, ahora tampoco es que vaya a tener toda clase de lujos. Achico los ojos para ver mejor, y, dando una vuelta sobre mí misma, puedo contemplar cómo el horizonte se expande ante nosotros. Me percato de lo pequeños que somos.

Suspiro, y me tumbo en el suelo de la torreta a duras penas; No es tan ancha como alta. Con la vista puesta en el cielo, observo miles de puntitos brillantes. El número de estrellas que puedo apreciar hoy, se multiplica por diez al que cualquiera puede ver un día despejado en una gran ciudad. Una ciudad… Recuerdo mi sueño, y me llevo una mano a la frente, cerrando los ojos.

La última visión de mi sueño es horrible, ese rostro… La sangre goteándole del cuello, su mirada perdida… Todo en ese cuerpo apestaba. Aunque… ¿Cómo he podido apreciar desde tan cerca el rostro de un Infectado, si el máximo contacto que he tenido con ellos, ha sido de lejos, observándolos a través de la valla? La respuesta me llega al segundo de pronunciar hacia mí misma la pregunta.

Es pasado. Mi sueño es un recuerdo, algo que ya ha sucedido en mi vida. Pero no lo recuerdo. No recuerdo haber estado en esa ciudad, ni qué pasó antes, ni después. Carraspeo, y decido que ya es hora de terminar mi excursión nocturna; Si Espe se ha fumado ya el cigarro, se habrá alertado de que no estoy en mi cama. Así que, peldaño a peldaño, emprendo mi descenso. Una sonrisa es permanente en mis labios; Lo que he visto esta noche no se ve cualquier día, y menos aun, en una ciudad. Cuando por fin piso tierra firme, le pego una patada a una piedrecilla.

La piedra se choca contra el pie de alguien, que no duda en abalanzarse sobre mí, golpeándome la cabeza contra uno de los palos que sostienen la torreta. Miro a mi agresor, y al instante sé que no es humano. O, al menos, que hace tiempo que ya no es humano. Un Infectado. No reacciono al instante, y el Infectado abre la boca, enseñándome los horribles dientes, acercándolos hacia mi brazo.

Reacciono al fin, al ver sus ojos, su mirada perdida, sin iris. Sin sentimiento ni compasión; Sin reparos. Le propino un rodillazo en el pecho, haciendo que afloje sus manos en torno a mi chaqueta, y aprovecho para caer a un lado, rodando y alejándome del monstruo. Miro frenéticamente a mi alrededor, buscando algo con lo que defenderme. Retrocedo unos cuantos pasos; Noto cómo el sudor comienza a recorrer mis manos. El Infectado se recompone del golpe, y me mira fijamente. Se acerca a mí, arrastrando un pie; Parece que está herido, lo que me da algo de ventaja. Me agacho y tanteo la oscuridad de la zona con las manos, buscando, un arma, una piedra, un palo, cualquier cosa.

Y algo me hace un corte en el dedo índice. Recorro otra vez la gravilla, al tiempo que el Infectado va acercándose a mis espaldas, lo escucho.

Entonces, todo sucede. En apenas tres segundos, en ese tramo de tiempo, sucede todo. Agarro fuertemente el arma puntiaguda del suelo, la punta de una flecha, deduzco, por su textura. Me giro, casi sin tiempo para ver cómo el Infectado alarga un brazo hacia mí, hacia mi rostro, con sus dedos mugrientos, sus uñas deseando clavarse en mi piel. Con toda la fuerza que mi brazo, mi hombro y mi muñeca me permite, le clavo la punta de la flecha en el ojo, del que sale un líquido negro que mancha parte de mi chaqueta, mi brazo y mi propia cara.

Su mano queda a unos centímetros de mi nariz. El olor putrefacto, del que hasta entonces no me había percatado, invade el aire, haciéndome toser. Seguidamente, el Infectado cae, primero de rodillas y luego hacia atrás, quedando en una postura retorcida. De la impresión, yo misma caigo de rodillas, dejando caer la punta de la flecha al suelo. Oculto mi cara entre mis manos. Tras unos minutos que parecen eternos, me limpio el rostro con la chaqueta, y me la quito. Al menos la camiseta está limpia; Espe se enfadaría si supiese que he salido de noche, y más aun, que no les he avisado de que había un Infectado.

Vuelvo al almacén, aun conmocionada. Me acurruco entre las mantas, hecha un ovillo. Tiene que ser un sueño, me digo a mí misma, antes de caer en un profundo sueño, que sólo se verá interrumpido a la mañana siguiente, cuando la voz ronca de Tonn avise de que hay un Infectado muerto en medio del Campamento.

FIN DEL CAPÍTULO 7.

1 comentario:

  1. Pues leído. Te diré que está muy bien, la narración perfecta excepto por lo que te he dicho en msn de las comas, que en un par de veces te has pasado al ponerlas y has abusado un poco de ellas. Ha tenido mucha descripción y algo de acción, por lo que ha sido un capítulo bastante completo. Lo del cigarro de Espe ha sido un detalle muy bonito xDDDD Y que te despierten a voces no es muy ameno, la verdad.

    ResponderEliminar