jueves, 12 de julio de 2012

Introducción y prólogo.

Bueno, tras mudarme de blog, y considerar que Blogger es mejor que Haztublog.com, decido ir posteando de nuevo todos los capítulos.

Prólogo.
Me despierto. No sé cuanto tiempo habré estado en este estado, de desmayo, vigilia y sueño. No sé cuanto tiempo me habré llevado soñando con cosas que ya han sucedido, pensando, despertándome, intentando levantarme y volviendo a caer sobre mis rodillas, como un peso muerto. Pero, finalmente, y tras ¿Horas?, creo que he conseguido mantenerme despierta más de dos minutos.

-Ugh… -Gruño muy bajo, casi imperceptiblemente, oyendo los latidos de mi propio corazón. Creo que estoy nerviosa, pero se van apaciguando lentamente a medida que me decido a abrir los ojos. Cuando la imagen por fin se va volviendo algo nítida, me doy cuenta de que estoy nada menos que en la cuneta de la carretera, en lo que parece ser un camino secundario de barro.

¿Cómo demonios he llegado aquí…? Vamos, haz memoria… ¿Qué es lo último que hiciste?
… Silencio. Eso es lo que parece responder mi mente, que se niega a darme los datos que necesito. Bueno… Supongo que será del shock que habré experimentado antes de caer en ese estado de ensoñación. Me apoyo sobre los antebrazos, y me doy cuenta de que las piernas me duelen a rabiar.

-Buf… Esto va a ser más complicado de lo que creía… Pero, ¿Qué hago hablando sola? Creo que me voy a volver loca. Bueno, al menos sé que soy una chica… O eso creo. –Me palpo el vientre, y subo hasta el pecho, pero estoy plana, apenas dos pequeños bultos son lo que podría delatar mi sexo. –Vaya… Muy agraciada no soy, desde luego.- Suspiro, y me siento, en posición budista. Echo un vistazo a mi alrededor, achicando los ojos, pues no veo muy bien de lejos. Comienzo a recabar información, y me doy cuenta de que estoy en lo que podría ser el comienzo de una especie de bosque. La carretera parece que está en muy mal estado, a juzgar por los agujeros y cráteres que logro entrever si me asomo desde la cuneta. Algo ha tenido que suceder, o estoy en una carretera que no se transita desde hace años.
Me pongo en pie, ayudándome de una rama larga que había en las inmediaciones.  Cierro los ojos ante el dolor punzante de mis piernas, pero pienso que si me rindo ahora, si vuelvo a caerme, no volveré a levantarme. Así que levanto lentamente el pie izquierdo, con sumo cuidado, y, poco a poco, voy desplazándome.

Bien, creo que lo primero es subirme a la carretera. Alzo la vista, y coloco mi mano izquierda sobre mi frente, pues el sol me da de lleno en la cara. La carretera debe de estar como a un metro de altura de donde me encuentro. Y, según la posición del Sol, debe de ser bien entrada la tarde. Miro instintivamente la muñeca de mi mano derecha, pero no encuentro ningún reloj de pulsera. Vaya… Este reflejo delata que me suelo poner el reloj en la derecha, en vez de la izquierda. Dejo de pensar en nimiedades, y me concentro en la cuneta. Podría seguir adelante por entre las hierbas, pero, ¿Y si la carretera no cambia de altura? Tengo que subir ahora, y así podré hacer autostop con más eficacia. Aunque… De momento ningún coche ha pasado por aquí en la media hora desde que me desperté. Debo de estar en una carretera más antigua de lo que pensaba. Me acerco lentamente al borde de la carretera, y alzo un brazo por encima de mí. Sí, llego al borde. Aprieto los dientes, y subo la rama a la carretera, sosteniéndome sobre mis piernas. Con un guiño de dolor, me aferro a la carretera y tiro hacia arriba, sin ayuda de los pies. Sin embargo, en mi ascenso, me percato de que es solo la pierna izquierda la que me duele horrores. La pierna derecha puedo moverla más o menos normalmente, aunque aún así me duele. Gracias a este descubrimiento, consigo subirme a la carretera sin mayores complicaciones.
Me incorporo, y desde esta altura, puedo echar un vistazo más prolongado del sitio en el que me encuentro. A mi izquierda, es decir, si continuo por la carretera, me internaré en una especie de bosque. A mi derecha, la carretera continúa hasta donde puedo ver, sobre la llanura. Decido internarme en el bosque, pues la llanura parece que tiene tramos de ascensión, y el estado de mi pierna no me parece el mejor para andar por ese terreno. Y el bosque no parece muy denso, así que con suerte solo tendré que estar ahí unos cuarenta y cinco minutos.

Tras mis cavilaciones, comienzo a andar, lentamente, a un ritmo casi desesperante, pero sin pausa. 

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